Hay fechas que no son simples efemérides. Hay fechas que son advertencias. El 13 de abril es una de ellas. Un día que une dos momentos separados por casi tres siglos, pero conectados por un mismo hilo conductor: la renuncia, la cesión y la degradación progresiva de la soberanía española.
En 1713, con la firma del Tratado de Utrecht, España no solo puso fin a la Guerra de Sucesión. Selló, también, una de las heridas más profundas de su historia: la pérdida de Gibraltar y Menorca en favor de Reino Unido. Aquello no fue una simple concesión territorial. Fue el inicio de un largo proceso de debilitamiento, una claudicación impuesta que aún hoy seguimos pagando.
Gibraltar, esa roca que sigue siendo un símbolo de humillación nacional, permanece como recordatorio permanente de que España fue obligada a ceder parte de su territorio bajo presión internacional. Pero lo más grave no es lo que ocurrió entonces. Lo verdaderamente preocupante es lo que ocurre ahora.
Porque tres siglos después, lejos de revertir aquella injusticia histórica, los gobiernos españoles —y muy especialmente los socialistas— han asumido, de facto, esa pérdida. Bajo el mandato de Pedro Sánchez, España ha avanzado en una política de cesiones que muchos consideran inaceptable: reconocimiento implícito de la soberanía británica sobre Gibraltar, del mismo modo que se ha cedido ante Marruecos en el Sáhara Occidental. No es solo una cuestión diplomática. Es una cuestión de dignidad nacional.
Y aquí es donde el 13 de abril vuelve a cobrar sentido. Porque en esa misma fecha, en 2008, José Luis Rodríguez Zapatero era investido presidente del Gobierno por segunda vez. Un hecho que, para muchos, simboliza otro punto de inflexión en la historia reciente de España.







