Hoy, como cada 1 de abril, deberíamos recordar, sin complejos ni medias tintas, un día decisivo en la historia de España: el Día de la Victoria. Una fecha que marcó el final de la Guerra Civil española, pero que sobre todo supuso el triunfo de una España que se negó a desaparecer bajo las garras del marxismo, del odio y del totalitarismo frentepopulista.
El 1 de abril de 1939 no fue un episodio cualquiera. Fue el día en que España recuperó la paz, la estabilidad y la libertad que la izquierda revolucionaria le había arrebatado durante años de violencia, persecución y caos. Fue el día en que se puso fin al infierno que la II República y el Frente Popular habían desatado sobre millones de españoles. Un día que cambió el rumbo de nuestra nación.
Y, sin embargo, hoy, casi 90 años después, los mismos que provocaron aquella tragedia, los herederos ideológicos de quienes sembraron el odio y la sangre, quieren borrar esa fecha de nuestra memoria colectiva. Pretenden reescribir la historia para convertir a los verdugos en víctimas y a los libertadores en tiranos.
Porque no nos engañemos: la Guerra Civil no fue fruto de un golpe militar ni de un capricho autoritario. Fue la consecuencia inevitable del intento de la izquierda de destruir España desde dentro, de aniquilar sus raíces, su religión, su cultura y su libertad. Fue el Frente Popular quien convirtió la República en un régimen criminal, entregado a la revolución, al asesinato, a la quema de iglesias, a la persecución religiosa y al terror de Estado.
Frente a ese proyecto de destrucción nacional, surgió un pueblo que dijo “¡Basta!”. Una España que se levantó en armas no para imponer un régimen, sino para salvar a la patria del desastre comunista. Y triunfó. El 1 de abril de 1939, España no solo puso fin a una guerra: puso fin a un intento deliberado de imponer en nuestro suelo una dictadura marxista al servicio de Moscú y de las chekas.
Durante décadas, esta verdad se asumió con naturalidad. Nadie discutía que el 1 de abril fue el día de la victoria de la civilización sobre la barbarie. Pero llegó la mal llamada “democracia” y con ella la traición, la cobardía y la manipulación. La izquierda, incapaz de aceptar su responsabilidad histórica, emprendió una campaña de falsificación sistemática, imponiendo leyes de memoria, censurando, retirando monumentos y exigiendo a los españoles que pidan perdón por haberse salvado.







