Pero existe un pequeño inconveniente para quienes pretenden borrar la historia: los hechos son extraordinariamente tercos.
Y los hechos dicen que José Antonio Girón de Velasco protagonizó una de las etapas más importantes de la política social española del siglo XX.
Un ministro de Trabajo con 29 años
Girón procedía del nacional-sindicalismo castellano. Estudió Derecho en Valladolid y Salamanca y muy pronto se incorporó a las Juntas Castellanas de Actuación Hispánica vinculadas a Onésimo Redondo, pasando posteriormente a las JONS y a la Falange. Combatió durante la Guerra Civil y, terminada la contienda, fue delegado nacional de Excombatientes.
El 19 de mayo de 1941 Franco lo nombró ministro de Trabajo. Tenía solamente 29 años.
No hablamos, además, de un ministro fugaz. Permaneció al frente de la cartera hasta el 25 de febrero de 1957: casi dieciséis años en los que se desarrolló una amplísima legislación laboral y de previsión social. Su nombramiento y su posterior cese constan en la propia documentación histórica del Ministerio de Trabajo y en el BOE.
Conviene recordar cómo era aquella España.
Girón recibió un país destrozado después de tres años de Guerra Civil, con enormes bolsas de pobreza, una economía maltrecha, una clase trabajadora que arrastraba desigualdades históricas y, poco después, un aislamiento internacional que dificultaba todavía más la reconstrucción.
Y aquí aparece el Girón que algunos prefieren que no conozcamos.
El falangista.
El nacional-sindicalista.
El hombre convencido de que la justicia social no podía limitarse a pronunciar discursos sobre los trabajadores, sino que debía traducirse en instituciones, protección, formación y derechos sociales.
La cuestión social
Se puede estar a favor o en contra de la Falange. Se puede discutir su doctrina, su actuación política, su participación en el régimen de Franco y prácticamente todo lo que se quiera. Eso forma parte del debate histórico.
Lo que resulta intelectualmente mucho más difícil es negar la dimensión social que tuvo la actuación de Girón al frente del Ministerio de Trabajo.
Durante aquellos años se impulsaron el Seguro Obligatorio de Enfermedad, el Instituto Nacional de Medicina, Higiene y Seguridad del Trabajo, la gratificación obligatoria de Navidad, el Plus de Cargas Familiares, el subsidio de invalidez o los Jurados de Empresa, además de numerosas reglamentaciones laborales.
Conviene ser precisos porque la historia no necesita exageraciones: Girón no creó por sí solo la Seguridad Social española tal como hoy la conocemos. Su configuración unificada llegaría posteriormente. Pero durante su larguísima etapa ministerial se desarrollaron seguros, mutualidades y mecanismos de previsión y protección que forman parte fundamental del proceso histórico que acabaría desembocando en el sistema posterior.
Y eso tampoco se puede borrar.
Resulta paradójico que quienes hoy utilizan continuamente expresiones como "justicia social", "derechos de los trabajadores", "igualdad de oportunidades" o "protección social" tengan tantas dificultades para reconocer que algunas de las grandes transformaciones sociales del siglo XX español se produjeron durante el franquismo.
La historia no comenzó en 1978.
España tampoco.
Las Universidades Laborales
Y después están las Universidades Laborales.
Quizá sea una de las obras que mejor permiten comprender aquella concepción social.
Se trataba de ofrecer formación a hijos de trabajadores y familias humildes, proporcionarles alojamiento y enseñanza y abrir caminos de formación profesional y técnica a jóvenes que, por su origen económico, difícilmente habrían tenido aquellas oportunidades.
No era caridad.
Era promoción social.
Era decirle al hijo de un obrero que su destino no tenía necesariamente que quedar determinado por el lugar donde había nacido.
Las primeras actividades docentes de las Universidades Laborales de Sevilla, Córdoba y Tarragona comenzaron en 1956, todavía con Girón como ministro. En febrero de 1957, apenas unas semanas antes de abandonar el Ministerio, una orden firmada por él reorganizaba precisamente su Consejo Técnico y constataba que aquellas primeras Universidades ya estaban funcionando.
Posteriormente se desarrollarían otros centros y enseñanzas. Las Universidades Laborales acabarían formando a generaciones de españoles y convirtiéndose en una formidable herramienta de formación profesional y promoción social.
¿Cuántos trabajadores pudieron mejorar su futuro gracias a aquella política?
¿Cuántos hijos de familias humildes pudieron estudiar?
¿Cuántos españoles encontraron allí una oportunidad que probablemente nunca habrían tenido?
Esas preguntas también pertenecen a nuestra historia.
La memoria selectiva
Pero hemos llegado a una España en la que parece que reconocer un hecho histórico equivale a adherirse políticamente a quien lo protagonizó.
Es absurdo.
Podemos estudiar a Girón sin convertirnos en falangistas, del mismo modo que podemos estudiar a Largo Caballero sin convertirnos en socialistas revolucionarios o asesino.
La diferencia es que a unos se les levantan homenajes mientras a otros se les intenta borrar hasta de las placas.
En 2023 el Gobierno llegó incluso a revocar, a título póstumo, la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo que Girón había recibido en 1944. La decisión apareció publicada en el BOE.
Una medalla retirada casi ochenta años después.
Pocas cosas representan mejor nuestra época.
Se pretende ajustar cuentas con los muertos porque resulta mucho más sencillo que solucionar los problemas de los vivos.
Pueden retirarle una medalla. Pueden eliminar su nombre. Pueden evitar estudiarlo. Pueden intentar que las nuevas generaciones jamás sepan quién fue.
Lo que no pueden hacer es viajar hacia atrás en el tiempo y eliminar las disposiciones publicadas en el Boletín Oficial del Estado.
No pueden borrar las Universidades Laborales.
No pueden borrar el Seguro Obligatorio de Enfermedad.
No pueden borrar las políticas de seguridad e higiene laboral.
No pueden borrar la legislación social desarrollada durante aquellos años.
Porque todo eso ocurrió.
Falangista hasta el final
Girón tampoco fue uno de aquellos hombres que cambiaron de chaqueta cuando cambió el viento.
Permaneció vinculado al régimen de Franco y, en sus últimos años, encabezó la Confederación Nacional de Excombatientes. Se opuso al rumbo político de la Transición y nunca ocultó su discrepancia con el sistema que estaba naciendo.
Podemos compartirlo o rechazarlo.
Pero existe algo que incluso sus adversarios deberían reconocerle: coherencia.
Girón no descubrió repentinamente en 1975 que siempre había sido demócrata. No reconstruyó su pasado. No escribió unas memorias para explicar que él estaba allí pero que en realidad nunca había estado.
Fue leal a Franco mientras Franco vivió y continuó reivindicando aquel régimen después de su muerte.
Incluso cuando discrepó de determinadas decisiones tomadas dentro del propio franquismo, permaneció fiel a los principios políticos que había defendido desde su juventud.
Eso tuvo un coste político y también histórico.
Pero fue consecuente.
Y la coherencia, incluso cuando se discrepa profundamente de las ideas de alguien, es una virtud cada vez más difícil de encontrar.
El ministro que pensaba en el trabajador
Por eso, 31 años después de su muerte, creo que merece la pena recuperar a José Antonio Girón de Velasco del cajón donde la memoria oficial pretende encerrarlo.
No para construir una hagiografía.
No para negar los aspectos controvertidos de su trayectoria.
Sino precisamente para hacer lo que debería hacer cualquier sociedad adulta: conocer su historia completa.
Girón comprendió algo que demasiados políticos actuales parecen haber olvidado: detrás de cada estadística laboral existe una familia.
Que un trabajador necesita salario, pero también seguridad.
Que un hijo de familia humilde necesita oportunidades.
Que la educación puede ser el ascensor social más poderoso que existe.
Que la dignidad del trabajo no consiste en utilizar al obrero como decoración en un mitin, sino en ofrecerle mecanismos para mejorar materialmente su existencia.
Aquella era, con sus luces y sus sombras, la preocupación social de una parte importante del falangismo.
Y José Antonio Girón de Velasco fue probablemente uno de sus máximos exponentes.
Hoy tenemos ministerios repletos de asesores, secretarías de Estado, observatorios, direcciones generales y estructuras administrativas que hablan permanentemente de derechos sociales. Girón gobernó el Ministerio de Trabajo de una España pobre, destruida y aislada y dejó instituciones que sobrevivieron durante décadas.
Por eso resulta tan incómodo.
Porque obliga a formular una pregunta políticamente incorrecta:
¿y si resulta que la historia que nos han contado era bastante más compleja de lo que pretendían hacernos creer?
José Antonio Girón de Velasco murió el 22 de agosto de 1995.
Treinta y un años después, algunos quieren que permanezca olvidado.
Yo prefiero recordarlo.
Recordarlo como lo que fue: falangista, franquista, combatiente, ministro y protagonista indiscutible de una etapa de enorme desarrollo de la política social española.
Podrán discutir su ideología.
Podrán condenar el régimen al que perteneció.
Podrán incluso quitarle las medallas después de muerto.
Pero hay algo que jamás podrán retirarle por decreto: la obra que dejó detrás.