Lo ocurrido hace ya algunos días en el histórico Ateneo de Madrid no fue un debate intelectual, ni un ejercicio de pluralidad democrática, ni siquiera una tertulia política más o menos exaltada. Fue algo mucho más grave: la constatación de que una parte de la izquierda española ha entrado en una peligrosa deriva de nerviosismo, agresividad y delirios conspiranoicos porque empieza a asumir que el poder se le escapa de las manos.
El acto protagonizado por Pablo Iglesias, Óscar Puente, Rubén Sánchez y la agitadora mediática Santaolalla terminó convirtiéndose en una especie de terapia colectiva del sanchismo más radicalizado, donde se mezclaron acusaciones gravísimas, ataques a las instituciones, teorías delirantes sobre golpes de Estado y, para rematar la noche, una agresión intolerable contra una periodista.
Y lo más inquietante de todo no es que Pablo Iglesias vuelva a comportarse como el matón político que siempre fue. Lo verdaderamente escandaloso es que un ministro del Gobierno de España comparta escenario y blanquee semejante espectáculo.
Porque cuando desde una tribuna pública se afirma que en España existe una conspiración golpista organizada por jueces, periodistas, policías y determinados sectores institucionales, no estamos ante una crítica política legítima. Estamos ante un ataque directo al Estado de Derecho. Y cuando un ministro no solo no se levanta ni abandona el acto, sino que participa de ese clima, el problema deja de ser anecdótico para convertirse en profundamente político.
La izquierda española atraviesa un momento de descomposición evidente. Y cuanto más débil se siente, más agresiva se vuelve.
Del “jarabe democrático” a la agresión directa
Lo de Pablo Iglesias tampoco sorprende. Estamos hablando de alguien que hizo de la tensión social y del señalamiento personal una forma de hacer política. El mismo que justificaba el “jarabe democrático” frente a domicilios particulares cuando afectaba a adversarios ideológicos. El mismo que alimentó durante años la cultura del escrache, del señalamiento y de la presión callejera.
Ahora, fuera ya del poder real y convertido en un personaje cada vez más marginal políticamente, Iglesias intenta sobrevivir alimentando la confrontación permanente. Su proyecto político está destruido. Aquella fuerza que llegó a presumir de asaltar los cielos ha terminado convertida en una caricatura de sí misma.
Podemos pasó de más de setenta diputados a la irrelevancia parlamentaria. De amenazar con superar al PSOE a sobrevivir entre luchas internas, purgas, traiciones y fracturas constantes. Han quedado reducidos a una izquierda resentida, rabiosa y profundamente frustrada.
Y eso explica muchas cosas.
Explica el tono cada vez más agresivo. Explica la obsesión enfermiza con los medios críticos. Explica los ataques constantes contra jueces y periodistas. Explica la necesidad de inventar enemigos permanentes para mantener movilizada a una militancia desmoralizada.
Cuando las urnas dejan de acompañarles, aparece el discurso del “golpe de Estado”. Cuando los escándalos de corrupción cercan al sanchismo, aparece el “fascismo”. Cuando la realidad desmonta sus relatos, recurren a la intimidación y al insulto.
El sanchismo y el miedo a la caída
Todo esto ocurre además en un momento especialmente delicado para el entorno socialista. Las gravísimas acusaciones que afectan al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero han generado un enorme nerviosismo dentro de la izquierda política y mediática.







