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Carlos Gardel: cuando un tango es capaz de vencer al tiempo

Carlos Gardel: cuando un tango es capaz de vencer al tiempo
por Javier Garcia Isac
15 de julio de 2026 a las 07:15
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La opinión de Javier García Isac

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Hay personas que no mueren nunca. Se marchan físicamente, pero dejan una huella tan profunda que el paso de las décadas resulta incapaz de borrar su recuerdo. Eso ocurre con Carlos Gardel, que perdió la vida un 24 de junio de 1935 en el trágico accidente aéreo de Medellín, cuando apenas contaba con cuarenta y cuatro años. Han transcurrido más de noventa años desde aquella tragedia y, sin embargo, basta que suene uno de sus tangos para que el tiempo se detenga y la memoria vuelva a latir.


Todavía hoy continúa el debate sobre si nació en Uruguay o en Francia, una discusión que probablemente jamás encontrará un consenso definitivo. Lo cierto es que fue Argentina quien lo convirtió en uno de sus mayores símbolos nacionales. Gardel pertenece a ese reducido grupo de artistas que terminan siendo patrimonio de la humanidad. Ya no es de un país ni de una bandera. Es de todos aquellos que alguna vez han sentido la nostalgia, el amor, la pérdida o la esperanza.


Porque si algo tenía Carlos Gardel era la capacidad de poner música a los sentimientos. Sus canciones no eran simples composiciones. Eran historias. Eran vidas enteras resumidas en tres minutos. Eran la voz de quienes habían amado, de quienes habían emigrado, de quienes soñaban con regresar o de quienes sabían que el pasado jamás volvería.


Quienes hemos tenido la fortuna de viajar a Argentina sabemos perfectamente de qué hablo. Hay pocas experiencias tan emocionantes como entrar en un viejo local de tango en Buenos Aires y escuchar los primeros acordes de Mi Buenos Aires querido, Volver, El día que me quieras o Por una cabeza. En ese instante desaparece el ruido del mundo moderno. El tiempo parece retroceder. Las luces tenues, el bandoneón y la voz inmortal de Gardel consiguen transportarnos a otra época.


Una época que, seguramente, tampoco fue perfecta. Tendemos a idealizar el pasado porque lo contemplamos desde la distancia y porque solemos recordar únicamente lo mejor de él. Sin embargo, esa nostalgia también cumple una función hermosa: recordarnos de dónde venimos y quiénes somos.


Siempre he pensado que no debemos vivir anclados en el ayer. El futuro sigue siendo el lugar donde depositamos nuestras ilusiones. Lo mejor, muchas veces, aún está por venir, está por llegar. Pero precisamente para construir ese futuro merece la pena detenerse, de vez en cuando, a escuchar las voces que hicieron grande nuestra historia cultural.


Gardel representa una forma de entender la música que hoy parece casi desaparecida. No necesitaba artificios ni efectos especiales. Bastaba una voz inconfundible, una letra cargada de poesía y una interpretación nacida del alma. Cantaba con el corazón, y quizá por eso sigue emocionando a generaciones que ni siquiera habían nacido cuando él falleció.


Hay versos que forman parte ya de la memoria sentimental de millones de personas. ¿Quién no ha sentido un escalofrío al escuchar aquello de "que veinte años no es nada"? Una frase sencilla que resume como pocas el misterio del paso del tiempo. Porque, efectivamente, los años pasan, pero hay recuerdos, canciones y emociones que permanecen intactos.


Y precisamente hoy quiero recordar también a alguien a quien nunca tuve el privilegio de conocer: Carmen Merino, mi suegra. Me han hablado tantas veces de ella, de su alegría y de su pasión por las canciones de Carlos Gardel, que cada vez que escucho su voz no puedo evitar imaginármela tarareando aquellos tangos con una sonrisa. Es curioso cómo la música puede acercarnos a personas que nunca conocimos. Hay melodías capaces de construir recuerdos que no hemos vivido, pero que sentimos como propios.


Ese es el verdadero milagro del arte. Nos une por encima del tiempo. Nos permite conversar con quienes ya no están y mantener vivos sus afectos. Mientras alguien siga cantando un tango de Gardel, mientras alguien cierre los ojos al escuchar su voz o mientras un nieto recuerde que su abuela emocionaba al escuchar El día que me quieras, Carlos Gardel seguirá vivo.


Vivimos demasiado deprisa. Consumimos canciones que apenas duran unas semanas antes de caer en el olvido. Frente a esa cultura de lo efímero, Gardel representa justamente lo contrario: la permanencia. La obra que desafía al tiempo. El artista que sigue emocionando casi un siglo después de su desaparición.


Dicen en Argentina que "Gardel cada día canta mejor". No es solo una frase ingeniosa. Es una verdad emocional. Cada generación descubre nuevamente su música y encuentra en ella sentimientos universales que nunca pasan de moda.


Hoy, cuando recordamos el aniversario de su muerte, no evocamos únicamente al cantante o al compositor. Recordamos una manera de vivir la música, una forma elegante de entender el amor, la amistad, la nostalgia y la vida misma.


Porque hay voces que el tiempo apaga y otras que el tiempo engrandece.


Y la de Carlos Gardel pertenece, sin ninguna duda, a estas últimas.


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