Conviene empezar por sus nombres porque tengo la sensación de que, en medio de determinadas campañas de solidaridad, los grandes olvidados terminan siendo precisamente ellos.
No discuto que la enfermedad mental existe. Naturalmente que existe. Tampoco discuto que la psicosis posparto constituye una patología extremadamente grave que requiere atención médica inmediata. Y, por supuesto, corresponderá a los tribunales, después de escuchar a médicos, peritos, defensa y acusación, determinar hasta qué punto Lindsay Clancy era responsable penalmente de sus actos.
Eso es Justicia.
Lo que resulta mucho más difícil de comprender es otra cosa: la transformación de la acusada en una especie de símbolo de una causa colectiva, hasta el extremo de contemplar concentraciones públicas de solidaridad hacia ella mientras los tres niños muertos parecen ir desapareciendo del relato.
Porque aquí hay algo que me preocupa profundamente.
Una cosa es pedir mejores medios para atender los problemas de salud mental de las madres. Una cosa es reclamar que una mujer que pide ayuda psicológica sea escuchada y atendida correctamente. Una cosa es exigir que los tribunales tengan en cuenta cualquier enfermedad mental que pueda afectar a la responsabilidad penal.
Y otra muy distinta es convertir una tragedia espantosa en una nueva bandera ideológica.
Ahí es donde una parte del feminismo contemporáneo vuelve a equivocarse.
No hablo de todas las mujeres. Ni siquiera de todo el feminismo. Quiero creer que estamos ante una minoría especialmente ruidosa. Pero existe una corriente ideológica que parece contemplar cualquier acontecimiento partiendo de una premisa inamovible: la mujer debe aparecer siempre como víctima, incluso cuando los hechos obligan, como mínimo, a introducir muchos más matices.
Y cuando una ideología necesita que la realidad encaje obligatoriamente dentro de sus categorías, termina produciendo situaciones moralmente grotescas.
Tres niños han muerto.
Ese debería ser el principio de cualquier reflexión.
Tres seres absolutamente indefensos.
Tres criaturas que no podían manifestarse, defenderse, escapar ni pedir auxilio.
¿Dónde están las camisetas por ellos?
¿Dónde están las concentraciones por Cora, Dawson y Callan?
¿Dónde están las pancartas recordando sus nombres?
Resulta significativo que determinadas personas hayan encontrado inmediatamente un sujeto colectivo con el que identificarse —la madre— mientras las víctimas reales corren el peligro de convertirse simplemente en personajes secundarios de una historia utilizada para denunciar las carencias del sistema.
Claro que deben investigarse esas carencias.
Claro que una sociedad responsable debe prestar atención a la depresión y a la psicosis posparto.
Claro que una enfermedad mental grave puede modificar, incluso radicalmente, la responsabilidad penal de una persona. Para eso existen los médicos, los peritos y los tribunales.
Pero comprender una enfermedad no significa banalizar sus consecuencias.
Y mucho menos convertir en heroína a quien está siendo juzgada por unos hechos terribles.
Imaginen por un momento que cambiamos el sexo del protagonista.
Imaginen a un padre acusado de acabar con la vida de sus tres hijos pequeños alegando una enfermedad psiquiátrica grave. Imaginen centenares de hombres concentrándose frente al tribunal, vestidos todos del mismo color, expresándole públicamente su solidaridad y explicando que aquello podía haberle ocurrido a cualquiera de ellos.
¿Alguien duda del escándalo que se produciría?
Se hablaría de apología, de insensibilidad hacia las víctimas, de machismo y probablemente de muchas cosas más.
Y seguramente con razón.
Precisamente por eso resulta tan peligrosa la doble vara de medir y de ver las cosas.
La responsabilidad individual no puede depender del sexo de quien comete un acto. Tampoco la compasión hacia las víctimas.
El feminismo que durante décadas aseguró reclamar igualdad debería ser el primero en comprenderlo: igualdad significa también igualdad ante la responsabilidad, ante la Justicia y ante el juicio moral de la sociedad.
Después estarán las circunstancias atenuantes o eximentes que correspondan. Si los especialistas determinan que existía una enfermedad mental capaz de anular la voluntad, tendrá que valorarse jurídicamente. Pero esa valoración debe hacerse dentro de un tribunal, con pruebas y garantías, no mediante una movilización sentimental donde parece que la condición femenina concede automáticamente una presunción moral de inocencia.
Hay además algo especialmente perturbador en determinados mensajes surgidos alrededor del caso: la idea de que "podría haber sido cualquiera".
No.
Tener ansiedad no convierte a una madre en asesina.
Sufrir una depresión no convierte a una madre en asesina.
Sentirse desbordada por la maternidad tampoco.
Millones de mujeres atraviesan momentos psicológicos terribles y jamás hacen daño a sus hijos. Presentar una relación casi automática entre sufrimiento materno y una tragedia semejante no solamente resulta injusto; puede terminar siendo ofensivo para innumerables madres que han padecido enfermedades mentales y han luchado desesperadamente por salir adelante.
Otra cosa completamente diferente es la psicosis, que puede implicar una pérdida profunda del contacto con la realidad. Precisamente por su gravedad debe analizarse médicamente y caso por caso, sin convertirla en consigna política.
Pero vivimos tiempos donde todo necesita una bandera, un colectivo y un culpable estructural.
Ya no existen individuos: existen categorías.
Ya no existen responsabilidades: existen relatos.
Ya no existen tragedias personales: existen oportunidades para alimentar una determinada causa política.
Y ahí aparece ese feminismo que necesita encontrar siempre un sistema al que responsabilizar antes incluso de preguntarse por las víctimas.
Yo me niego.
Me niego a aceptar que la defensa de la salud mental de las mujeres necesite convertir a Lindsay Clancy en un icono.
Se puede reclamar una mejor atención psiquiátrica sin concentrarse para vitorear a una acusada.
Se puede hablar de psicosis posparto sin olvidar a tres niños muertos.
Se puede tener compasión por una persona gravemente enferma y, simultáneamente, reservar nuestra primera solidaridad para quienes perdieron la vida.
Porque la compasión tampoco debería convertirse en patrimonio ideológico.
Y porque una sociedad empieza a tener un problema muy serio cuando selecciona a sus víctimas dependiendo de si encajan o no en el relato político dominante.
Yo quiero pensar que esas mujeres vestidas de rosa representan solamente a una pequeña parte del feminismo. Quiero pensar que millones de madres observarán esas imágenes con la misma perplejidad que siento yo.
Porque quizá hemos complicado demasiado algo que debería ser elemental.
Antes que las ideologías están las personas.
Antes que las consignas están los hechos.
Antes que el feminismo, el machismo o cualquier otro "ismo" debería estar la Justicia.
Y antes que cualquier campaña de solidaridad deberían estar Cora, Dawson y Callan.
Tres niños.
Tres víctimas.
Tres nombres que jamás deberían quedar sepultados bajo ninguna bandera.