Al fin huérfano de la necesidad de encontrar los adjetivos exactos que conduzcan mi opinión por el erróneo sendero de la influencia que nunca se confirma, escribir se ha convertido en un acto de sublime libertad que permite bucear con calma sobre esos temas que de verdad deberían requerir nuestra atención. Suelen formar parte de las últimas páginas de los diarios y no quieras encontrarlos nunca en los resúmenes de televisión, done prima la orgía y el espectáculo, escuela que ha calado con tal impregnación, que la capa de estulticia es de tal grosor que impide la llegada del más mínimo razonamiento. Conclusión: escribo para alimentar una necesidad vital y calmar mi espíritu, que no es poco.
Hace tiempo que el diccionario español quedó obsoleto a la hora de encontrar adjetivos con los que calificar la situación política que vivimos en España. ¡Quien le iba a decir esto a ilustres como Cervantes, Quevedo o Pérez Galdós!, pero así es. Si ninguna noticia, por esperpéntica que sea, nos llama ya la atención ni es capaz de aguantarse más allá de 24 horas a la espera de que otro exabrupto, ridículo y grotesco coja el relevo, ¿qué podría hacer aquel que se defiende con la palabra?. Es tal el nivel de estulticia y analfabetismo en el que nos hemos instalado, que nos anuncian que el gasto en subsidios ha crecido un 10% en España en el último año, justo el mismo tiempo en el que el paro ha bajado en 52.900 personas, y nos quedamos como el que escucha llover. Literal.







