Hay noticias que uno lee y que, aparentemente, hablan de la muerte de una persona a la que nunca conocimos
La muerte de Katsushi Murakami me devuelve a aquellas tardes en las que Mazinger Z nos enseñaba, sin discursos ni adoctrinamientos, algo tan sencillo como que el mal existe, hay que combatirlo y el bien puede vencer. Casi medio siglo después, mi hija Paula Gureta ha unido aquella infancia con mi presente tatuándome en la piel al héroe de acero de toda una generación.
Hay noticias que uno lee y que, aparentemente, hablan de la muerte de una persona a la que nunca conocimos. Pero, de repente, esa noticia abre una puerta que llevaba cerrada casi cincuenta años y por ella aparecen nuestra infancia, nuestra casa, aquella televisión que presidía el salón, los cromos, los juguetes y, sobre todo, ese niño que fuimos y que continúa escondido en algún rincón de nosotros mismos.
Ha fallecido Katsushi Murakami, a los 83 años, uno de los grandes nombres de la industria japonesa del juguete y el hombre decisivo en la creación del mítico Chogokin de Mazinger Z, aquella figura metálica que consiguió algo que entonces nos parecía casi milagroso: sacar a nuestro robot de la pantalla y ponerlo en nuestras manos.
Conviene hacer la precisión porque estos días se ha producido cierta confusión: Murakami no fue el creador original de Mazinger Z. Ese honor corresponde a Gō Nagai, que dio vida al personaje en 1972. Pero Murakami fue uno de los hombres fundamentales para convertir aquel universo en un fenómeno que trascendió la televisión, penetró en nuestras habitaciones y acabó formando parte de la memoria sentimental de millones de niños.
Y al conocer la noticia he vuelto inevitablemente a Mazinger Z.
A mi Mazinger Z.
Porque habrá quien contemple todo aquello simplemente como una vieja serie japonesa de dibujos animados. Para mí no lo fue. Para mí, como para tantos niños españoles de aquella generación, Mazinger Z fue un acontecimiento.
Fue un antes y un después.
Nosotros entonces no sabíamos nada de manga, de anime, de género mecha ni de la industria audiovisual japonesa. Ni falta que nos hacía.
Nosotros solamente sabíamos una cosa:
Empezaba Mazinger Z.
Y eso bastaba.
Aparecía Koji Kabuto, llegaba el Pilder, estaban el profesor Yumi, Sayaka, Boss, Afrodita A, el temible Barón Ashler y, por supuesto, aquel Doctor Infierno que parecía haber consagrado su existencia a mandar una bestia mecánica detrás de otra contra nuestro héroe.
Cada capítulo era una batalla.
Cada enemigo parecía más terrible que el anterior.
Cada situación parecía definitiva.
Hasta que llegaba el momento que todos esperábamos.
¡Puños fuera!
Y aquello era suficiente para hacer feliz a un niño.
Hoy probablemente alguien intentaría explicarnos qué significado político escondía Mazinger, qué lectura sociológica había que hacer de Afrodita A, qué problemática identitaria encerraba el Doctor Infierno o qué interpretación ideológica debíamos extraer de Koji Kabuto.
Nosotros éramos bastante más sencillos.
Éramos niños.
Y entendíamos perfectamente la historia.
Había buenos y había malos.
Había quien quería destruir y quien tenía la obligación de defender.
Había un Doctor Infierno empeñado en conquistar el mundo y había alguien dispuesto a impedírselo.
Y, sobre todo, aprendíamos algo elemental que quizá no estaba tan mal aprender: que el mal existe, que hay que enfrentarse a él y que el bien, aunque muchas veces parezca derrotado, puede terminar venciendo.
Sin discursos.
Sin adoctrinamientos.
Sin necesidad de convertir una serie infantil en una clase permanente de ingeniería social.
Solamente aventuras.
Entretenimiento.
Imaginación.
Amistad.
Valor.
Lealtad.
Y una idea extraordinariamente sencilla: cuando aparece el mal, alguien tiene que plantarle cara.
Puede parecer poca cosa.
Cincuenta años después uno empieza a sospechar que quizá era muchísimo.
Yo sentí verdadera devoción por Mazinger Z.
Lo reconozco sin ningún pudor.
Recuerdo los cromos. Recuerdo aquella necesidad casi obsesiva de completar la colección, de conseguir el que faltaba, de intercambiar los repetidos. Aquellos álbumes eran nuestro pequeño tesoro. Cada cromo nuevo era una victoria y cada página terminada tenía algo de misión cumplida.
No existía Internet.
No podíamos ver el capítulo cuando nos apeteciera.
No había plataformas.
No existía eso de consumir una temporada completa durante un fin de semana.
Había que esperar.
Y precisamente por eso quizá disfrutábamos mucho más las cosas.
Esperábamos para reencontrarnos con nuestros héroes. Y cuando terminaba el episodio, Mazinger continuaba viviendo en nuestras habitaciones, en nuestros dibujos, en nuestras conversaciones, en los recreos del colegio y en aquellos juguetes con los que reconstruíamos una y otra vez sus batallas.
Ahí es donde aparece precisamente Katsushi Murakami.
La línea Chogokin, que comenzó en 1974 con Mazinger Z, convirtió aquellos robots en figuras metálicas que transmitían peso, resistencia y una sensación de realidad que revolucionó el juguete japonés. Murakami terminaría siendo conocido como uno de los grandes padres de aquel fenómeno.
Para un niño aquello era casi tener a Mazinger en casa.
Y Mazinger ha continuado conmigo.
Han pasado décadas. Han desaparecido muchas personas. Hemos enterrado a algunos de nuestros ídolos. Hemos visto marcharse a quienes nos hicieron reír, cantar, soñar o simplemente pasar una tarde feliz delante del televisor.
Y con cada una de esas desapariciones sucede algo extraño.
No solamente muere alguien.
Se apaga una pequeña luz de nuestra infancia.
Quizá por eso últimamente me afectan especialmente estas noticias.
Uno continúa sintiéndose joven hasta que empieza a comprobar que quienes formaron parte del paisaje de su niñez van desapareciendo.
Entonces miramos el calendario.
Hacemos cuentas.
Preguntamos qué edad tenía quien acaba de fallecer.
Y las cuentas empiezan a no gustarnos demasiado.
Porque uno descubre de repente que aquella infancia que parecía haber sucedido anteayer ocurrió hace casi medio siglo.
Pero hay personajes que tienen el privilegio de sobrevivir a sus creadores, a sus diseñadores y hasta a quienes los vimos nacer.
Mazinger Z es uno de ellos.
En mi caso hasta el punto de llevarlo tatuado. No una vez, dos.
Y aquí aparece una de esas pequeñas historias personales que convierten un personaje de televisión en algo mucho más importante.
Mi hija, Paula Gureta, se ha iniciado recientemente en el mundo del tatuaje. Y quiso que el primer tatuaje que ella me hiciera a mí fuese precisamente el de Mazinger Z.
Puede parecer una anécdota.
Para mí no lo es.
Hay algo extraordinariamente hermoso en ello.
El niño que hace casi cincuenta años esperaba delante de la televisión para ver aparecer a Mazinger es hoy un padre al que su propia hija, Paula, le tatúa aquel mismo robot sobre la piel.
Dos generaciones unidas por un gigante de acero.
Y quizá ahí esté la verdadera explicación de por qué algunos personajes nunca mueren.
Paula no vivió aquellas tardes. No esperó delante de la televisión la llegada de Koji Kabuto. No sintió aquella desesperación infantil cuando nos faltaba precisamente el cromo que necesitábamos para completar una página. No convirtió una habitación en el laboratorio del profesor Yumi ni combatió imaginariamente contra las bestias mecánicas del Doctor Infierno.
Pertenece a otra generación.
Tiene sus propios recuerdos.
Sus propios héroes.
Sus propias canciones.
Como debe ser.
Pero ahora Mazinger también nos pertenece a los dos.
Porque cuando miro ese tatuaje ya no veo solamente al robot.
Veo al niño que fui.
Veo aquellas tardes.
Veo los cromos.
Veo la televisión de casa.
Veo a Koji Kabuto.
Veo al Doctor Infierno.
Veo a Afrodita A.
Veo aquellos puños saliendo disparados mientras nosotros contemplábamos fascinados la pantalla.
Pero ahora veo también a Paula Gureta, mi hija, dibujando sobre la piel de su padre el héroe de la infancia de aquel niño que fui.
Y pocas cosas pueden explicar mejor el paso del tiempo.
Quizá eso sea la memoria.
Un hilo invisible que une lo que fuimos con lo que somos y, a veces, también con quienes vienen detrás de nosotros.
Por eso la muerte de Katsushi Murakami me ha producido tristeza aunque jamás lo conociera.
Porque pertenecía a ese ejército anónimo de personas que hicieron felices a millones de niños sin conocernos.
Personas que dibujaron personajes, diseñaron juguetes, compusieron canciones o inventaron historias sin imaginar que, más de medio siglo después, alguien en España seguiría recordándolos con emoción.
Murakami ayudó a que Mazinger pudiera abandonar la pantalla y aterrizar en nuestras habitaciones.
Y eso, para quienes fuimos niños entonces, no es poca cosa.
Nos estamos haciendo mayores.
No merece la pena engañarnos.
Pero existe una ventaja maravillosa: podemos regresar durante unos minutos a nuestra infancia simplemente escuchando una canción, abriendo un viejo álbum de cromos, encontrando un juguete olvidado en algún armario o contemplando la imagen de aquel robot que parecía indestructible.
Entonces desaparecen los años.
Ya no existen las preocupaciones.
Ni las facturas.
Ni la política.
Ni los problemas.
Durante unos segundos volvemos a ser aquellos niños.
Y Mazinger Z vuelve a levantarse frente a nosotros.
El Doctor Infierno prepara una nueva amenaza. El Barón Ashler, será el encargado de ejecutarla.
Koji Kabuto ocupa su puesto.
El Pilder desciende.
Y nosotros sabemos perfectamente lo que va a ocurrir.
Porque aunque el enemigo parezca invencible, aunque todo parezca perdido y aunque el mal vuelva una y otra vez bajo formas diferentes, queda una última certeza.
Hay que combatirlo.
Y se puede vencer.
Quizá por eso Mazinger Z continúa significando tanto para mí.
Porque algunas historias infantiles terminan enseñándonos cosas que solamente comprendemos cuando dejamos de ser niños.
Y porque medio siglo después descubro que aquel gigante de acero no desapareció cuando apagaron el televisor.
Siguió acompañándome.
Ha estado ahí durante todos estos años.
Y ahora, gracias a mi hija Paula, lo llevo también sobre la piel.
Descansa en paz, Katsushi Murakami.
Gracias por ayudar a poner a Mazinger en nuestras manos.
Algunos ya peinamos canas. Otros incluso hemos dejado de peinarlas. Pero dentro de nosotros continúa viviendo aquel niño que esperaba impaciente que comenzara un nuevo capítulo.
Y mientras quede uno solo de aquellos niños dispuesto a recordar aquellos cromos, aquellas tardes y aquellas batallas; mientras alguno vuelva a emocionarse escuchando su nombre; mientras podamos cerrar los ojos y regresar por unos segundos a aquel salón de nuestra infancia, Mazinger Z seguirá siendo indestructible.
Y yo, al menos, todavía tengo ganas de volver a gritarlo:
¡Puños fuera!