Ese es el tiempo que ha necesitado el Gobierno de España para descubrir que lo sucedido en Ceuta no podía gestionarse como si se tratara simplemente de un problema asistencial. Casi un mes para aceptar la creación de un mando único. Casi un mes para reconocer, de hecho, que estábamos ante una cuestión de seguridad nacional.
Y resulta especialmente revelador que la decisión coincida con el regreso de Pedro Sánchez tras el paréntesis veraniego del Gobierno.
España esperando. Ceuta soportando las consecuencias. Y el Gobierno, a su ritmo.
Durante semanas nos dijeron que no hacía falta un mando único. Que existía coordinación suficiente. Que las administraciones estaban trabajando. Que no había motivos para adoptar determinadas medidas extraordinarias.
Ahora resulta que sí.
Ahora resulta que Ceuta merece ser declarada «situación de interés para la Seguridad Nacional».
Ahora resulta que hace falta un mando único.
Entonces la pregunta es extraordinariamente sencilla: si era necesario ahora, ¿por qué no lo era hace tres semanas?
Porque aquí alguien mintió o alguien se equivocó gravemente. No caben muchas más posibilidades.
Llegar tarde también es una forma de gobernar mal
Lo ocurrido en Ceuta ha demostrado una vez más una característica que parece haberse convertido en seña de identidad del sanchismo: primero negar el problema, después minimizarlo, luego atacar a quien denuncia su gravedad y finalmente adoptar parte de las medidas reclamadas cuando la realidad ya resulta imposible de ocultar.
Siempre tarde.
Siempre después.
Siempre arrastrados por los acontecimientos.
Mientras los ceutíes reclamaban respuestas, desde Madrid se repartían competencias, comparecían ministros y se sucedían explicaciones que parecían diseñadas más para controlar el relato político que para recuperar inmediatamente la normalidad.
Y ahora nos anuncian solemnemente un mando único.
Permítanme que no aplauda.
Un mando único habría tenido sentido desde las primeras horas de la crisis. Un mando único tenía sentido cuando había que coordinar Interior, Defensa, Exteriores, Política Territorial, servicios de inteligencia y autoridades de Ceuta.
Crear un mando único casi un mes después no constituye precisamente una demostración de anticipación política. Lo cierto es que un mando único formado por un gobierno que anima y fomenta a la invasión de nuestro territorio, tampoco es garantía de nada.
Es la confesión del fracaso anterior.
No es solamente una crisis humanitaria
Durante estas semanas se ha insistido hasta la saciedad en una expresión: «crisis humanitaria».
Por supuesto que existe una dimensión humanitaria. Nadie razonable puede negar que detrás de cualquier movimiento masivo de personas existen dramas individuales que deben ser tratados con humanidad y dentro de la ley. Pero sobre todo, la crisis humanitaria es la que se ha provocado al pueblo de Ceuta, a sus habitantes por no haber tomado medidas antes y haber expulsado a los invasores inmediatamente después de la entrada ilegal.
Pero reducir lo sucedido en Ceuta exclusivamente a una crisis humanitaria constituye, a mi juicio, una manipulación del lenguaje.
Estamos también ante una gravísima crisis de seguridad nacional.
Y parece que finalmente hasta el propio Gobierno ha terminado reconociéndolo al recurrir precisamente a los mecanismos previstos para una situación de interés para la Seguridad Nacional.
Ceuta no es una ciudad situada en algún territorio remoto sobre el que España tenga una responsabilidad administrativa circunstancial.
Ceuta es España.
Su frontera es frontera española.
Y también es frontera exterior de la Unión Europea.
Cuando decenas de miles de personas atraviesan descontroladamente una frontera en un periodo extraordinariamente corto, un Estado serio no puede limitarse a preguntarse dónde coloca colchones, dónde habilita alojamientos o cuánto dinero destina a asistencia.
Debe preguntarse también quién permitió aquella situación, cómo se produjo, por qué se produjo, qué responsabilidad corresponde al país vecino y, sobre todo, cómo impedir que vuelva a repetirse.
Eso se llama soberanía.
Eso se llama seguridad.
Eso se llama Estado.
Y el elegido es Ángel Víctor Torres
Pero cuando parecía complicado mejorar el disparate, aparece el nombre elegido para dirigir el mando único: Ángel Víctor Torres.
El ministro de Política Territorial y Memoria Democrática.
Es difícil encontrar una metáfora mejor del funcionamiento de este Gobierno.
Ante una crisis fronteriza y de seguridad nacional, Sánchez coloca al frente al ministro responsable, entre otras competencias, de Memoria Democrática.
Quizá sea coherente. Este Gobierno parece mucho más cómodo administrando el pasado que protegiendo el presente.
Torres fue presidente de Canarias y el Ejecutivo justifica su elección precisamente por su experiencia en anteriores crisis migratorias. Pero su nombramiento posee también una evidente dimensión política: Sánchez vuelve a confiar una responsabilidad especialmente sensible a uno de los hombres de su círculo político.
Y eso tampoco puede pasar inadvertido.
No estamos ante una comisión para organizar unas jornadas ni ante otro observatorio gubernamental.
Estamos hablando de Ceuta.
Estamos hablando de frontera.
Estamos hablando de inteligencia.
Estamos hablando de coordinación entre administraciones y fuerzas del Estado.
Estamos hablando, porque así lo reconoce finalmente el propio Ejecutivo, de seguridad nacional.
Por eso el Gobierno deberá explicar con absoluta transparencia qué poderes tendrá Torres, cuáles serán sus competencias reales, qué instrucciones podrá impartir y quién responderá políticamente si vuelve a producirse una situación semejante.
Sánchez vuelve y aparece el mando único
Y después está la fotografía política.
Pedro Sánchez regresa al primer plano después del parón veraniego y, prácticamente al mismo tiempo, descubrimos que aquello que durante semanas no parecía necesario ahora resulta imprescindible.
Es imposible no apreciar la paradoja.
Los problemas de España no se marchan de vacaciones cuando lo hace su presidente.
Las fronteras no cierran por descanso estival.
Ceuta no puede esperar a que termine agosto.
Un presidente del Gobierno no está únicamente para aparecer cuando las decisiones ya están preparadas y las cámaras encendidas. Está para ejercer el mando político cuando se produce una crisis.
Especialmente cuando esa crisis afecta a la integridad de nuestras fronteras.
Y especialmente cuando existe un vecino como Marruecos, cuyas relaciones con España deberían abordarse desde la firmeza, la reciprocidad y la defensa permanente de nuestros intereses nacionales.
¿Quién responde por estas cuatro semanas?
Ahora llegarán los anuncios.
Llegarán nuevas partidas presupuestarias.
Llegarán reuniones.
Llegarán comités.
Llegarán fotografías.
Llegarán declaraciones solemnes asegurando que algo semejante «no volverá a repetirse».
Pero queda pendiente la pregunta fundamental:
¿Quién responde por lo ocurrido hasta ahora?
Porque en España existe una curiosa costumbre política según la cual cada fracaso gubernamental termina provocando una nueva comisión, un nuevo cargo, una nueva estructura administrativa y varios millones de euros adicionales.
Pero nunca una dimisión.
Nunca un responsable.
Nunca alguien que diga: me equivoqué.
Si durante semanas no hacía falta mando único y ahora sí, alguien debería explicarlo.
Si durante semanas aquello era fundamentalmente una emergencia humanitaria y ahora merece la consideración de situación de interés para la Seguridad Nacional, alguien debería explicar qué ha cambiado.
Y si no ha cambiado nada sustancial, entonces lo único que ha cambiado ha sido la voluntad política del Gobierno.
Eso sería todavía más grave.
Ceuta necesitaba Gobierno, no propaganda
Los españoles estamos demasiado acostumbrados a que las decisiones lleguen después de los acontecimientos.
Primero sucede la catástrofe y después aparece el protocolo.
Primero llega el caos y después aparece la coordinación.
Primero se niega la necesidad del mando único y después se crea.
Este Gobierno parece haber convertido la rectificación tardía en procedimiento administrativo.
Pero Ceuta no necesitaba propaganda.
Necesitaba Gobierno.
Necesitaba autoridad.
Necesitaba coordinación desde el primer momento.
Y necesitaba que España dejara absolutamente claro que sus fronteras se respetan.
Ahora Sánchez vuelve de su descanso y descubre que Ceuta era una cuestión de seguridad nacional.
Bienvenido a la realidad, presidente.
Llega usted casi un mes tarde.