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Alemania rompe el muro: la victoria de AfD que anuncia la rebelión de Europa

Alemania rompe el muro: la victoria de AfD que anuncia la rebelión de Europa
por Javier Garcia Isac
18 de septiembre de 2026 a las 07:15
opinion

La opinión de Javier García Isac

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Hay noches electorales que sirven para elegir un gobierno y otras que sirven para certificar el final de una época. Lo ocurrido en Sajonia-Anhalt pertenece, sin duda, a la segunda categoría.

Alternativa para Alemania (AfD) ha conseguido una victoria arrolladora, rondando el 45% de los votos y más que duplicando el resultado obtenido hace cinco años. Mientras tanto, la CDU, el gran partido conservador alemán que durante décadas representó uno de los pilares de la República Federal, se desploma hasta aproximadamente el 17%. No estamos ante una pequeña oscilación electoral. Estamos ante un terremoto político.

Y, como siempre sucede cuando los ciudadanos votan algo diferente de lo que desea el establishment europeo, inmediatamente comienza la ceremonia de las etiquetas.

Extrema derecha. Ultraderecha. Radicales. Populistas. Peligro para la democracia.

Todo menos preguntarse lo verdaderamente importante: ¿por qué millones de alemanes han decidido votar a AfD, ahora o en un futuro próximo?

Porque quizá el problema no sean los electores. Quizá el problema sean las políticas que durante décadas han practicado conjuntamente socialdemócratas, democristianos, verdes y liberales.

Durante demasiado tiempo, una buena parte de las élites europeas ha confundido Europa con Bruselas y los intereses de los europeos con los intereses de la burocracia comunitaria. Son cosas completamente diferentes.

Yo creo en Europa. Precisamente por eso rechazo esta Unión Europea.

Creo en una Europa formada por naciones soberanas, orgullosas de su historia, conscientes de sus fronteras, defensoras de su cultura y capaces de decidir su futuro. Lo que tenemos actualmente es demasiadas veces justamente lo contrario: una gigantesca estructura burocrática que pretende decidir cómo debemos desplazarnos, qué automóvil debemos comprar, qué energía debemos consumir, qué políticas migratorias debemos aceptar y hasta qué valores culturales debemos considerar adecuados. Políticas en contra de los intereses de Europa y los europeos.

Una Unión Europea que nació para facilitar la cooperación entre europeos corre el riesgo de convertirse en uno de los principales obstáculos para que los europeos puedan decidir sobre su propio futuro.

Y Alemania ha sido probablemente el laboratorio más evidente de ese modelo.

Durante años, democristianos y socialdemócratas compartieron grandes consensos en materias fundamentales. Las diferencias entre unos y otros fueron reduciéndose mientras millones de ciudadanos comprobaban que, independientemente de quién ganase las elecciones, determinadas políticas permanecían prácticamente intactas.

Inmigración masiva, políticas energéticas ruinosas, desindustrialización, imposiciones climáticas, corrección política y una creciente distancia entre las preocupaciones de las élites y las preocupaciones de la calle.

Después alguien se sorprende porque aparece AfD.

No. AfD no apareció de la nada.

AfD es consecuencia.

Consecuencia del fracaso de quienes gobernaron Alemania creyendo que podían ignorar indefinidamente a una parte creciente de la sociedad.

Y cuanto más intentaron aislarla, más creció.

Cuanto más la insultaron, más creció.

Cuanto más levantaron el famoso cordón sanitario, más creció.

Hasta llegar a esto.

Cerca del 45%.

Conviene repetir la cifra porque explica mucho mejor la situación que cien tertulias televisivas.

Un partido que consigue semejante respaldo ya no puede ser presentado simplemente como una anomalía marginal. Estamos hablando de cientos de miles de ciudadanos en Sajonia-Anhalt y de una fuerza política que ha conseguido más que duplicar su porcentaje respecto a 2021.

Existe además una particularidad histórica alemana que no puede ignorarse.

Alemania lleva desde 1945 viviendo bajo la enorme sombra moral del nacionalsocialismo. Es comprensible. Los crímenes del régimen nazi pertenecen a las páginas más terribles de la historia europea, con permiso de los crímenes cometidos por el comunismo.

Pero precisamente por respeto a la historia resulta absurdo convertir cualquier reivindicación patriótica alemana del siglo XXI automáticamente en una reedición del Tercer Reich.

Han pasado más de ochenta años.

Los alemanes actuales no son responsables de los crímenes cometidos por generaciones anteriores.

Defender las fronteras alemanas no convierte a nadie automáticamente en nacional socialista. Defender la identidad cultural alemana tampoco. Reclamar políticas migratorias diferentes tampoco. Criticar Bruselas tampoco.

Sin embargo, durante demasiado tiempo se ha utilizado el pecado original de 1933-1945 como una especie de mecanismo político para deslegitimar determinadas posiciones.

El problema para quienes utilizan esa estrategia es que está dejando de funcionar.

Los ciudadanos han perdido el miedo.

Y cuando desaparece el miedo, desaparece buena parte del poder de quienes viven de repartir certificados de respetabilidad democrática.

Lo ocurrido en Sajonia-Anhalt forma además parte de un fenómeno europeo mucho más amplio.

Ahí está Giorgia Meloni gobernando Italia. Ahí está Chega creciendo en Portugal. Ahí está el Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen y Jordan Bardella convertido en una de las grandes fuerzas de Francia. Ahí está Vox en España. Y ahí están diferentes movimientos soberanistas y patrióticos especialmente fuertes en distintos países del centro y este de Europa.

Cada uno tiene sus peculiaridades. No son idénticos ni tienen exactamente los mismos programas.

Pero comparten algo esencial: la rebelión contra el consenso político que ha gobernado Europa durante las últimas décadas.

Ese viejo bipartidismo europeo se encuentra agotado.

Y cuando digo agotado no me refiero únicamente a sus siglas. Me refiero fundamentalmente a su modelo.

Durante décadas nos dijeron que existían dos grandes alternativas: socialdemocracia y democracia cristiana. Pero llegado el momento de afrontar las cuestiones verdaderamente importantes, demasiadas veces descubrimos que ambas terminaban defendiendo políticas sorprendentemente parecidas.

La inmigración es quizá el mejor ejemplo.

Millones de europeos llevan años diciendo que quieren controlar sus fronteras. La respuesta habitual ha consistido primero en ignorarlos, después en calificarlos de xenófobos y finalmente, cuando los partidos patrióticos comenzaron a crecer, copiar tímidamente algunas de sus propuestas.

Demasiado tarde.

Porque los ciudadanos suelen preferir el original a la copia.

Ahora llega la segunda parte.

Intentarán impedir que AfD gobierne.

La victoria ha sido gigantesca, pero no suficiente para garantizar por sí sola la mayoría absoluta de escaños. La denominada Brandmauer, el muro político levantado por el resto de partidos para impedir cualquier colaboración con AfD, seguirá siendo decisiva. Los grandes partidos alemanes mantienen hasta ahora su negativa a coaligarse con ella.

Y aquí aparece una paradoja extraordinaria.

Los mismos que llevan décadas pronunciando discursos sobre la necesidad de escuchar a los ciudadanos pueden terminar construyendo complicadísimas combinaciones parlamentarias para impedir gobernar al partido que acaba de obtener alrededor del 45% de los votos.

Será legal.

Será constitucional.

Pero políticamente deberán explicar algo bastante sencillo: ¿hasta qué porcentaje tiene que llegar AfD para que acepten que representa a una parte fundamental de Alemania?

¿Al 45%?

¿Al 48%?

¿Al 50%?

¿Al 55%?

Porque los cordones sanitarios tienen un problema: funcionan mientras aquello que pretendes aislar es pequeño. Cuando aquello que pretendes aislar representa casi a la mitad de los votantes, terminas construyendo el cordón sanitario alrededor de ti mismo.

Ese es precisamente el mensaje de Sajonia-Anhalt.

Los alemanes no han votado mal.

Han votado.

Y eso parece ser lo que algunos no soportan.

Además, el calendario alemán convierte esta elección en algo todavía más interesante. El próximo 20 de septiembre habrá elecciones tanto en Berlín como en Mecklemburgo-Pomerania Occidental. Por tanto, muy pronto podremos comprobar si Sajonia-Anhalt representa una excepción regional o si estamos ante una corriente política mucho más profunda.

Mi impresión es que esto no ha hecho más que empezar.

Europa está despertando porque las consecuencias de determinadas políticas ya no pueden ocultarse detrás de discursos.

La gente ve lo que sucede en sus barrios.

Ve lo que sucede con la inmigración.

Ve lo que sucede con la industria.

Ve lo que sucede con el precio de la energía.

Ve cómo decisiones fundamentales para su vida son adoptadas por estructuras cada vez más alejadas del ciudadano.

Y después vota.

Ese es el detalle que nuestras élites habían olvidado.

Pueden controlar buena parte del relato. Pueden repartir etiquetas. Pueden establecer cordones sanitarios. Pueden convertir determinados partidos en apestados políticos. Pueden repetir millones de veces las palabras “ultraderecha”, “extremismo” o “populismo”.

Pero todavía existe una pequeña molestia llamada urna.

Y dentro de la urna cada ciudadano está solo.

No está Bruselas.

No están los grandes periódicos.

No están los tertulianos.

No están los burócratas.

Está el ciudadano con su papeleta.

Y el ciudadano alemán acaba de mandar un mensaje formidable.

Sajonia-Anhalt puede terminar siendo recordada como algo más que una elección regional.

Puede ser recordada como el momento en el que una parte de Alemania decidió que ya no aceptaba seguir pidiendo perdón por querer defender sus propios intereses.

La vieja Europa de los despachos observa preocupada.

La Europa de las naciones empieza a levantar la cabeza.

Y si alguien piensa que un cordón sanitario podrá detener indefinidamente lo que millones de europeos están expresando democráticamente en las urnas, quizá todavía no haya entendido nada.

Sajonia-Anhalt no es el final del camino.

Es muy posiblemente el principio.


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