Y no es una línea cualquiera. Es la línea que separa la civilización de la barbarie.
Una menor, tutelada por el Estado —es decir, bajo la responsabilidad directa de las instituciones— es violada en un centro que debía protegerla. Intenta suicidarse y queda parapléjica. Un lugar donde, en teoría, debía encontrar amparo, seguridad y futuro. Y sin embargo, encuentra lo peor: abandono, desprotección y violencia.
Pero lo verdaderamente insoportable no termina ahí.
Lo verdaderamente obsceno viene después.
Porque el mismo sistema que no supo —o no quiso— protegerla, el mismo Estado que falló en lo más básico, ahora le ofrece como salida la eutanasia. Es decir, la muerte. No la justicia. No la reparación. No la ayuda psicológica. No la reconstrucción de su vida. No.
La muerte.
Este es el modelo que nos venden como progreso.
Un Estado que no evita el crimen, pero sí facilita el final de la víctima.
Un sistema que no persigue con contundencia a los culpables, pero que acompaña con diligencia a quien ya no puede más. Una administración que abandona en vida y ejecuta con consentimiento.
Esto no es compasión.
Esto es rendición.
Se nos dirá que es la “libertad” de la víctima. Que es su “decisión”. Que es “dignidad”. Pero ¿qué dignidad puede haber en ofrecer la muerte a quien no ha recibido ni justicia ni protección? ¿Qué libertad hay cuando el dolor es consecuencia directa del abandono institucional?
La eutanasia, en estos casos, no es un derecho.
Es una coartada.
Una coartada para no asumir responsabilidades. Para no investigar. Para no depurar culpables. Para no revisar un sistema de tutela que, una vez más, demuestra ser incapaz de proteger a los más vulnerables.
Porque aquí hay preguntas que nadie quiere responder:
¿Dónde estaban los responsables del centro?
¿Quién vigilaba?
¿Quién permitió que ocurriera?
¿Dónde están los detenidos?
¿Dónde está la justicia?
Silencio.







