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La guerra contra Vox no ha hecho más que empezar

La guerra contra Vox no ha hecho más que empezar
por Javier Garcia Isac
4 de septiembre de 2026 a las 07:20
opinion

La opinión de Javier García Isac

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Hay algo que debería hacer reflexionar a cualquiera que contemple la política española sin anteojeras: cuanto más crece Vox, más enemigos aparecen dispuestos a combatirlo. Y no todos proceden de la izquierda, del Gobierno o de los medios tradicionalmente hostiles. Algunos llegan ahora desde posiciones que se autodenominan patrióticas, conservadoras o nacionales y que, curiosamente, durante años han mostrado una extraordinaria comprensión hacia el Partido Popular.

No creo en las casualidades políticas. Mucho menos cuando se aproximan unas elecciones generales y las encuestas empiezan a dibujar escenarios incómodos para quienes llevan décadas acostumbrados a repartirse España como si fuese una propiedad por turnos.

Vox está creciendo y eso preocupa.

Preocupa a la izquierda, naturalmente. Preocupa al PSOE porque sabe que Vox representa exactamente lo contrario de buena parte del proyecto ideológico desarrollado durante estos años. Pero también preocupa a determinados sectores próximos al PP, porque cuanto más fuerte sea Vox, menor será la capacidad de los populares para gobernar sin condiciones y regresar tranquilamente a esa política de consensos que tantas veces hemos denunciado.

Y preocupa, además, a quienes llevan años viviendo confortablemente alrededor de determinadas estructuras políticas, mediáticas e institucionales.

Por eso empiezan los ataques.

Resulta particularmente llamativo contemplar cómo determinados personajes, asociaciones o plataformas que se presentan ante la opinión pública como guardianes de las esencias patrióticas descubren repentinamente que su principal problema es Vox.

Uno podría pensar que, después de todo lo ocurrido en España, tendrían otros adversarios prioritarios.

Podrían dedicar sus esfuerzos a combatir el sanchismo.

Podrían denunciar las cesiones al separatismo.

Podrían preguntarse qué está sucediendo con nuestras fronteras.

Podrían levantar la voz ante la situación que hemos vivido en Ceuta.

Podrían preocuparse por la degradación institucional, por la inseguridad, por el deterioro económico o por una soberanía nacional cada vez más condicionada desde fuera.

Pero no.

Para algunos parece que el gran peligro de España es Vox.

Qué curioso.

Y qué oportuno.

Porque precisamente ahora Vox aparece disparado en diferentes sondeos y consigue capitalizar buena parte del descontento existente en la sociedad española. Precisamente ahora, cuando acontecimientos como los vividos en Ceuta han vuelto a situar la inmigración y el control de las fronteras en el centro del debate político, aparecen quienes consideran imprescindible abrir fuego contra Santiago Abascal y los suyos.

Cada cual puede extraer sus propias conclusiones. Yo tengo las mías.

El sistema está nervioso porque Vox amenaza con convertirse en un testigo incómodo dentro del poder.

Y ésa es probablemente la cuestión fundamental.

Una cosa es permitir que Vox exista. Otra muy distinta es aceptar que tenga suficiente fuerza para imponer condiciones.

Porque un Vox pequeño puede ser utilizado como espantajo electoral. Sirve para movilizar a la izquierda y permite al Partido Popular reclamar el voto útil.

Pero un Vox fuerte cambia completamente la ecuación.

Un Vox fuerte puede exigir políticas concretas para prestar sus votos. Puede impedir que determinadas cuestiones desaparezcan debajo de la alfombra. Puede obligar al Partido Popular a elegir entre desarrollar políticas realmente diferentes a las de la izquierda o buscar acuerdos precisamente con aquellos a quienes asegura querer desalojar.

Y ahí empiezan los problemas.

El verdadero miedo no consiste simplemente en que Vox obtenga muchos diputados. El verdadero miedo para algunos consiste en que llegue el día en que sin Vox no pueda formarse una mayoría alternativa al sanchismo.

Porque entonces ya no serviría aquella vieja fórmula según la cual el PP promete una cosa durante la campaña electoral para terminar haciendo otra cuando llega al Gobierno.

Habría un testigo.

Y, sobre todo, habría alguien con capacidad para decir no.

Por eso creo que debemos prepararnos para lo que viene.

Nadie dijo que esta batalla fuese a resultar sencilla. Quien pensara que bastaría con crecer en las encuestas para que quienes han controlado durante décadas buena parte de la vida política española entregasen amablemente las llaves del poder demuestra conocer muy poco cómo funciona este país.

Será exactamente al contrario.

Cuanto más se acerque Vox al poder, más dura será la campaña contra Vox.

Llegarán ataques desde la izquierda y desde la derecha. Desde determinados medios y desde determinadas terminales supuestamente patrióticas. Intentarán enfrentar dirigentes, buscar contradicciones, rescatar declaraciones antiguas y presentar cualquier discrepancia interna como una crisis terminal.

Algunos pedirán incluso la desaparición de Vox mientras proclaman solemnemente que España necesita una alternativa.

Una alternativa, sí.

Pero por lo visto siempre que sea la alternativa que ellos controlen.

Porque ése es el problema.

Vox nació precisamente porque millones de españoles dejaron de creer que el Partido Popular fuese suficiente para revertir determinadas políticas de la izquierda. Pero no solo por eso. La vieja dicotomía izquierda/derecha ha muerto. Vox ya es una cosa diferente a sus inicios, y eso es una muy buena noticia. Surgió porque una parte importante del electorado estaba cansada de escuchar grandes discursos en la oposición seguidos de enormes decepciones cuando llegaba el momento de gobernar.

Y por eso resulta grotesco que algunos pretendan ahora convencer a esos mismos españoles de que deben regresar mansamente al redil.

Si Vox desapareciera mañana, ¿quién estaría realmente encantado?

La respuesta probablemente explica muchas cosas.

Estaría encantada la izquierda porque desaparecería su adversario más frontal en determinadas cuestiones ideológicas.

Y respirarían tranquilos determinados sectores del PP porque recuperarían un electorado, al que consideran como suyo, aunque muchos jamás les hayan votado, un electorado al que durante demasiado tiempo consideraron cautivo.

El bipartidismo volvería a sentirse cómodo.

Unos gobernarían durante unos años. Después llegarían los otros. Cambiarían los ministros, cambiarían algunos nombres y cambiarían determinados discursos.

Pero demasiadas cosas esenciales permanecerían exactamente igual.

Por eso la cuestión no consiste en convertir a Vox en una organización infalible. No lo es. Ningún partido lo es. Vox puede equivocarse, puede tener malos candidatos, puede tomar decisiones discutibles y naturalmente debe ser criticado cuando corresponda.

Pero una cosa es la crítica y otra muy distinta convertir la destrucción de Vox en una obsesión mientras se guarda una sorprendente benevolencia hacia quienes han contribuido durante décadas a mantener muchas de las políticas que supuestamente se combaten.

Ahí es donde algunos tendrán que explicar sus prioridades.

Y todavía queda mucho.

A medida que se acerquen las próximas elecciones generales, la presión aumentará. Si Vox continúa creciendo, aumentarán también las campañas, los rumores, las operaciones políticas y los intentos de división.

Que nadie espere una alfombra roja.

Habrá barro.

Mucho barro.

Porque el poder nunca se entrega voluntariamente y porque quienes llevan décadas acostumbrados a administrar el tablero político español difícilmente aceptarán encantados la llegada de alguien dispuesto a darle una patada al tablero.

Vox tendrá que demostrar entonces si posee la fortaleza suficiente para resistir.

Sus dirigentes tendrán que mantener la cabeza fría y sus votantes tendrán que aprender a distinguir entre la crítica legítima y las operaciones interesadas.

Porque esto acaba de comenzar.

Quienes hoy disparan contra Vox creyendo que conseguirán reducirlo quizá todavía no hayan comprendido algo fundamental: cada ataque injustificado puede reforzar precisamente la sensación que alimentó su nacimiento: que demasiados poderes diferentes coinciden misteriosamente cuando alguien amenaza con alterar las reglas del juego.

Nadie dijo que fuera fácil.

La batalla política nunca lo es cuando existen intereses importantes en juego.

Y si las encuestas siguen colocando a Vox en una posición decisiva, podemos estar seguros de una cosa:

la guerra sucia no ha hecho más que empezar.


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