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3 de julio de 1976: cuando comenzó el desmontaje de España

3 de julio de 1976: cuando comenzó el desmontaje de España
porJavier Garcia Isac
opinion

La opinión de Javier Garcías Isac

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El 3 de julio de 1976, apenas dos días después de la dimisión forzada de Carlos Arias Navarro, el rey Juan Carlos I sorprendía a propios y extraños nombrando presidente del Gobierno a un político relativamente desconocido para la inmensa mayoría de los españoles: Adolfo Suárez González.


Tenía 43 años. Procedía del Movimiento Nacional. Había sido gobernador civil, director de RTVE y secretario general del Movimiento. Sobre el papel parecía uno más de aquella generación formada en las estructuras del régimen franquista. Sin embargo, la realidad era muy distinta. Su nombramiento no fue fruto de la casualidad ni de la improvisación. Hoy sabemos que detrás de aquella operación existía una estrategia cuidadosamente diseñada entre el Rey y el propio Suárez para acelerar una transformación política que acabaría liquidando el sistema surgido del 18 de julio de 1936.


La historia oficial nos ha vendido durante décadas una especie de cuento de hadas. Un rey visionario. Un joven reformista. Una transición modélica. Un consenso ejemplar. Pero cuando se examinan los hechos con cierta distancia histórica, aparecen demasiadas sombras para aceptar sin más aquella versión edulcorada.


Arias Navarro no cayó por voluntad propia. Fue empujado a la salida. El hombre que había heredado la presidencia tras el asesinato de Carrero Blanco se convirtió rápidamente en un obstáculo para quienes pretendían acelerar el cambio político. Su resistencia a desmontar de manera precipitada las estructuras fundamentales del franquismo le convirtió en una pieza incómoda.


La presión de la Corona fue constante. Finalmente, Arias comprendió que su continuidad era imposible. Presentó su dimisión el 1 de julio de 1976. Dos días después, el Rey imponía su candidato.


La elección de Suárez sorprendió incluso a buena parte de la clase política. No figuraba entre los favoritos. Se hablaba de otras figuras de mayor peso institucional. Sin embargo, el elegido fue precisamente aquel que reunía una característica esencial: estaba dispuesto a ejecutar sin vacilaciones el proyecto diseñado desde la Zarzuela.


Alfonso Guerra, con su habitual ironía, acabaría bautizándolo como "Tahúr del Mississippi". Un apodo que reflejaba perfectamente la habilidad política de Suárez, su capacidad para maniobrar y su extraordinaria facilidad para presentarse ante cada interlocutor como el hombre que éste quería escuchar.


El 5 de julio juraba el cargo.


Comenzaba así uno de los procesos políticos más trascendentales de la historia contemporánea de España.


Y también uno de los más controvertidos.


Durante años se nos dijo que la reforma era inevitable. Que no existía alternativa. Que España necesitaba democratizarse. Sin embargo, pocas veces se analiza qué fue exactamente lo que se destruyó en el proceso.


La España de 1975 era una nación con problemas, como todas. Pero también era una nación que había experimentado uno de los mayores desarrollos económicos de Europa. Había creado una potente clase media. Había reducido drásticamente la pobreza. Había levantado una industria competitiva. Había construido millones de viviendas. Había impulsado infraestructuras modernas. Había convertido a España en una potencia turística e industrial mundial.


Nada de eso apareció por generación espontánea.


Fue el resultado de cuarenta años de construcción institucional y económica.


Sin embargo, el discurso dominante exigía presentar aquel periodo como un páramo político y moral que debía ser demolido por completo.


Y eso fue precisamente lo que comenzó a hacer Suárez.


En apenas unos meses se legalizaron organizaciones que hasta entonces habían combatido abiertamente al Estado. Se inició el proceso constituyente. Se desmontaron las instituciones del Movimiento. Se abrió la puerta a un sistema de partidos que acabaría convirtiendo la política en una lucha permanente por el poder y el reparto del Estado.


Muchos españoles apoyaron aquel cambio convencidos de que conduciría a una democracia estable, próspera y cohesionada.


La realidad posterior ha sido mucho más compleja.


Porque la Transición no sólo trajo libertades políticas, que no individuales, esas ya las reniamos. También sembró algunas de las semillas de los problemas que hoy padecemos.


El sistema autonómico abrió un proceso de fragmentación territorial que no ha dejado de crecer. Los partidos nacionalistas se convirtieron en árbitros permanentes de la gobernabilidad. El consenso constitucional fue degenerando en una permanente negociación de privilegios territoriales. La educación pasó a convertirse en un instrumento de ingeniería ideológica. Y los grandes partidos terminaron colonizando instituciones que debían ser independientes.


La paradoja es evidente.


Aquellos que prometían fortalecer España acabaron construyendo un modelo que ha debilitado progresivamente la unidad nacional.


Aquellos que prometían regeneración acabaron dando lugar a un sistema que hoy se encuentra asfixiado por la corrupción, el clientelismo y la ocupación partidista de las instituciones.


Y en el origen de todo ello encontramos aquella decisión tomada en julio de 1976.


La responsabilidad histórica no recae exclusivamente sobre Adolfo Suárez.


También corresponde al rey Juan Carlos I.


Fue él quien impulsó el proceso. Fue él quien eligió a Suárez. Fue él quien patrocinó la transformación política. Y fue él quien posteriormente facilitó la consolidación de un sistema en el que el PSOE de Felipe González aparecía como la gran alternativa necesaria para dotar de legitimidad a la nueva democracia.


Con el tiempo, el propio Suárez sería sacrificado.


Cuando dejó de resultar útil, cuando su desgaste político comenzó a ser evidente y cuando nuevos intereses reclamaban otro liderazgo, fue apartado del mismo modo que antes habían apartado a Arias Navarro.


La historia suele ser cruel con quienes creen controlar los acontecimientos.


Cincuenta años después, el balance resulta difícilmente discutible.


España afronta una crisis institucional profunda. La corrupción afecta al corazón mismo del poder político. Los separatistas condicionan la gobernabilidad. La nación aparece más dividida que nunca. La confianza en las instituciones se desploma. Y el sistema nacido durante la Transición muestra síntomas evidentes de agotamiento.


Quizá por eso conviene recordar aquella fecha.


El 3 de julio de 1976 no fue simplemente el nombramiento de un nuevo presidente del Gobierno.


Fue el inicio de un proceso que cambió por completo la estructura política de España.


Muchos lo siguen presentando como una historia de éxito.


Otros creemos que fue el comienzo de un largo proceso de demolición institucional cuyas consecuencias siguen acompañándonos medio siglo después.


Porque cuando una nación renuncia a defender los fundamentos que la hicieron fuerte, termina descubriendo demasiado tarde que destruir es mucho más fácil que construir.


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