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8 de mayo de 1945: el día que terminó una guerra y comenzó una gran mentira

8 de mayo de 1945: el día que terminó una guerra y comenzó una gran mentira
porJavier Garcia Isac
opinion

Londres se vistió de rojo, blanco y azul

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El 8 de mayo de 1945 Europa salió a la calle para celebrar el final de la Segunda Guerra Mundial. Londres se vistió de rojo, blanco y azul. Churchill habló a la nación desde Downing Street. Las multitudes aclamaron a la familia real ante el Palacio de Buckingham. En París, en Nueva York, en tantas ciudades de Occidente, se respiraba alivio. Alemania había capitulado. El horror de la guerra había llegado a su fin.

Pero aquel día, presentado como el amanecer de la libertad, fue también el comienzo de una gigantesca impostura histórica.

Porque la guerra que oficialmente se había iniciado para defender la libertad de Polonia terminó con Polonia entregada al yugo soviético. La Europa que decía luchar contra la tiranía permitió que media Europa quedara sometida a otra tiranía. Se derrotó a Hitler, sí. Pero se consagró el dominio de Stalin sobre millones de europeos.

Ese es el gran silencio del 8 de mayo de 1945.                                         

Nos contaron que aquel día nacía un mundo nuevo, democrático, libre y pacífico. Pero lo que nació fue un mundo partido en dos, vigilado por dos imperios, sometido a la lógica brutal de los bloques. Los americanos y los soviéticos se repartieron el tablero. Europa dejó de ser sujeto de la historia para convertirse en escenario de la historia de otros.

Alemania quedó partida. Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumanía, Bulgaria, los países bálticos y media Europa fueron abandonados bajo el comunismo. Millones de personas cambiaron una ocupación por otra, una policía política por otra, una propaganda por otra. Para ellos, la liberación nunca llegó.

El 8 de mayo se acabó una guerra, pero no llegó la paz. Llegó Corea. Llegó Vietnam. Llegaron las guerras de descolonización. Llegó Oriente Próximo convertido en polvorín permanente. Llegó la Guerra Fría, el chantaje nuclear, los golpes de Estado, las dictaduras tuteladas, los pueblos sacrificados en nombre de intereses geopolíticos.

Y llegó también la ONU, presentada como gran templo de la concordia universal. Otro espejismo. La Sociedad de Naciones había fracasado antes de la Segunda Guerra Mundial, y la ONU tampoco ha impedido guerras, genocidios, invasiones, persecuciones ni matanzas. Ha servido demasiadas veces como escenario de hipocresía diplomática, donde los verdugos se sientan junto a las víctimas y dictan lecciones de derechos humanos.

Aquel nuevo orden mundial nacido en 1945 no fue la libertad prometida. Fue una administración del miedo. Una paz vigilada. Una Europa mutilada. Un mundo donde los imperios clásicos desaparecieron para dar paso a nuevas formas de dominio: económico, ideológico, militar y cultural.

Y hoy seguimos pagando las consecuencias.

Porque el mundo surgido de 1945 ha terminado desembocando en el globalismo del siglo XXI. Ya no hay dos bloques claramente enfrentados. Ahora hay una maquinaria global que pretende disolver naciones, borrar identidades, someter pueblos y convertir al ciudadano en consumidor obediente. El marxismo cultural y el liberalismo salvaje, aparentemente enemigos, se dan la mano cuando se trata de destruir raíces, familias, patrias y soberanías.

Nos prometieron libertad, pero nos trajeron dependencia. Nos prometieron paz, pero sembraron guerras por todos los continentes. Nos prometieron democracia, pero toleraron dictaduras cuando convenía. Nos prometieron soberanía, pero construyeron organismos internacionales cada vez más alejados de los pueblos.

El 8 de mayo de 1945 debe recordarse, sí. Debe recordarse el final de una tragedia inmensa. Debe recordarse el sufrimiento de millones de muertos. Debe recordarse el horror de una Europa arrasada por la guerra.

Pero también debe decirse la verdad completa: aquel día no nació un mundo justo. Nació otro reparto del poder. Se cerró una pesadilla y comenzó otra. Se apagaron los cañones en Europa occidental, pero millones de europeos quedaron al otro lado del telón de acero.

La historia no se honra con propaganda. Se honra con verdad.

Y la verdad es que el 8 de mayo de 1945 no fue solamente el día de la victoria. Fue también el día en que Occidente aceptó que la libertad de unos se celebrara mientras la esclavitud de otros se firmaba en los despachos.


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