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El sanchismo sobrevivirá a Sánchez: se llama Óscar Puente

El sanchismo sobrevivirá a Sánchez: se llama Óscar Puente
por Javier Garcia Isac
2 de septiembre de 2026 a las 07:15
opinion

La opinión de Javier García Isac

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Hay algo mucho más preocupante que Pedro Sánchez: que algún día Pedro Sánchez se vaya y descubramos que el sanchismo se queda.

Durante demasiado tiempo hemos cometido el error de identificar el sanchismo exclusivamente con una persona. Sánchez es su creador, su máximo representante y quien ha llevado al PSOE hasta territorios políticos que hace apenas unos años parecían inimaginables. Pero sería ingenuo pensar que todo desaparecerá cuando él abandone La Moncloa o la Secretaría General del Partido Socialista.

El sanchismo ya no es solamente Sánchez. Es una forma de ejercer el poder. Una manera de entender las instituciones, de relacionarse con los medios de comunicación, de tratar al adversario y de convertir la política en una permanente guerra de trincheras.

Y si alguien encarna perfectamente esa escuela política es Óscar Puente.

Ahora sabemos que el ministro de Transportes descarta, al menos públicamente, liderar el PSOE cuando Sánchez deje el cargo. Pero que la pregunta se formule ya resulta significativa. Hace unos años pocos habrían colocado a Puente en una quiniela para dirigir el socialismo español. Hoy nadie puede descartar que forme parte de la batalla sucesoria cuando llegue el momento.

Y eso debería preocuparnos.

Porque si después de Sánchez viene Puente, no habrá terminado el sanchismo. Simplemente habrá cambiado de nombre.

Óscar Puente representa probablemente como pocos la degradación del debate político que se ha instalado durante estos años. Un ministro que debería estar preocupado fundamentalmente por trenes, carreteras, infraestructuras y transportes dedica una cantidad extraordinaria de tiempo a las redes sociales, donde polemiza con adversarios, periodistas y ciudadanos.

España ha vivido durante su etapa al frente de Transportes episodios ferroviarios que han dejado a miles de viajeros soportando retrasos, incidencias y situaciones impropias de un país que presume de disponer de una de las mejores redes ferroviarias de Europa y 46 muertos.

Y mientras el ciudadano espera en un andén, el ministro tuitea.

Esa imagen resume bastante bien una determinada concepción del poder.

No importa tanto gestionar como comunicar. No importa resolver el problema como encontrar a alguien a quien responsabilizar. No importa asumir responsabilidades como conseguir que durante unas horas las redes sociales hablen de otra cosa.

Puente ha convertido X en una prolongación de su despacho ministerial.

Y probablemente ahí radique una parte importante de su valor para el sanchismo. Es un político dispuesto a entrar en todas las batallas. No rehúye ninguna polémica. Donde Sánchez necesita un ariete, aparece Puente. Donde hace falta elevar el tono, aparece Puente. Donde alguien tiene que enfrentarse al adversario político o mediático, vuelve a aparecer Puente.

Es el perfecto superviviente del ecosistema creado durante estos años.

Porque los hombres fuertes del primer sanchismo han ido cayendo.

José Luis Ábalos fue durante años uno de los personajes más poderosos del PSOE y del Gobierno. Secretario de Organización, ministro y hombre de absoluta confianza de Sánchez. Su trayectoria política terminó sepultada por las investigaciones y escándalos relacionados con el llamado caso Koldo.

Santos Cerdán ocupó posteriormente una posición igualmente decisiva dentro de Ferraz y también terminó alcanzado por investigaciones judiciales.

Uno tras otro han ido desapareciendo quienes estuvieron en la sala de máquinas del PSOE de Sánchez.

Pero Óscar Puente continúa.

Y no solamente continúa: gana protagonismo.

Por eso me interesa relativamente poco que hoy asegure que no aspira a sustituir a Sánchez. En política las negativas tienen una fecha de caducidad extraordinariamente corta. Todos conocemos políticos que jamás iban a presentarse, jamás iban a pactar, jamás iban a aceptar determinado cargo y terminaron haciendo exactamente aquello que habían negado.

La cuestión verdaderamente importante no es si Óscar Puente será secretario general del PSOE.

La cuestión es otra.

¿Qué PSOE quedará después de Pedro Sánchez?

Quienes esperan que la marcha de Sánchez provoque automáticamente una regeneración del Partido Socialista pueden llevarse una desagradable sorpresa.

Porque para regenerarse primero habría que reconocer los errores cometidos.

Habría que revisar los pactos, la política institucional, la utilización partidista de determinados organismos, la relación con los socios separatistas y el clima de enfrentamiento permanente que se ha instalado en España.

Y yo no veo ningún síntoma de que eso esté sucediendo.

Veo exactamente lo contrario.

Veo un PSOE cuyos cuadros dirigentes han aprendido que la confrontación funciona. Que cuanto más dividido esté el país, más fácil resulta movilizar a los propios. Que el adversario ya no debe ser simplemente derrotado electoralmente, sino desacreditado moralmente.

Eso es el sanchismo.

Y por eso el sanchismo puede sobrevivir perfectamente a Sánchez.

Óscar Puente sería, en ese sentido, un magnífico continuador.

Tiene prácticamente todos los ingredientes.

La agresividad política, el protagonismo en las redes sociales, la fidelidad al líder, la facilidad para convertir cualquier crítica a su gestión en una batalla ideológica y una extraordinaria capacidad para ocupar titulares.

Puede cambiar el envoltorio, pero el producto sería exactamente el mismo.

El PSOE tiene ante sí una oportunidad histórica cuando termine la etapa de Pedro Sánchez. Podría recuperar una socialdemocracia constitucional, abandonar determinados pactos y reconstruir puentes con esa parte de España a la que durante estos años ha tratado demasiadas veces como sospechosa simplemente por discrepar.

Pero me temo que no lo hará.

Porque el poder genera escuela.

Y Sánchez ha creado la suya.

Ha promocionado una generación política que ha aprendido que la moderación no da tantos titulares como la bronca, que pedir perdón se interpreta como debilidad y que reconocer un error resulta mucho menos rentable que señalar a un enemigo.

Óscar Puente es uno de sus alumnos aventajados.

Por eso no me tranquiliza escucharle decir que no piensa suceder a Pedro Sánchez.

Casi me preocupa más.

Porque el problema ya no consiste en quién ocupará el despacho del secretario general del PSOE cuando Sánchez se marche. El verdadero problema consiste en saber si quien se siente en aquella silla estará dispuesto a desmontar todo lo construido durante estos años.

Y cada día tengo más dudas.

Durante mucho tiempo hemos esperado el final del sanchismo como quien espera que termine una tormenta. Quizá deberíamos empezar a asumir que la tormenta puede continuar después de que desaparezca quien le dio nombre.

Cambiará el rostro.

Cambiará el secretario general.

Cambiarán algunos ministros.

Pero si permanecen las mismas formas, los mismos métodos y la misma concepción del poder, nada habrá cambiado.

Y entonces comprenderemos demasiado tarde que echar a Sánchez era solamente la primera parte del trabajo.

Porque el peor legado que puede dejar Pedro Sánchez no es su Gobierno.

Es haber creado una escuela política capaz de sobrevivirle.

Y Óscar Puente tiene todas las papeletas para convertirse en uno de sus más aventajados herederos.


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