Cada 7 de julio, cuando el cohete anuncia el comienzo de los Sanfermines y miles de personas abarrotan la Plaza Consistorial de Pamplona, España entera vuelve la mirada hacia Navarra. Durante unos días, la capital navarra se convierte en el centro del mundo. El encierro, la música, las peñas, la alegría popular, la tradición taurina y el ambiente festivo forman parte de una celebración que ha traspasado fronteras y que constituye una de las manifestaciones culturales más conocidas de nuestra nación. En estos días tan especiales, me acuerdo de mi abuelo Ángel y de su hermana, mi tía Julita. Ambos muy navarros, y por ellos, doblemente españoles.
Sin embargo, conviene recordar algo que parece olvidarse con demasiada frecuencia: San Fermín nació como una celebración religiosa en honor al patrón de Navarra. No nació como una reivindicación política, ni como una plataforma ideológica, ni como un instrumento de propaganda nacionalista. Nació como una expresión de fe, de tradición y de identidad navarra.
San Fermín fue un santo. Un mártir cristiano. Y la fiesta que lleva su nombre hunde sus raíces en siglos de historia, mucho antes de que existieran los actuales debates políticos, mucho antes de que el nacionalismo vasco formulara sus postulados y mucho antes de que algunos pretendieran apropiarse de una celebración que pertenece a todos.
Con el paso del tiempo, la fiesta incorporó otros elementos que la hicieron única: las ferias taurinas, los encierros, las comparsas, los gigantes y cabezudos, las peñas y toda una serie de tradiciones populares que han convertido a Pamplona en referencia universal. Pero siempre conservó una esencia profundamente navarra y profundamente española.
Porque Navarra tiene una personalidad propia. Tiene una historia propia. Tiene una identidad propia. Navarra fue reino antes que muchas otras realidades políticas europeas existieran. Navarra formó parte decisiva de la construcción de España y ha contribuido durante siglos a la historia común de todos los españoles.
Por eso resulta especialmente preocupante observar cómo, desde hace décadas, determinadas fuerzas políticas han intentado apropiarse simbólicamente de los Sanfermines para convertirlos en una herramienta al servicio de sus objetivos ideológicos.
La presencia constante de simbología nacionalista radical, las campañas de instrumentalización política y los intentos de presentar Navarra como una mera extensión de un supuesto proyecto nacional vasco constituyen una adulteración del verdadero espíritu de la fiesta.
Los Sanfermines no son patrimonio de ningún partido político. No pertenecen a ninguna ideología. No son propiedad de ninguna organización nacionalista. Tampoco pueden convertirse en un espacio donde unos ciudadanos se sientan más legitimados que otros para expresar su identidad.
Durante demasiados años, el terrorismo de ETA y su entorno político intentaron imponer el miedo en Navarra. Durante demasiado tiempo, quienes defendían con naturalidad la españolidad de Navarra o simplemente rechazaban el discurso nacionalista sufrieron amenazas, aislamiento social y, en algunos casos, la violencia directa, sino la muerte.
Aquella presión dejó una huella profunda que todavía hoy resulta visible en algunos ámbitos de la vida pública navarra.
Precisamente por ello, resulta más necesario que nunca reivindicar unos Sanfermines libres de instrumentalización política. Unos Sanfermines donde todos puedan sentirse representados. Unos Sanfermines donde la bandera de la fiesta sea la alegría compartida y no la confrontación ideológica.
La grandeza de San Fermín radica precisamente en su capacidad para unir a personas de cualquier procedencia. Cada año llegan visitantes de toda España y de medio mundo. Llegan atraídos por una tradición centenaria que forma parte del patrimonio cultural español. Llegan porque reconocen en Pamplona una ciudad abierta, acogedora y orgullosa de sus costumbres.
Y esa universalidad es incompatible con quienes pretenden convertir la fiesta en una herramienta de exclusión identitaria.







