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El expolio de tributar por la estafa

El expolio de tributar por la estafa
porEDATV
opinion

Por Jota Camacho

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El calendario tiene fechas que son, monumentos a la infamia. El próximo 8 de abril de 2026 aunque los datos fiscales ya nos acechen desde mediados de marzo, se abre oficialmente la veda. Comienza la campaña de la Renta 2026, ese periodo de tres meses donde los ciudadanos dejamos de ser individuos con derechos para convertirnos en la ubre de una vaca exhausta que este Gobierno en particular, ordeña con saña. Pero este año, el sarcasmo ministerial ha decidido saltarse una línea roja de decencia: Hacienda obliga ahora a los propietarios a tributar por las rentas que no han recibido debido a la inquiokupación.

Estamos ante una ficción fiscal criminal. Usted, que con el ahorro de una vida logró adquirir un inmueble, se encuentra hoy con que su inquilino ha decidido que su propiedad es un derecho gratuito. Pero el Estado, el socio a ganancias que nunca aparece a pérdidas, le exige que declare como ingresos lo que en realidad son deudas. Según la doctrina que este Ejecutivo ha blindado, el impago no exime de la obligación tributaria. Es decir, para el fisco, el dinero está en su bolsillo, aunque solo esté en un contrato que el okupa utiliza como papel higiénico. Es el mundo del revés: usted paga el IBI, paga la comunidad y también por sadismo burocrático, paga el IRPF de un dinero que jamás verá.

Un Gobierno que ha sustituido la gestión por la ingeniería. Una ingeniería que nace en los laboratorios del CIS de Tezanos, donde se cocinan realidades paralelas, y que se consolida en procesos electorales salpicados por las sombras del voto por correo y sospechas alejadas de cualquier democracia que se precie de serlo. Un sistema que sobrevive metiendo la mano en los bolsillos del contribuyente para financiar una red clientelar de nuevos votantes a base de subvenciones, mientras los escándalos de corrupción con su atrezo habitual de sobrinas de Ábalos y harina colombiana desfilan por los telediarios como si fueran una anécdota y no el núcleo duro de su praxis política.

El cierre de la estación de esquí de Navacerrada la semana pasada. No es una cuestión ecológica, como pretenden vendernos. Es una cuestión puramente clasista: saben que su caladero de votos no pisa la nieve. Para este Gobierno, el esquí es un deporte de derechas, de gente que trabaja y se esfuerza, y por tanto, debe ser erradicado. Sin embargo, legislan para el okupa y el inquiokupa, porque en ellos ven a su verdadero sujeto revolucionario: el parásito que depende de la debilidad del sistema para medrar. Prefieren una España de persianas bajadas y cerraduras forzadas que una nación de propietarios orgullosos.

Hablo con conocimiento de causa, porque yo mismo he sido víctima de esta estafa institucionalizada llamada inquiokupación. Quién os escribe estas líneas, no iba a esperar a que una justicia lenta y perezosa se dignara a mirar mi caso, decidí que la dignidad no se negocia en un juzgado. Me presenté en mi propiedad y, con todo el cariño que me permite mi constitución física, saqué a los intrusos de las solapas. Acto seguido, instalé una puerta anti-okupa y cambié la cerradura del portal sin pedir venia a los vecinos ni esperar a que un funcionario me diera el visto bueno. Dos meses antes, ya les había cortado todos los suministros.

Sé perfectamente que, para este código penal diseñado por y para delincuentes, mis actos son punibles. Me dirán que es coacción, que es vulnerar el derecho al hogar de quien no paga. Pero miren ustedes, hagamos cuentas con la calculadora en la mano; la de la realidad, no con la de Hacienda. Primero: una sanción administrativa o una denuncia por coacciones me sale infinitamente más barata que un proceso judicial de tres años pagando la luz, el agua y el gas a unos hijos de padre desconocido. Segundo: la paz mental de recuperar lo que es tuyo no tiene precio, y con mi actuación me quedé, como solemos decir los que no nos achantamos, más ancho que largo. Y tercero, y más importante: no reconozco la autoridad moral de unas leyes injustas dictadas por quien se comporta como el capo de una organización más que como un servidor público. No me dejo robar por un ladrón cadavérico que se hace videos todos los fines de semana en su bicicleta. Ladrón al fin y al cabo, ya vista de paisano protegiendo un piso ocupado o de traje en una bancada del Congreso.

La realidad que enfrentarán miles de propietarios a partir del 8 de abril es esta. El Gobierno les pedirá que sean solidarios con el sistema, mientras el sistema es cómplice de su ruina. Le dirán que declare esos 800 o 1.000 euros mensuales que su inquilino le debe desde hace un año.

Pero¿Quién le compensa por el estrés de ver cómo su propiedad se degrada mientras usted financia el vicio de otros? Es una transferencia de rentas forzosa: del propietario honrado al okupa protegido, con el Estado llevándose una comisión por el camino.

Este Ejecutivo sabe que la propiedad privada es el reducto de libertad del individuo, y por eso han decidido demolerla. Un ciudadano sin propiedad es un ciudadano dependiente, alguien que necesita la cartilla de racionamiento digital de la subvención para llegar a fin de mes. Por eso protegen la okupación; porque el okupa es el ejemplo perfecto de su modelo de sociedad: alguien que no posee nada, que lo toma todo por la fuerza y que debe su existencia a la inacción de un Gobierno que le ríe las gracias.

Mientras tanto, el dinero de nuestros impuestos vuela hacia destinos que poco tienen que ver con la sanidad o la educación. Vuela hacia ministerios inútiles creados para dar cobijo a ideologías trasnochadas y hacia bolsillos que se llenan en fiestas de dudosa moralidad pagadas con el sudor de quienes hoy temblamos al ver el borrador de la renta. Es el festín de los mediocres, la celebración de una casta que ha descubierto que es más fácil robar al que produce que generar riqueza.

Querido lector, si usted se encuentra en la tesitura de tener que pagar impuestos por un alquiler que no cobra, sepa que no está solo en su indignación, pero sí está solo ante el peligro si espera que el Estado le defienda. La justicia en España ha dejado de ser una balanza para convertirse en un embudo: ancho para el que delinque bajo el paraguas del progresismo y estrecho, asfixiante, para el que cumple las normas.

No se dejen engañar por los cantos de sirena de la justicia social. No hay nada social en cobrarle a una viuda el IRPF de un piso donde un inquiokupa se burla de ella cada mañana. No hay nada justo en cerrar estaciones de esquí por puro revanchismo ideológico mientras se permite que nuestras fronteras y nuestras calles sean un coladero de inseguridad. Estamos ante una cleptocracia de guante blanco y también, no lo callemos más, de nariz muy empolvada.  Que ha decidido que nosotros somos el banquete.

La campaña de la Renta 2026 es otro test de aguantaderas. Veremos cuántos españoles están dispuestos a seguir financiando su propia destrucción y cuántos empezarán a entender que, ante leyes que institucionalizan el robo, la única respuesta coherente es la resistencia. Yo ya tomé mi decisión en la puerta de mi propiedad, y les aseguro que el sueño es mucho más profundo cuando la llave que gira en la cerradura es la de uno mismo y no la de un parásito amparado por el BOE.

Si el Gobierno quiere nuestro dinero para sus vicios y sus votos comprados, que tengan al menos la decencia de venir a buscarlo a casas que no estén ocupadas. Pero claro, eso requeriría un valor que no tienen. Prefieren la frialdad de una liquidación tributaria enviada por correo, ocultando tras el lenguaje administrativo lo que no es más que un atraco a mano armada. Prepárense para el 8 de abril; la oficina de recaudación de la mafia abre sus puertas, y este año, el menú incluye su dignidad como plato principal.


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