Sant Jordi ya no es de todos. En las calles de Barcelona y Mataró, la fiesta de la rosa y el libro ha sido sustituida por el puño y la impunidad. Lo que vivimos no fue un "incidente" ni una "protesta"; fue un asalto planificado contra la libertad, contra la democracia y contra ciudadanos valientes que cometieron el "pecado" de no arrodillarse ante el pensamiento único.
Una cacería humana contra representantes y ciudadanos
Mientras el feminismo institucional de salón calla, la realidad golpea con saña. La diputada Julia Calvet, la consellera María del Mar Buscà y la diputada Mónica Lora fueron el objetivo directo de una jauría humana. Pero el odio no se detuvo ahí.
La agresión se extendió a cientos de cargos del partido, afiliados y simples vecinos que se acercaron a las carpas para celebrar la jornada. Familias y ciudadanos de a pie fueron hostigados por el simple hecho de transitar por un espacio que contaba con todos los permisos en regla. No fue un ataque a unas siglas; fue un ataque a cualquier catalán que se atreva a discrepar de la dictadura ideológica imperante.
El Estado desaparece: Veinte minutos de impunidad
Lo más grave no es la existencia de violentos, sino la alfombra roja que las instituciones les tendieron:
La "Zona Franca" del delito: Durante veinte minutos en un caso, y media hora en otro, las calles fueron cedidas a los violentos. Ese fue el tiempo que tuvieron para golpear, insultar y destrozar ante la ausencia total de uniformes.
Presencia policial insuficiente: Cuando la policía apareció, lo hizo con una dotación tan exigua que era un insulto a la seguridad. Una presencia meramente testimonial que enviaba un mensaje claro:







