Hoy, 17 de mayo, Andalucía acude a las urnas en una cita decisiva. No se vota solo un Parlamento autonómico. Se vota si esta tierra quiere seguir instalada en la comodidad del continuismo o si, por fin, decide abrir una etapa de cambio real, profundo y sin complejos. Porque conviene decirlo con claridad: después de ocho años de gobierno de Juan Manuel Moreno Bonilla, Andalucía sigue esperando muchas de las transformaciones que se prometieron.
Cuando el Partido Popular llegó al poder, muchos andaluces pensaron que se cerraba definitivamente una era marcada por décadas de dominio del PSOE, de redes clientelares, de estructuras burocráticas enquistadas y de escándalos que avergonzaron a toda España. Sin embargo, con el paso del tiempo, la sensación extendida es que se cambió el color del gobierno, pero no el fondo del sistema.
Moreno Bonilla ha preferido la moderación entendida como inmovilismo. Ha gobernado sin molestar demasiado a nadie, sin abrir los grandes debates, sin desmontar las estructuras heredadas del socialismo andaluz y, en demasiadas ocasiones, buscando agradar más a la izquierda mediática que responder al mandato de cambio que le dieron los ciudadanos.
No basta con administrar mejor. No basta con sonreír más. No basta con ofrecer una imagen amable. Andalucía necesitaba una limpieza institucional, una revisión profunda del gasto político, una auditoría seria del pasado y una apuesta decidida por la libertad económica, la bajada de impuestos real, la defensa del campo, la industria y la identidad andaluza dentro de España. Y eso, sencillamente, no ha llegado en la medida necesaria.
El PSOE y el penúltimo insulto a Andalucía
Por si fuera poco, el PSOE presenta como candidata a María Jesús Montero. Y eso merece una reflexión profunda. Montero no representa renovación alguna. Representa precisamente lo contrario.
Fue consejera en los gobiernos socialistas andaluces durante los años más oscuros del régimen autonómico socialista. Más tarde pasó a convertirse en ministra de Hacienda y vicepresidente del gobierno de Pedro Sánchez, uno de los ejecutivos más cuestionados de la historia reciente por su dependencia de separatistas, su deterioro institucional y sus continuas cesiones políticas y la corrupción generalizada que afecta de lleno a todo el entorno del presidente.
Presentar a Montero como alternativa en Andalucía parece más una provocación que una propuesta. Es como si el socialismo andaluz dijera a los ciudadanos: “No hemos aprendido nada y no pensamos cambiar nada”.
Una campaña extraña: el pacto no escrito
Muchos andaluces han percibido durante esta campaña algo evidente: el PSOE no ha centrado sus ataques principales en el Partido Popular. ¿Por qué? Porque sabe que no ganará. Porque asume que quedará lejos de la primera posición. Y porque, en el fondo, prefiere una mayoría amplia de Moreno Bonilla antes que la entrada decisiva de VOX en el gobierno andaluz.







