Donde se descubre que hay hombres que se creen libres por trabajar, y otros que trabajan sin saber que viven presos
Apenas había sanado don Quijote de sus pasados quebrantos —que más eran del alma que de los huesos—, cuando comenzó a discurrir sobre cosa que hasta entonces no había ocupado su entendimiento caballeresco: el trabajo.
Y no por gusto, sino porque vio pasar por el camino una procesión de hombres apresurados, de semblante cansado y mirada fija, como quien no camina hacia destino alguno, sino hacia obligación.
—¿Quiénes son estos? —preguntó.
Y respondió uno de los caballeros modernos —que allí estaban, como siempre, a medio camino entre testigos y protagonistas—:
—Son hombres libres.
Don Quijote frunció el ceño.
—No parecen tales.
Cervantes, desde su discreta sombra, añadió:
—En todos los siglos hay cadenas que no hacen ruido.
De la prisión sin barrotes
Detúvose don Quijote a observarlos.
No llevaban grillos. No llevaban cadenas. No llevaban amo visible.
Y sin embargo, caminaban como si alguien les empujara.
—¿A dónde van? —insistió.
—A ganarse la vida —dijo uno.
—Triste oficio —replicó el caballero—. Pues parece que la vida se les escapa mientras la ganan.
Vito, que no perdía ocasión de poner el dedo en la llaga, añadió:
—Muchos dicen que les gusta lo que hacen.
—También el preso —respondió Cervantes— acaba queriendo su celda, si no conoce otra cosa.
De las mentiras necesarias
Oyó entonces don Quijote frases que le sonaron extrañamente familiares:
—“Me gusta mi trabajo.”
—“Me siento realizado.”
—“Mis compañeros son como familia.”
Y el caballero, que de locura sabía algo, dijo:
—Estas son palabras que suenan a verdad, pero huelen a consuelo.
García Isac, con gravedad, añadió:
—El problema no es que trabajen. El problema es que no imaginan otra vida.
Tate intervino:
—Se les ha enseñado que vivir es producir.
Y Negre remató:
—Y que cuestionarlo es peligroso.
De los antiguos y los modernos
Pasó entonces un hombre viejo, de paso lento pero firme.
—¿Y vos? —preguntó don Quijote—. ¿También vais a ganaros la vida?
—Yo —respondió— voy a sobrevivir.
Don Quijote asintió.







