Barcelona vuelve a demostrar que, bajo el pretexto de la “participación ciudadana”, se está llevando a cabo una profunda reescritura del espacio público. La reciente decisión del Ayuntamiento de cambiar el nombre de la plaza de Virrey Amat por el del poeta Joan Salvat-Papasseit no puede entenderse como un simple ajuste administrativo: es un nuevo episodio de una operación política que busca controlar el relato histórico de la ciudad.
Lejos de ser un caso aislado, el cambio se inscribe en una estrategia conocida: purga de nombres históricos, exaltación de figuras afines al separatismo y apropiación ideológica del callejero. Algo que ya se ha convertido en una rutina para quienes gobiernan Barcelona, pero que esta vez ha encontrado una respuesta cívica organizada: Convivencia Cívica Catalana.
Un virrey catalán al que ahora se quiere borrar
Resulta imprescindible recordar quién fue Manuel de Amat y Junyent, el Virrey Amat. No hablamos de un personaje controvertido ni polarizante, sino de un catalán que ascendió en la administración de la Monarquía española y llegó a gobernar amplios territorios como Virrey del Perú en el siglo XVIII. Su gestión, reconocida por contemporáneos y estudiosos, se caracterizó por impulsar infraestructuras, promover la cultura y reorganizar la administración para mejorar su eficiencia.
En una Barcelona seria y segura de sí misma, su figura sería motivo de orgullo. Sin embargo, en la Barcelona actual —más preocupada por contentar a minorías activistas que por respetar su propia historia— la memoria del virrey resulta incómoda. Su perfil no es útil para el relato identitario que ciertos sectores intentan consolidar: un relato que presenta a Cataluña como una nación oprimida y desvinculada de la empresa común española.
Por eso, aunque su contribución histórica es indiscutible, se lo empuja hacia el olvido, como si el pasado pudiera ajustarse a las necesidades ideológicas del presente.
La sustitución: de un servidor público a un poeta militante
En su lugar, el Ayuntamiento propone bautizar la plaza con el nombre de Joan Salvat-Papasseit, poeta catalán cuya obra está fuertemente condicionada por una militancia política explícita y de carácter separatista.
No se trata de negar su valor literario, sino de cuestionar un criterio:
¿Es apropiado convertir el callejero en una colección de símbolos partidistas?
¿Debe un Ayuntamiento utilizar el espacio público para consolidar posiciones de un único sector ideológico, mientras relega a quienes forman parte del acervo común de todos?
La respuesta parece evidente, pero el actual consistorio actúa como si el patrimonio colectivo pudiera ser reescrito a su antojo.
Un callejero convertido en “manual de pensamiento correcto”
Lo que está sucediendo con la plaza de Virrey Amat es una muestra más de un fenómeno inquietante: la colonización progresiva del callejero por parte de la política identitaria.
Las calles, plazas y avenidas deberían ser espacios de encuentro, lugares donde la ciudad refleja la continuidad de su historia, no lienzos en los que se impone una visión sectaria. Sin embargo, la deriva municipal ha convertido el nomenclátor en un campo de batalla simbólico, donde se premia el activismo ideológico y se castiga la memoria compartida.
Cada cambio de nombre responde a una misma lógica: sustituir referencias que remiten a la tradición catalana y española por figuras afines a un proyecto político excluyente y revisionista. Una política que divide, no suma.
Convivencia Cívica Catalana: tres frentes abiertos para frenar el abuso
Ante este nuevo ataque al patrimonio común, Convivencia Cívica Catalana ha decidido actuar de forma firme y organizada. La entidad considera que este cambio de nombre vulnera principios esenciales: la neutralidad institucional, el respeto a la historia y la necesidad de preservar símbolos compartidos.
Su plan de respuesta se articula en tres ejes:
1. Recogida de firmas: mostrar el rechazo social







