Pamplona, ciudad de clarines y de pensamiento, ha cerrado hoy sus puertas al debate. La Universidad de Navarra —fundada sobre la palabra y el riesgo— suspende su actividad y se atrinchera, como si la palabra fuera dinamita. No lo es: la palabra es el último refugio del hombre libre. Lo demás —el miedo, la amenaza, la censura preventiva— son los uniformes del alma vencida.
Vito Quiles iba a hablar. No importa tanto lo que iba a decir como el hecho de que iba a decirlo. Esa es la frontera. Cuando se prohíbe hablar, cuando se cierran los campus, cuando se suspende una conferencia por miedo a los violentos, ya no es la seguridad lo que se defiende: es el miedo lo que gobierna.
Se nos dice que hay amenazas, que hay grupos proetarras dispuestos a convertir el pensamiento en objetivo. Pero ¿no fue ese siempre el método de los bárbaros? Los que gritan para tapar, los que golpean para no pensar, los que incendian una biblioteca creyendo que así se apagan las ideas. Son los mismos de siempre, con pancarta o con tuit, con pasamontañas o con perfil anónimo.
Una universidad cerrada por miedo a la libertad de palabra no es ya una universidad, sino un mausoleo del pensamiento. El campus que se amuralla se convierte en cárcel. Y las aulas vacías son los escombros de una civilización que empezó leyendo y acabó silenciando.







