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Convivencia Cívica planta cara: Barcelona borra su historia para imponer un callejero ideológico

Convivencia Cívica planta cara: Barcelona borra su historia para imponer un callejero ideológico
porEDATV
opinion

Por David Izquierdo

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Barcelona vuelve a demostrar que, bajo el pretexto de la “participación ciudadana”, se está llevando a cabo una profunda reescritura del espacio público. La reciente decisión del Ayuntamiento de cambiar el nombre de la plaza de Virrey Amat por el del poeta Joan Salvat-Papasseit no puede entenderse como un simple ajuste administrativo: es un nuevo episodio de una operación política que busca controlar el relato histórico de la ciudad.

 

Lejos de ser un caso aislado, el cambio se inscribe en una estrategia conocida: purga de nombres históricos, exaltación de figuras afines al separatismo y apropiación ideológica del callejero. Algo que ya se ha convertido en una rutina para quienes gobiernan Barcelona, pero que esta vez ha encontrado una respuesta cívica organizada: Convivencia Cívica Catalana.

 

Un virrey catalán al que ahora se quiere borrar

 

Resulta imprescindible recordar quién fue Manuel de Amat y Junyent, el Virrey Amat. No hablamos de un personaje controvertido ni polarizante, sino de un catalán que ascendió en la administración de la Monarquía española y llegó a gobernar amplios territorios como Virrey del Perú en el siglo XVIII. Su gestión, reconocida por contemporáneos y estudiosos, se caracterizó por impulsar infraestructuras, promover la cultura y reorganizar la administración para mejorar su eficiencia.

 

En una Barcelona seria y segura de sí misma, su figura sería motivo de orgullo. Sin embargo, en la Barcelona actual —más preocupada por contentar a minorías activistas que por respetar su propia historia— la memoria del virrey resulta incómoda. Su perfil no es útil para el relato identitario que ciertos sectores intentan consolidar: un relato que presenta a Cataluña como una nación oprimida y desvinculada de la empresa común española.

 

Por eso, aunque su contribución histórica es indiscutible, se lo empuja hacia el olvido, como si el pasado pudiera ajustarse a las necesidades ideológicas del presente.

 

La sustitución: de un servidor público a un poeta militante

 

En su lugar, el Ayuntamiento propone bautizar la plaza con el nombre de Joan Salvat-Papasseit, poeta catalán cuya obra está fuertemente condicionada por una militancia política explícita y de carácter separatista.

 

No se trata de negar su valor literario, sino de cuestionar un criterio:

¿Es apropiado convertir el callejero en una colección de símbolos partidistas?

¿Debe un Ayuntamiento utilizar el espacio público para consolidar posiciones de un único sector ideológico, mientras relega a quienes forman parte del acervo común de todos?

 

La respuesta parece evidente, pero el actual consistorio actúa como si el patrimonio colectivo pudiera ser reescrito a su antojo.

 

Un callejero convertido en “manual de pensamiento correcto”

 

Lo que está sucediendo con la plaza de Virrey Amat es una muestra más de un fenómeno inquietante: la colonización progresiva del callejero por parte de la política identitaria.

 

Las calles, plazas y avenidas deberían ser espacios de encuentro, lugares donde la ciudad refleja la continuidad de su historia, no lienzos en los que se impone una visión sectaria. Sin embargo, la deriva municipal ha convertido el nomenclátor en un campo de batalla simbólico, donde se premia el activismo ideológico y se castiga la memoria compartida.

 

Cada cambio de nombre responde a una misma lógica: sustituir referencias que remiten a la tradición catalana y española por figuras afines a un proyecto político excluyente y revisionista. Una política que divide, no suma.

 

Convivencia Cívica Catalana: tres frentes abiertos para frenar el abuso

 

Ante este nuevo ataque al patrimonio común, Convivencia Cívica Catalana ha decidido actuar de forma firme y organizada. La entidad considera que este cambio de nombre vulnera principios esenciales: la neutralidad institucional, el respeto a la historia y la necesidad de preservar símbolos compartidos.

 

Su plan de respuesta se articula en tres ejes:

 

1. Recogida de firmas: mostrar el rechazo social

 

Se pone en marcha una campaña amplia y abierta para que los ciudadanos puedan expresar directamente su oposición al cambio. No se trata de un gesto simbólico: es una forma de visibilizar el hartazgo de una mayoría silenciosa que ve cómo el Ayuntamiento manipula la ciudad a golpe de ideología.

 

2. Batalla jurídica: llevar el caso hasta sus últimas consecuencias

 

Convivencia Cívica está preparada para recurrir el acuerdo de forma inmediata en cuanto se formalice. Existen fundamentos legales suficientes para considerar que el proceso y el criterio aplicado vulneran principios básicos de la administración pública. La entidad se compromete a agotar todas las vías jurídicas para revertir la decisión.

 

3. Movilización cívica: organización en el barrio y en toda la ciudad

 

Se ha creado un grupo de coordinación para organizar acciones sobre el terreno, especialmente en Nou Barris, cuyos vecinos están directamente afectados. La participación ciudadana será clave, desde la recogida de firmas hasta la presencia activa en las movilizaciones que se convoquen.

 

Más que una placa: la defensa de una idea de ciudad

 

El debate no es nominal ni anecdótico. No estamos hablando de un cartel de metal en una esquina, sino de algo mucho más profundo: el modelo de ciudad que queremos.

 

Defender el nombre de Virrey Amat implica defender:

 

Una Barcelona que respete su historia,

 

Una Barcelona plural y no filtrada por el separatismo,

 

Una Barcelona que no cede su patrimonio simbólico a intereses partidistas,

 

Una Barcelona reconocible, coherente y orgullosa de su legado.

 

 

Porque cuando se manipula la memoria pública, se manipula también la convivencia.

Y esa es precisamente la línea roja que Convivencia Cívica Catalana ha decidido no permitir que se cruce.

 

Una batalla que empieza ahora

 

Convivencia Cívica hace un llamamiento claro: organización, constancia y compromiso.

Necesitan más manos, más socios, más ciudadanos dispuestos a defender lo que es de todos. Frente a una política municipal obsesionada con dividir, la respuesta debe ser una ciudadanía movilizada que exija respeto a su historia.

 

Barcelona merece algo mejor que un callejero al servicio del activismo.

Merece volver a ser una ciudad que se reconoce en su pasado compartido.

Y esa defensa, como bien señala la entidad, empieza hoy.


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