La noticia de que Noelia, una joven de apenas veinticinco años, haya conseguido tras dos años de batalla legal que el Estado español le proporcione una muerte asistida, no es un triunfo de la libertad individual. Es la demostración de una nación que ha perdido el alma, los valores y la vergüenza. Una sociedad que prefiere administrar veneno antes que ofrecer consuelo, y que ha decidido que eliminar al sufriente es más eficiente que eliminar las causas del sufrimiento.
Como padre de dos hijas, escribo estas líneas con lágrimas en los ojos. Es imposible no ponerse en la piel de ese hombre, el padre de Noelia, que ha luchado cada minuto de estos últimos años para no perder a su tesoro, a su ángel. Imagino el calvario de un progenitor que ve cómo el mismo Estado que debería proteger a su hija se convierte en su verdugo con los aplausos de una progresía desnortada. Ese padre, que sigue peleando hasta el último aliento contra una maquinaria burocrática trituradora. Y mientras él ofrece amor y resistencia, el Gobierno ofrece una jeringuilla. Es la lucha de la luz contra la oscuridad burocrática.
Noelia no despertó un día con un deseo caprichoso de morir. Su infierno comenzó cuando, estando bajo la tutela del Estado, el sistema que nos dicen que es el escudo social más avanzado del mundo, fue violada en grupo. El Estado, que debía ser su guardián, fue su primer traidor. No la protegió entonces y, en una maniobra de cinismo, pretende solucionar su trauma ahora quitándola de en medio.
¿Dónde estaban los protocolos de protección entonces? ¿Dónde estaban los responsables de esos centros de menores que hoy se lavan las manos? El Estado falló en su deber de custodia, permitió que una niña fuera vejada en sus propias instalaciones y ahora, en lugar de reparar el daño con todos los recursos imaginables, le firma la sentencia de muerte para borrar la evidencia de su propia negligencia. Es el crimen perfecto: el Estado mata a la víctima del crimen que él mismo permitió.
Y me surge una pregunta, una que nadie en los otros medios se atreve a formular por no salirse del tiesto: ¿Por qué no conocemos los nombres de sus violadores? Todos sabemos que, si los agresores fueran blancos, heterosexuales y fueran a misa los domingos, sus rostros abrirían todos los telediarios y sus nombres serían tendencia durante semanas. Pero el silencio mediático y judicial en este caso huele a la corrección política que siempre protege a ciertos colectivos por encima de las víctimas. Si la nacionalidad o la procedencia de los violadores no encaja en el relato del Ministerio de Igualdad, la víctima pasa a ser un daño colateral que conviene silenciar. Primero la dejaron desprotegida ante sus agresores, y ahora la dejan desprotegida ante su propio dolor.
Este Gobierno se llena la boca con presupuestos astronómicos para proteger a las mujeres. Planes de 20.000 millones de euros en los últimos tres años, de un ministerio que devora 500 millones anuales en propaganda, observatorios y chiringuitos ideológicos. Todo ese dinero para combatir una violencia que, trágicamente, se cobra la vida de unas 50 mujeres al año. Cincuenta vidas que son sagradas, por supuesto, como también lo es, la de Noelia.
Pintamos bancos de morado, financiamos talleres de masculinidad frágil y regamos de subvenciones a asociaciones que solo sirven para colocar a los amigos del partido. Mientras tanto, la realidad es que la mitad de esas muertes son perpetradas por extranjeros y extranjeros nacionalizados, fruto de esa inmigración descontrolada de la que nos están llenando y de la que está prohibido hablar si no quieres ser tachado de facha. El dinero no va a la seguridad de la mujer; va a la ingeniería social y a los bolsillos de unos pocos.







