Hubo un tiempo en el que el pueblo español no agachaba la cabeza. Hubo un tiempo en el que Madrid, con las manos desnudas y el alma encendida, decidió plantar cara al invasor. Aquel 2 de mayo de 1808 no fue una fecha más en el calendario: fue el grito de una nación que se negaba a desaparecer, la rebelión de un pueblo que, abandonado por sus élites, decidió tomar su destino en sus propias manos.
Madrid ardió en dignidad. Ardió en coraje. Ardió en patriotismo.
No fueron los reyes quienes salvaron el honor de España. Ni Carlos IV ni Fernando VII estuvieron a la altura de la corona que portaban. Ambos, enredados en sus miserias, en sus disputas familiares, en sus ambiciones y cobardías, terminaron entregando España al francés. Abdicaron, se vendieron, traicionaron.
Pero el pueblo, el pueblo no.
El pueblo de Madrid, con nombres propios y con héroes anónimos, se levantó. Se levantaron los artesanos, los estudiantes, las mujeres, los ancianos. Se levantó Manuela Malasaña, símbolo eterno de una juventud que prefirió morir antes que vivir arrodillada. Se levantaron Daoíz y Velarde. Se levantaron miles de españoles que entendieron que la soberanía no se negocia, se defiende.
Aquel 2 de mayo fue mucho más que una revuelta. Fue una lección. Una advertencia. Un espejo.
Porque entonces, como ahora, España estaba siendo entregada. Entonces, por la cobardía de una monarquía decadente. Hoy por la traición de una clase política que ha hecho del poder su negocio y de la nación su moneda de cambio.
Entonces el invasor era visible. Uniformado. Extranjero.
Hoy, el invasor entra sin resistencia, con alfombra roja, con discursos buenistas, con leyes que blanquean lo que no es más que una invasión silenciosa. Nos hablan de humanidad mientras diluyen nuestra identidad. Nos hablan de solidaridad mientras vacían nuestras fronteras. Nos hablan de derechos mientras socavan los nuestros.
Y lo más grave: lo hacen con premeditación.
Ahí está Irene Montero reconociendo sin tapujos que el objetivo es transformar la sociedad, alterar su composición, redefinir quién decide y quién vota. No es una casualidad. Es un proyecto. Un proyecto de sustitución, de disolución nacional, de demolición de España como sujeto político e histórico.
Nos engañan con palabras dulces. Con “regularizaciones”. Con “derechos humanos”. Con “progreso”. Pero detrás de ese lenguaje edulcorado se esconde una realidad inquietante: la desaparición paulatina de la España que conocimos.
Y mientras tanto, silencio.
Un silencio que recuerda demasiado a la pasividad de aquellos días previos a 1808, cuando las élites discutían, negociaban y se rendían mientras el pueblo era abandonado a su suerte.
Pero hay una diferencia. Entonces, el pueblo reaccionó.







