Entre las fronteras que un país decente no debería cruzar, quizás la más sagrada, es la que separa la educación del moldeado ideológico de un niño; la que protege la intimidad de un menor frente a la mirada fiscalizadora de un adulto. Esa frontera existía hace 25 años, pero hoy, con la ingeniería social de la izquierda, vemos con claridad cómo ha sido destruida por los que confunden el aula con una sede más del partido.
Para el progresismo radical, la biología es una cárcel patriarcal o un constructo social. Primero nos dijeron que el sexo era fluido; luego, que la edad era relativa; ahora, el salto lógico es que la especie también es opcional. El objetivo es que el individuo no tenga ningún anclaje sólido. Un niño que cree ser un lobo es un niño que ha roto por completo con su naturaleza biológica y por tanto, es arcilla fresca para que el Estado lo moldee a su antojo.
Tu hijo llega a casa diciendo que es un gato y que necesita una caja de arena. Si tú, como padre con dos dedos de frente, intentas corregir ese delirio, el sistema ya tiene preparado el estigma. Te llamarán intolerante o especista. Es la misma táctica que vimos en Navarra o Madrid: dinamitar la autoridad paterna bajo el pretexto de respetar la identidad del menor.
Estamos permitiendo estas gilipolleces y que la infancia deje de ser una etapa de aprendizaje para convertirse en un terreno de conquista ideológica. Es preocupante que existan iluminados que quieran moldear a nuestros niños según sus propios traumas, sus militancias o sus narrativas de odio. Es intolerable y lo que debería hacernos arder la sangre, es que el Estado les haya entregado la llave del aula, el presupuesto que sale de nuestro sudor y el discurso legitimador para hacerlo. Nosotros pagamos la fiesta de la deconstrucción y nuestros hijos sufren la resaca.
Para entender el lodazal en el que chapoteamos hoy, hay que mirar atrás, aunque no tanto. No podemos permitir que el olvido indulte lo ocurrido en el campamento de Bernedo, en Álava. Aquello que hoy parece que ha quedado en una anécdota veraniega; fue el día en que el Estado decidió desnudarse ante nuestros hijos en el sentido más literal y obsceno de la palabra. Niñas y niños de 13 años obligados a ducharse con adultos, monitores paseando su desnudez frente a adolescentes y habitaciones compartidas bajo el mantra de "naturalizar el cuerpo".
Fue una barbaridad vivida desde el cuerpo asustado de un menor bajo la ducha, rodeado de desconocidos que se hacían llamar educadores. Más de 17 denuncias y una Ertzaintza investigando un rastro de traumas que las instituciones intentaron tapar con la torpeza del que sabe que ha parido un monstruo. Ese desaprendizaje no era pedagogía; era un asalto consentido. Y de eso, no se ha sabido nada más.
Bernedo es la punta del iceberg de un proyecto que se extiende por toda nuestra geografía. En Murcia, vimos talleres sexuales muy explícitos, impartidos a críos de 14 años con juguetes incluidos. En Cataluña, se colaron en las aulas unidades sobre auto-toque y placer personal, tratando la intimidad de un niño como un temario más de clase. Y en Andalucía, con el programa ErotizaT, se repartieron fichas eróticas bajo el disfraz de la "educación afectivo-sexual".
La manipulación siempre llega disfrazada de progreso. Es el caballo de Troya de la modernidad. Tenemos a figuras como Pamela Palenciano, convertida en un oráculo institucional, paseada por los institutos para inocular un odio de alta intensidad donde el varón es sospechoso por el mero hecho de existir y la mujer es víctima por decreto ministerial.
Y mientras la educación española se hunde en los ránkings internacionales, nosotros nos dedicamos a la escenografía multicolor. Drag queens hipersexualizadas leyendo cuentos a niños de 5 años en bibliotecas públicas. Nos dicen que es diversidad, como si la tolerancia necesitara de tacones de aguja, escotes infinitos y purpurina para explicarle algo a un menor que aún no sabe ni atarse los cordones de los zapatos.







