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José Calvo Sotelo: noventa años de un crimen de Estado

José Calvo Sotelo: noventa años de un crimen de Estado
porJavier Garcia Isac
opinion

La opinión de Javier García Isac

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Hay fechas que no pertenecen únicamente al calendario. Hay días que quedan grabados para siempre en la memoria de una nación porque marcan un antes y un después. El 13 de julio de 1936 es uno de ellos. Aquella madrugada era asesinado José Calvo Sotelo, uno de los  jefe de la oposición parlamentaria al Gobierno del Frente Popular. Sin duda el más carismático. Noventa años después, España sigue teniendo una deuda con su memoria y con la verdad histórica.


Precisamente por esa necesidad de rescatar del olvido a uno de los grandes estadistas de nuestra historia he querido escribir mi último libro, "José Calvo Sotelo. Historia de un crimen de Estado". No nace del ánimo de alimentar viejos enfrentamientos ni de reabrir heridas. Nace de una convicción profunda: un pueblo que renuncia a conocer su historia está condenado a repetir sus errores.


José Calvo Sotelo fue mucho más que un político asesinado. Fue uno de los intelectuales más brillantes de su generación, un jurista excepcional, un economista de enorme talla y un hombre de Estado que entendía España como una realidad histórica muy superior a los intereses de los partidos. Su oratoria sigue siendo, casi un siglo después, una de las más admiradas que han pasado por las Cortes españolas. Sus discursos, pronunciados en los meses previos a su muerte, constituyen hoy un testimonio estremecedor de la tensión política que vivía el país.


Aquella España de 1936 estaba profundamente fracturada. La violencia política había dejado de ser un fenómeno aislado para convertirse en un instrumento cotidiano. Los atentados, las agresiones, los incendios de iglesias, los asesinatos y las represalias se sucedían mientras el Estado mostraba una preocupante incapacidad o desidia para garantizar el orden público.


En ese contexto se celebraron las elecciones de febrero de 1936. Sobre aquellos comicios existe un intenso debate historiográfico interesado  ya no cabe duda de qué hubo pucherazo por parte de las izquierdas, lo cierto es que algunos nunca tuvimos esas dudas, a tenor de los testimonios de algunos de los protagonistas de esa época. En mi libro recojo las investigaciones de los profesores Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García, quienes sostienen que el proceso electoral estuvo gravemente alterado por numerosas irregularidades y manipulaciones que afectaron al resultado final. Su trabajo ha abierto uno de los debates históricos más relevantes de las últimas décadas y constituye una referencia imprescindible para comprender aquellos meses.


Pero más allá de cualquier discusión sobre unas elecciones, lo verdaderamente dramático fue lo que vino después.


La madrugada del 13 de julio varios miembros de las fuerzas de seguridad y militantes socialistas acudieron al domicilio de José Calvo Sotelo. Se presentaron con apariencia de autoridad legítima. El diputado abandonó su casa confiando en que iba a prestar declaración.


Nunca regresó.


En "José Calvo Sotelo. Historia de un crimen de Estado" reconstruyo con detalle aquella expedición, la composición de la camioneta número 17 de la Guardia de Asalto, los nombres de quienes participaron en la detención, los testimonios, las contradicciones posteriores y el recorrido hasta el lugar donde el líder de la oposición fue asesinado.


Entre quienes participaron en aquella operación figuraban miembros de la Guardia de Asalto, un guardia civil y varios militantes socialistas vinculados a las escoltas de dirigentes del PSOE. La historiografía ha identificado también la presencia de personas estrechamente relacionadas con destacados dirigentes socialistas de la época. Todo ello conforma un episodio cuya gravedad resulta difícil exagerar: un diputado era detenido utilizando recursos del propio Estado y acababa asesinado horas después.


Lo verdaderamente inquietante no fue únicamente el crimen.


Fue la reacción del poder.


Un Estado de Derecho tiene la obligación de perseguir a los asesinos, esclarecer los hechos y poner a los responsables a disposición de la Justicia, cualquiera que sea su filiación política.


Eso no ocurrió.


Las investigaciones posteriores estuvieron marcadas por enormes dificultades y por una actuación gubernamental que numerosos historiadores han considerado claramente insuficiente para depurar todas las responsabilidades. En mi libro sostengo que esa ausencia de una respuesta firme por parte del Gobierno convirtió el asesinato de José Calvo Sotelo en mucho más que un homicidio político: lo transformó en un auténtico crimen de Estado, porque fue el propio aparato estatal el que había fallado en la protección del jefe de la oposición y porque después fue incapaz de ofrecer una respuesta judicial ejemplar. Todo lo contrario, protegió y encubrió a los asesinos, todos ellos vinculados del PSOE.


Aquellos acontecimientos provocaron una conmoción inmensa en toda España.


No sólo entre quienes compartían las ideas de Calvo Sotelo.


Muchos comprendieron que se había cruzado una línea que jamás debió cruzarse. Si un líder de la oposición podía ser detenido por agentes públicos y aparecer asesinado pocas horas después, nadie estaba ya verdaderamente protegido por la ley.


La espiral de violencia se aceleró dramáticamente durante las horas y días siguientes. España caminaba hacia un precipicio del que ya nadie supo apartarla.


Pocos días después comenzaría la Guerra Civil.


Los historiadores siguen debatiendo hasta qué punto el asesinato de José Calvo Sotelo fue el detonante definitivo del alzamiento militar. Lo que apenas admite discusión es que constituyó uno de los acontecimientos decisivos que precipitaron los hechos de julio de 1936 y que terminó por convencer a muchos de que la situación política había llegado a un punto de no retorno.


Siempre me ha impresionado imaginar aquella última noche.


Calvo Sotelo se despidió de su familia convencido de que regresaría en pocas horas.


Su esposa jamás volvió a verlo con vida.


Sus hijos crecieron con la ausencia de un padre convertido en símbolo de una tragedia nacional.


Y España perdió a uno de sus parlamentarios más brillantes precisamente cuando más necesitaba hombres capaces de defender sus ideas desde la palabra y no desde las armas.


Noventa años después seguimos hablando demasiado de la Guerra Civil y demasiado poco de las causas que la hicieron posible.


Seguimos enfrentándonos por el pasado mientras olvidamos estudiar con serenidad los hechos.


Seguimos utilizando la Historia como arma política en lugar de convertirla en una herramienta para comprendernos mejor.


Por eso considero imprescindible recordar a José Calvo Sotelo.


No para alimentar el resentimiento.


No para dividir nuevamente a los españoles.


Sino para recordar una lección que jamás debería olvidarse: cuando un Estado deja de proteger la vida del jefe de la oposición; cuando la violencia política sustituye al debate parlamentario; cuando la Justicia deja de actuar con independencia y firmeza, la democracia comienza a desmoronarse desde dentro.


José Calvo Sotelo no merece ser recordado únicamente como una víctima.


Merece ser recordado por sus ideas, por su preparación intelectual, por su defensa apasionada de España y por la dignidad con la que afrontó unos meses en los que sabía perfectamente que su vida corría peligro.


Su asesinato cambió nuestra historia.


Su memoria no debería desaparecer jamás.


Ese ha sido el propósito que me ha guiado al escribir "José Calvo Sotelo. Historia de un crimen de Estado": contribuir, modestamente, a que nuevas generaciones conozcan quién fue, cómo murió y por qué su asesinato continúa siendo uno de los episodios más trascendentales y dramáticos de la historia contemporánea de España.


Porque los pueblos que olvidan a quienes dieron su vida por defender sus convicciones terminan olvidando también las lecciones que dejaron escritas con su sacrificio.


Noventa años después, José Calvo Sotelo sigue interpelando a nuestra conciencia. Y quizá ese sea el mayor homenaje que puede recibir un hombre de Estado: que el paso del tiempo no consiga silenciar su voz.


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