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CERVANTES Y EDATV: EL QUIJOTE EN LA BATALLA CULTURAL CAPÍTULO VII APÓCRIFO (sobre el trabajo y la falsa libertad)

CERVANTES Y EDATV: EL QUIJOTE EN LA BATALLA CULTURAL
CAPÍTULO VII APÓCRIFO (sobre el trabajo y la falsa libertad)
Ilustración de José Rivela, basada en Gustave Doré
porEDATV
opinion

Por José Rivela, el cronista apartado

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Donde se descubre que hay hombres que se creen libres por trabajar, y otros que trabajan sin saber que viven presos

Apenas había sanado don Quijote de sus pasados quebrantos —que más eran del alma que de los huesos—, cuando comenzó a discurrir sobre cosa que hasta entonces no había ocupado su entendimiento caballeresco: el trabajo.

Y no por gusto, sino porque vio pasar por el camino una procesión de hombres apresurados, de semblante cansado y mirada fija, como quien no camina hacia destino alguno, sino hacia obligación.

—¿Quiénes son estos? —preguntó.

Y respondió uno de los caballeros modernos —que allí estaban, como siempre, a medio camino entre testigos y protagonistas—:

—Son hombres libres.

Don Quijote frunció el ceño.

—No parecen tales.

Cervantes, desde su discreta sombra, añadió:

—En todos los siglos hay cadenas que no hacen ruido.

De la prisión sin barrotes

Detúvose don Quijote a observarlos.

No llevaban grillos. No llevaban cadenas. No llevaban amo visible.

Y sin embargo, caminaban como si alguien les empujara.

—¿A dónde van? —insistió.

—A ganarse la vida —dijo uno.

—Triste oficio —replicó el caballero—. Pues parece que la vida se les escapa mientras la ganan.

Vito, que no perdía ocasión de poner el dedo en la llaga, añadió:

—Muchos dicen que les gusta lo que hacen.

—También el preso —respondió Cervantes— acaba queriendo su celda, si no conoce otra cosa.

De las mentiras necesarias

Oyó entonces don Quijote frases que le sonaron extrañamente familiares:

—“Me gusta mi trabajo.”

—“Me siento realizado.”

—“Mis compañeros son como familia.”

Y el caballero, que de locura sabía algo, dijo:

—Estas son palabras que suenan a verdad, pero huelen a consuelo.

García Isac, con gravedad, añadió:

—El problema no es que trabajen. El problema es que no imaginan otra vida.

Tate intervino:

—Se les ha enseñado que vivir es producir.

Y Negre remató:

—Y que cuestionarlo es peligroso.

De los antiguos y los modernos

Pasó entonces un hombre viejo, de paso lento pero firme.

—¿Y vos? —preguntó don Quijote—. ¿También vais a ganaros la vida?

—Yo —respondió— voy a sobrevivir.

Don Quijote asintió.

—Ese es un lenguaje más honesto.

Cervantes sonrió levemente:

—Los antiguos no fingían libertad. Los modernos la proclaman mientras la negocian.

Del nuevo encantamiento

Dijeron entonces los presentes que en este siglo ya no se obliga con látigo, sino con necesidad.

Que no se encadena con hierro, sino con expectativas.

Que no se manda obedecer, sino desear lo que conviene.

—Hay encantadores —dijo Tate— que te dicen qué necesitas.

—Y cuando lo crees —añadió Vito—, ya no hace falta vigilarte.

—Ni mandarte —concluyó Negre.

Don Quijote alzó la voz:

—¡Peor hechicería no ha habido jamás!

Pues hace al cautivo amar su cautiverio.

De la falsa libertad

—Dicen que ahora somos más libres —dijo García Isac.

—Siempre lo dicen —respondió Cervantes— cuando cambian de cadenas.

Don Quijote, mirando al horizonte, habló con inesperada claridad:

—En mi tiempo me llamaron loco por ver gigantes donde había molinos.

Mas en el vuestro veo hombres que no ven molinos donde hay gigantes.

Silencio.

Del sentido de la vida

—El trabajo —dijo uno— es digno.

—Lo es —respondió don Quijote—, cuando sirve al hombre.

—¿Y cuándo no? —preguntó Tate.

—Cuando el hombre sirve al trabajo.

Cervantes añadió:

—El problema nunca fue trabajar.

Sino creer que trabajar es vivir.

Colofón

Aquella tarde no hubo combate, ni aventura, ni doncella que salvar.

Solo una revelación.

Que el mundo había cambiado de armas, pero no de batallas.

Que la libertad no siempre se pierde por imposición, sino por costumbre.

Y que hay prisiones tan perfectas que nadie quiere salir de ellas.

Don Quijote, antes de retirarse, dijo:

—Yo enloquecí por leer demasiado.

Mas temo que hoy se enloquece por no pensar lo suficiente.

Y Cervantes, cerrando este capítulo con la pluma firme, dejó escrito:

—No hay mayor servidumbre que aquella que se confunde con la normalidad.


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