Una de las falsedades más persistentes de la historiografía militante contemporánea consiste en afirmar que España “robó” el oro de América para enriquecer a una metrópoli parasitaria, dejando a Hispanoamérica en la miseria. Es una mentira histórica repetida hasta convertirse en dogma escolar. Y, sin embargo, cuando miramos a la realidad del presente —cuando observamos lo ocurrido en Venezuela— comprobamos quiénes han saqueado de verdad a sus pueblos y con qué consecuencias.
Mientras el relato acusa a la Monarquía Hispánica de expolio, hoy sabemos que el régimen venezolano envió más de cien toneladas de oro a Suiza en plena crisis humanitaria. Oro que no se convirtió en hospitales, universidades ni infraestructuras, sino en oxígeno financiero para sostener a una casta corrupta y dictatorial.
Ahí está la comparación histórica que algunos prefieren evitar.
El oro de Venezuela: el saqueo del siglo XXI
En los años más duros del chavismo-madurismo, cuando el pueblo venezolano rebuscaba comida en la basura y millones huían del país, el Banco Central de Venezuela desprendía sus reservas de oro enviándolas al extranjero. No hablamos de inversión productiva ni de cooperación internacional. Hablamos de liquidación del patrimonio nacional.
Ese oro salió bajo el mandato de Nicolás Maduro, heredero político de Hugo Chávez, y fue enviado a Suiza, uno de los grandes centros mundiales de refinado y comercialización de metales preciosos.
La diferencia es esencial y moral:
No se trató de un imperio organizando un sistema fiscal, sino de un régimen que vende el oro del pueblo para sobrevivir políticamente.
No hubo obras públicas, ni fortalecimiento institucional, ni desarrollo civilizatorio.
Hubo empobrecimiento, represión y exilio masivo.
Eso sí es saqueo.
Eso sí es colonialismo interno.
Eso sí es expolio.
España en América: provincias, no colonias
Frente a esa realidad obscena del siglo XXI, conviene recordar cómo funcionó la España imperial. La Monarquía Hispánica no administró América como un botín sin ley, sino como parte integrante del Reino. Los territorios americanos no fueron colonias, fueron virreinatos, audiencias, capitanías generales con rango jurídico y representación institucional.
España no vació América para convertirla en un erial, sino que fundó ciudades, levantó catedrales, trazó caminos reales, estableció universidades, hospitales, puertos, astilleros y sistemas de gobierno que aún hoy estructuran buena parte del continente.
Cartagena de Indias, Lima, México, Quito, Bogotá, Chuquisaca, Santiago de Chile o Buenos Aires no surgieron de la nada ni fueron campos de saqueo sin retorno: fueron centros urbanos planificados, con vida jurídica, religiosa, educativa y cultural.
El oro y la plata americanos:
Circularon dentro del propio sistema imperial.
Financiaron defensa, administración y servicios públicos en América y en Europa.
Permitieron la creación de una civilización hispánica común, con lengua, derecho, fe y cultura compartidas.
La leyenda negra: arma ideológica contra España
La llamada leyenda negra no nace como fruto de un análisis histórico riguroso, sino como arma propagandística de las potencias rivales de España. Inglaterra, Holanda y Francia construyeron un relato en el que España aparecía como un imperio único en crueldad, ocultando cuidadosamente sus propias atrocidades coloniales, muchas de ellas infinitamente más brutales y racistas.
Ese relato fue posteriormente asumido por las élites intelectuales hispanoamericanas tras los procesos de emancipación, interesadas en legitimar su poder culpando a España de todos los males. Desde entonces:
Los nuevos caudillos saquearon a sus propios pueblos.
Se mantuvieron sistemas oligárquicos y corruptos.
Se sustituyó a España por nuevas potencias extranjeras.







