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Norris: La bofetada al feminismo

Norris: La bofetada al feminismo
porEDATV
opinion

Por Jota Camacho

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En un tiempo donde la virilidad es perseguida como si fuese una enfermedad y donde los referentes de la pantalla se deshacen en un mar de ambigüedad, elles y deconstrucción, la noticia del fallecimiento de Carlos Ray "Chuck" Norris no es simplemente el cierre de una filmografía; es el derrumbe de un faro. Ha muerto un hombre. Y subrayo la palabra "hombre" con la intención de que cale en los ojos de quienes, envueltos en sedas y purpurina progresistas, pretenden convencernos de que la fortaleza es un pecado y la tradición un lastre.

La desaparición de Norris, a sus 86 años, nos deja sin un referente de el arquetipo que la ingeniería social del siglo XXI está intentando extirpar de la raíz de Occidente: el del varón fuerte, protector, proveedor y, por encima de todo, fiel. Mientras las cátedras de género se pierden en laberintos semánticos para definir qué es ser un hombre, Chuck lo definió sin decir una palabra, simplemente comportándose como tal, actuando como tal y, finalmente, amando como tal.

Se equivocan quienes, desde el prejuicio de la izquierda más rancia, veían en Norris a un simple bruto que repartía patadas giratorias en películas de acción. Esa es la lectura superficial del miope, algo muy común en el progresismo. Norris era, ante todo, un exponente de la caballerosidad cristiana. Su dureza no era la del matón, sino la del centinela. Representaba ese ideal que hoy parece pieza de museo: la fuerza puesta al servicio del bien, de la justicia y de los más débiles.

En sus películas, sí, era el invencible. Pero en su vida privada, donde no hay focos ni directores de fotografía, Norris libró su batalla más heroica. Una batalla que nunca entenderán los aliados del feminismo que predican la igualdad, pero son incapaces de sostener un compromiso que dure más que un trending topic. Hablo, de la no tan anecdótica renuncia absoluta al brillo de Hollywood por amor a su esposa, Gena O'Kelley.

Una negligencia médica dejó a Gena postrada en una cama, quemándose por dentro en una agonía que la ciencia oficial tardó en reconocer, el hombre más duro del mundo, no buscó una salida fácil. No delegó su responsabilidad en un ejército de cuidados externos para seguir alimentando su ego en los platós. Chuck Norris lo dejó todo. Abandonó su carrera, sus ingresos millonarios y su estatus de estrella para convertirse en el enfermero, en el apoyo y en el muro de contención de la mujer que amaba. Durante años, durmió en un sofá al lado de su cama de hospital.

Esa es la verdadera masculinidad que el progresismo teme: la que es capaz de la mayor de las ternuras y de la mayor de las renuncias. Porque para ser así de suave con quien lo necesita, primero hay que ser así de duro con las propias debilidades. Norris no era un macho alfa de manual de autoayuda; era un hombre de honor que entendía que la promesa de "en la salud y en la enfermedad" no es una sugerencia poética, sino un contrato sagrado ante Dios.

No podemos entender a Norris sin su fe inquebrantable. En un Hollywood que ha sustituido la Biblia por el manual del buen activista woke, Norris siempre llevó su cristianismo como una medalla de honor. No era una fe de domingos y postureo; era la base de su ética de trabajo y de su compromiso con la verdad. Para él, el orden del mundo no era un caos accidental, sino una estructura basada en valores eternos que el hombre tiene el deber de proteger.

Ese amor a Dios se traducía, inevitablemente, en un amor a su patria. Norris amaba a los Estados Unidos y sabía que la libertad no es gratuita. Su defensa de la bandera y de los valores democráticos no nacía de un nacionalismo vacío, sino del convencimiento de que las sociedades fuertes se construyen sobre familias fuertes y ciudadanos responsables, no sobre súbditos dependientes del Estado.

Fue un crítico feroz del estatismo que todo lo devora. Entendía que cuando el Gobierno intenta sustituir al padre, la sociedad se debilita. Por eso dedicó gran parte de su vida a su fundación Kickstart Kids, enseñando karate a jóvenes en riesgo de exclusión. No les enseñaba a quejarse ni a buscar culpables de sus desgracias en el sistema; les enseñaba disciplina, autorrespeto y la capacidad de valerse por sí mismos. Les enseñaba, en definitiva, a ser libres.

La cultura del meme, en una especie de justicia poética inconsciente, lo elevó a la categoría de deidad invulnerable. Chuck Norris no duerme, espera. Pero la realidad es mucho más profunda: Chuck Norris no era invulnerable, era invencible por voluntad. Y esa voluntad es la que hoy echamos de menos en una España acomplejada, con un Rey que pide perdón por su historia y que parece decidida a castrar a sus nuevas generaciones, confundiéndolas con dogmas de cristal.

La muerte de Norris nos invita a mirarnos al espejo y preguntarnos: ¿Dónde están los hombres de hoy? ¿Dónde están aquellos capaces de defender su bandera sin complejos y de cuidar a su familia con la misma determinación con la que se enfrentan al mundo? La respuesta, me temo, es que se están extinguiendo bajo el mazo de una corrección política que prefiere hombres dóciles y emocionales antes que hombres fuertes y morales.

Al despedir a Norris, no puedo evitar sonreír al pensar que, aunque el original nos haya dejado para encontrarse con su Creador, aquí en España seguimos teniendo a nuestra propia roca de convicciones. Me refiero a mi jefe y amigo Javier García Isac. Un tío que no se dobla, siempre apuntando al corazón de la mentira progre. Comparten no solo un cierto aire físico, sino algo mucho más importante: la lealtad a los principios que todos en esta casa compartimos.

Chuck Norris se ha ido, pero su legado es un manual de resistencia. Nos enseñó que se puede ser el hombre más duro de la habitación y, al mismo tiempo, el más devoto de los maridos. Nos enseñó que la fe no es una debilidad, sino el motor de los valientes. Y nos recordó que la libertad se defiende con el carácter, no con eslóganes.

Descanse en paz, Carlos Ray Norris. El cielo hoy es un lugar un poco más seguro, y la tierra, desgraciadamente, un lugar un poco más huérfano de hombres de verdad. Pero aquí nos quedamos los que, inspirados por su ejemplo, no estamos dispuestos a dar ni un paso atrás y al contrario, seguiremos dando ¡UN PASO AL FRENTE!

 


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