Hace exactamente un año, el 28 de abril de 2025, España vivía uno de los episodios más graves, inquietantes y reveladores de su historia reciente: un apagón eléctrico de dimensiones nacionales. No fue una incidencia menor, no fue una anécdota, no fue un simple fallo técnico. Fue el síntoma de un país mal gestionado, ideologizado hasta el extremo y puesto en manos de irresponsables.
Un año después, lo verdaderamente escandaloso no es solo lo que ocurrió aquel día. Lo verdaderamente intolerable es lo que no ha ocurrido desde entonces: ni una sola dimisión, ni una sola asunción de responsabilidades, ni una explicación convincente por parte del Gobierno de Pedro Sánchez ni de la presidenta de Red Eléctrica de España, Beatriz Corredor.
El apagón que nunca quisieron explicar
Aquel 28 de abril, millones de españoles se quedaron sin luz. Hogares, hospitales, infraestructuras críticas, comunicaciones, todo se vino abajo en cuestión de minutos. Un país entero paralizado. Y mientras tanto, el Gobierno reaccionaba tarde, mal y con ese tono de autosuficiencia que ya se ha convertido en marca de la casa.
Desde el primer momento, la estrategia fue clara: desviar responsabilidades. Primero se habló de causas externas, después de fallos puntuales, más tarde de las distribuidoras. Nadie asumía nada. Nadie respondía ante los españoles.
Pero la realidad, como siempre, se abre paso. Los audios de trabajadores, las advertencias internas, los informes técnicos que nunca se han hecho públicos en su totalidad, todo apuntaba a lo mismo: el sistema eléctrico español estaba siendo tensionado hasta límites irresponsables por decisiones políticas, no técnicas.
El fanatismo climático como causa de fondo
Aquí está la clave de todo. No fue un accidente inevitable. Fue la consecuencia directa de una política energética basada en el dogma, no en la prudencia.
El Gobierno de Pedro Sánchez decidió convertir a España en el laboratorio ideológico de la llamada “transición ecológica”. Había que ser los primeros, los más verdes, los más obedientes a los dictados de Bruselas. Aunque eso supusiera poner en riesgo la estabilidad del sistema eléctrico.
Se demonizó la energía nuclear, se forzó el cierre progresivo de centrales, se despreciaron fuentes estables de generación y se apostó todo a unas energías renovables que, siendo necesarias, no pueden sostener por sí solas un sistema complejo sin respaldo suficiente.
Y mientras los técnicos advertían del riesgo, mientras los profesionales alertaban de que aquello podía acabar mal, la dirección de Red Eléctrica de España miraba hacia otro lado. Porque lo importante no era garantizar el suministro. Lo importante era cumplir con la agenda ideológica.
Beatriz Corredor y la politización del sistema
La figura de Beatriz Corredor simboliza como pocas esa colonización política de las instituciones. No estamos ante una técnica independiente al servicio del interés general. Estamos ante un nombramiento político, alineado con el Gobierno y con su hoja de ruta ideológica.
Y cuando las instituciones dejan de estar al servicio de los ciudadanos para ponerse al servicio del poder, ocurren cosas como el apagón del 28 de abril.
Porque aquí no falló solo un sistema eléctrico. Falló un modelo de país.







