Hay injusticias que claman al cielo. Y una de ellas es comprobar cómo España, esa nación tantas veces ingrata con sus mejores hijos, ha dejado pasar casi en silencio el centenario del nacimiento de uno de los mayores genios de nuestra literatura contemporánea: Alfonso Paso.
Mientras en otros países se le sigue representando, estudiando y admirando, aquí, en la tierra que le vio nacer, apenas unos pocos han levantado la voz para reivindicar su figura. Y entre esos pocos destaca de manera admirable su hija, Almudena Paso, que lleva años luchando de forma incansable para mantener viva la memoria de su padre, defendiendo su legado frente al olvido interesado, frente a esa España oficial que premia la mediocridad y castiga el talento cuando éste no encaja en los dogmas ideológicos del momento.
Porque Alfonso Paso no fue solamente un escritor brillante. Fue un fenómeno irrepetible. Un hombre descomunal en capacidad creativa, en talento, en disciplina y en amor por el teatro. Un trabajador incansable capaz de escribir lo que otros no podrían producir en varias vidas. Y quizá por eso molesta tanto. Porque representa exactamente lo contrario de esta cultura subvencionada y decadente que hoy padecemos.
Nacido en el seno de una familia profundamente vinculada al teatro, parecía destinado desde la cuna a engrandecer las letras españolas. Su padre, Antonio Paso, era autor teatral, y su madre, Juana Gil, actriz. El teatro formaba parte de su sangre, de su educación y de su manera de entender la vida. Alfonso Paso no llegó al teatro por oportunismo, ni por postureo intelectual, ni por subvención administrativa. Llegó porque el teatro era su casa.
Y vaya si dejó huella.
Escribió nada menos que 239 obras teatrales. Doscientas treinta y nueve. Una cifra absolutamente descomunal. A ello habría que sumar guiones cinematográficos, colaboraciones periodísticas y una actividad intelectual frenética que hoy resultaría casi imposible de imaginar. Llegó a escribir diariamente en siete periódicos distintos. Siete. Algo inconcebible en una época en la que muchos presumen de articulistas por redactar una columna semanal vacía de contenido.
Pero Alfonso Paso no era únicamente prolífico. Era extraordinariamente bueno.
Ahí están los récords imposibles de igualar. Fue el único autor del mundo capaz de tener siete obras simultáneamente en cartel en una misma ciudad. Siete obras representándose al mismo tiempo en el Madrid de 1968. Un fenómeno cultural sin precedentes. Un auténtico coloso de la escena española.
Y qué decir de “Enseñar a un sinvergüenza”, una de sus obras más emblemáticas, que permaneció en cartel durante veinticinco años. Veinticinco años conquistando al público. Veinticinco años demostrando que cuando el talento conecta con el alma popular no existe crítica sectaria capaz de destruirlo.
Incluso la Academia Sueca llegó a leer dos de sus obras para valorar la posibilidad de concederle el Premio Nobel. Algo que muy pocos autores españoles pueden decir. Pero España, como tantas veces ocurre, parece sentirse más cómoda homenajeando a autores mediocres bendecidos ideológicamente que reconociendo a quienes conquistaron al público por méritos propios.







