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El sabotaje del Express Barcelona-Madrid de 1949: terrorismo del maquis y la gran mentira histórica

El sabotaje del Express Barcelona-Madrid de 1949: terrorismo del maquis y la gran mentira histórica
Fotografía en blanco y negro de una locomotora de tren volcada y descarrilada junto a las vías con vagones dañados al fondo en un paisaje rural
porJavier Garcia Isac
opinion

Hay episodios de nuestra historia reciente que la propaganda ha intentado enterrar bajo capas de manipulación, silencio interesado y falsificaciones morales.

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Uno de ellos es el sabotaje ferroviario del 12 de febrero de 1949, un acto terrorista que costó decenas de vidas inocentes y que hoy algunos pretenden diluir en la cómoda y tramposa etiqueta de “accidentes del franquismo”.

No fue un accidente. Fue un atentado.

A las 22:15 horas, el Express nº 803 Barcelona-Madrid descarriló entre Els Guiamets y Móra la Nova (Tarragona), en una curva maldita no por el estado de la vía, sino por la mano criminal que la saboteó. La locomotora se salió de los raíles; los vagones posteriores se precipitaron violentamente contra ella; los coches centrales salieron despedidos y cayeron por el terraplén hacia el fondo del valle de la riera de l’Armat.

El balance inicial fue brutal: 27 muertos y más de 60 heridos. El vagón metálico de butacas quedó completamente destrozado; solo dos personas sobrevivieron en su interior.

Las crónicas de la época —y la investigación posterior— fueron claras: sabotaje perpetrado por una partida de maquis procedente de Francia, integrada en la guerrilla comunista que operaba bajo la disciplina del Partido Comunista de España.

Terrorismo político con premeditación

El llamado “maquis” no fue una romántica resistencia antifascista, como gusta repetir al relato oficial, sino una organización armada terrorista que actuaba con un objetivo político inequívoco: reavivar la Guerra Civil, desestabilizar España y provocar una intervención internacional. Para ello no dudaron en asesinar, sabotear y sembrar el miedo, incluso a costa de la vida de civiles indefensos.

El atentado del Express Barcelona-Madrid responde exactamente a esa lógica criminal:

Destruir una infraestructura civil.

Causar una matanza.

Culpar al régimen de las consecuencias, presentándolo como incompetente y negligente en el mantenimiento de las vías.

El plan era tan cínico como evidente: provocar la tragedia y atribuirla a las “malas condiciones” del ferrocarril, cargando la responsabilidad política sobre el gobierno de Francisco Franco, cuando la realidad era exactamente la contraria: la vía fue manipulada deliberadamente para causar el descarrilamiento.

La izquierda que quiso volver a matar

Conviene decirlo alto y claro, aunque moleste a los ingenieros de la “memoria democrática” de despacho: la izquierda comunista quiso volver a la guerra. No aceptó el resultado del conflicto, no aceptó la derrota militar ni la pacificación posterior, y optó por el terrorismo como método político.

Mientras España intentaba levantarse de la devastación, reconstruir infraestructuras y normalizar la vida cotidiana, el maquis dinamitaba puentes, atacaba cuarteles, asesinaba alcaldes y volaba trenes. El objetivo no era la libertad; era el caos. No era la justicia; era la venganza ideológica.

El descarrilamiento de Móra la Nova es uno de los ejemplos más atroces de esa estrategia: un ataque indiscriminado contra viajeros, trabajadores, familias, ciudadanos anónimos que nada tenían que ver con la política, salvo ser españoles.

La manipulación posterior: de víctimas a culpables

Décadas después, algunos opinadores de plató y doctrinarios de la historia oficial repiten, con tono doctoral, que “durante el franquismo se ocultaban accidentes ferroviarios”. Lo afirman incluso desde una televisión pública convertida en aparato ideológico, como Televisión Española, que blanquea el terrorismo de izquierdas mientras criminaliza cualquier reacción del pueblo español.

La verdad histórica, sin embargo, es incómoda para el relato: aquí no hubo ocultación de un accidente, sino un atentado terrorista perfectamente documentado. La ocultación vino después, cuando interesó borrar la autoría comunista y convertir a los verdugos en supuestas víctimas románticas.

Memoria histórica sin trampas

Si de verdad quieren “memoria”, empecemos por llamarla por su nombre.

Esto fue terrorismo.

Esto fue sabotaje.

Esto fue asesinato de civiles.

Y los responsables no fueron “errores del sistema”, ni “infraestructuras precarias”, ni “fatalidades del franquismo”, sino una guerrilla comunista que operaba al dictado de una organización política decidida a imponer su proyecto por las armas.

Mientras hoy se derriban cruces, se resignifican monumentos y se persigue una memoria amputada, se pretende reeducar a los españoles en el olvido selectivo, ocultando que la izquierda revolucionaria también mató, y mucho.

El Express Barcelona-Madrid de 1949 no descarriló solo sobre los raíles arrancados; descarriló sobre la conciencia moral de quienes aún se niegan a reconocer que el terror también tuvo bandera roja.

De 1949 a Adamuz: cuando la verdad importa

Y conviene subrayarlo con absoluta claridad para que nadie vuelva a manipular los hechos ni a confundir deliberadamente a la opinión pública. Lo ocurrido en 1949 y lo sucedido hace unos días en Adamuz no son lo mismo, aunque algunos estén deseando que lo parezca.

En Adamuz, a diferencia de aquel sabotaje criminal del maquis, no hay indicios de sabotaje alguno. No hay guerrillas, no hay explosivos, no hay manos ocultas arrancando raíles en la noche. No hay sospecha de atentado, por mucho que algunos intenten desviar la atención.

Lo que sí hay —y resulta todavía más grave— es un estado deficiente de las vías, abandono prolongado, falta de mantenimiento, negligencia política y un desprecio absoluto por la seguridad de los ciudadanos. Aquí no cabe la coartada histórica ni el recurso a fantasmas del pasado. Las vías estaban en mal estado, y eso tiene responsables concretos, con nombres y apellidos, sentados hoy en despachos ministeriales.

Precisamente por eso resulta obsceno que se utilice el pasado para tapar el presente. Que se relativicen los crímenes del maquis mientras se pretende diluir la responsabilidad de quienes hoy gobiernan. En 1949 la izquierda revolucionaria mató para provocar el caos y culpar al régimen. Hoy, el caos se produce por abandono, ideología y dejación, y las víctimas vuelven a ser siempre las mismas: los españoles.

La historia exige rigor.

El presente exige responsabilidades.

La mayor traición es mezclar ambos episodios para que nadie responda de nada. Porque si en 1949 hubo terrorismo, hoy hay algo igualmente letal: un poder negligente, fanatizado y culpable, que ha decidido que mantener vías, trenes y seguridad no da votos.

Y cuando el Estado deja de cumplir su función básica —proteger la vida—, ya no hablamos de relato. Hablamos de verdad. Y de vidas perdidas.


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