Uno de ellos es el sabotaje ferroviario del 12 de febrero de 1949, un acto terrorista que costó decenas de vidas inocentes y que hoy algunos pretenden diluir en la cómoda y tramposa etiqueta de “accidentes del franquismo”.
No fue un accidente. Fue un atentado.
A las 22:15 horas, el Express nº 803 Barcelona-Madrid descarriló entre Els Guiamets y Móra la Nova (Tarragona), en una curva maldita no por el estado de la vía, sino por la mano criminal que la saboteó. La locomotora se salió de los raíles; los vagones posteriores se precipitaron violentamente contra ella; los coches centrales salieron despedidos y cayeron por el terraplén hacia el fondo del valle de la riera de l’Armat.
El balance inicial fue brutal: 27 muertos y más de 60 heridos. El vagón metálico de butacas quedó completamente destrozado; solo dos personas sobrevivieron en su interior.
Las crónicas de la época —y la investigación posterior— fueron claras: sabotaje perpetrado por una partida de maquis procedente de Francia, integrada en la guerrilla comunista que operaba bajo la disciplina del Partido Comunista de España.
Terrorismo político con premeditación
El llamado “maquis” no fue una romántica resistencia antifascista, como gusta repetir al relato oficial, sino una organización armada terrorista que actuaba con un objetivo político inequívoco: reavivar la Guerra Civil, desestabilizar España y provocar una intervención internacional. Para ello no dudaron en asesinar, sabotear y sembrar el miedo, incluso a costa de la vida de civiles indefensos.
El atentado del Express Barcelona-Madrid responde exactamente a esa lógica criminal:
Destruir una infraestructura civil.
Causar una matanza.
Culpar al régimen de las consecuencias, presentándolo como incompetente y negligente en el mantenimiento de las vías.
El plan era tan cínico como evidente: provocar la tragedia y atribuirla a las “malas condiciones” del ferrocarril, cargando la responsabilidad política sobre el gobierno de Francisco Franco, cuando la realidad era exactamente la contraria: la vía fue manipulada deliberadamente para causar el descarrilamiento.
La izquierda que quiso volver a matar
Conviene decirlo alto y claro, aunque moleste a los ingenieros de la “memoria democrática” de despacho: la izquierda comunista quiso volver a la guerra. No aceptó el resultado del conflicto, no aceptó la derrota militar ni la pacificación posterior, y optó por el terrorismo como método político.
Mientras España intentaba levantarse de la devastación, reconstruir infraestructuras y normalizar la vida cotidiana, el maquis dinamitaba puentes, atacaba cuarteles, asesinaba alcaldes y volaba trenes. El objetivo no era la libertad; era el caos. No era la justicia; era la venganza ideológica.
El descarrilamiento de Móra la Nova es uno de los ejemplos más atroces de esa estrategia: un ataque indiscriminado contra viajeros, trabajadores, familias, ciudadanos anónimos que nada tenían que ver con la política, salvo ser españoles.
La manipulación posterior: de víctimas a culpables
Décadas después, algunos opinadores de plató y doctrinarios de la historia oficial repiten, con tono doctoral, que “durante el franquismo se ocultaban accidentes ferroviarios”. Lo afirman incluso desde una televisión pública convertida en aparato ideológico, como Televisión Española, que blanquea el terrorismo de izquierdas mientras criminaliza cualquier reacción del pueblo español.







