A estas alturas de la vida, recuerdo con infinito orgullo las primeras veces que fui al Valle de Los Caídos siendo muy pequeño de la mano de mi padre. Daban la ocasión los funerales de noviembre. Aquellos sábados por la tarde previos a las concentraciones de los domingos. Los valores de occidente se concentraban en la Plaza de Oriente. Igual algo de eso pasa también en estos momentos. Tengo el recuerdo vivo de la explanada llena. Cánticos de los italianos, banderas rumanas y católicos franceses, alemanes, polacos… Camisas azules entonan el himno mejor. Voces bajo boinas rojas cantan todos juntos en unión. Excombatientes atraviesan el enjambre patriota que les abre paso entre aplausos de unas generaciones nuevas agradecidas por su sacrificio. Los corazones patriotas laten de emoción ante los aún vivos y honran a los caídos que hicieron posible el pan en las mesas, y en las rejas rosas y una Cruz en los campanarios para siempre clavada. Españoles venidos de todos los puntos del sagrado solar rezan ante esa misma Cruz también por los caídos del otro bando ante la sepultura de unos mártires que murieron perdonándolos.
Unos años después las losas de piedra del Valle se volvieron a llenar. Recuerdo con inmenso orgullo esas mañanas con mis padres, mis hermanos y mis sobrinos. Eran los tiempos de Zapatero. Con el pretexto mentiroso de unas obras en La piedad de Juan de Ávalos, se impide la entrada en Misa en la Basílica. Los fieles se concentran primero en la reja de entrada y luego en la explanada para mantener el culto. Los monjes dan ejemplo de pastores y ante el acoso del gobierno se ponen al frente de su grey y mantienen la Misa a 3 grados bajo cero muchos domingos con la nieve del Guadarrama como asistente silenciosa. Esta es mi Iglesia. Espíritu de unión de una comunidad que acopia por su cuenta caldos para aliviar el frío , chocolate caliente para el desayuno y cuida a sus ‘curas’. La Iglesia como comunidad. Roca perenne, fortaleza indestructible.
Llegaron los años de los encierros criminales de la pandemia. Hubo bajas. En esos años mis padres montaron la guardia en los luceros junto con otros habituales del Valle. Pero el legado seguía y sigue vivo. Y nuevos españoles han desafiado las mentiras del sistema, la canallería, la arrogancia, el desprecio y honran agradecidos a sus mártires, veneran a sus santos, se postran ante la Virgen del valle aprietan los dientes ante la infamia de las exhumaciones de Franco, José Antonio y otros españoles arrancados vesánicamente de sus tumbas. La siega satánica de cruces de la que nos hablaba Pemán vuelve. Se unen los odios y el rencor a la cobardía calculadora de una derechita acomplejada, emasculada, asustada detrás del burladero legal de la falta de competencias dejando como resultado dejar sin defensa a la Basílica, los monjes y los mártires.







