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Podemos: del asalto a los cielos al naufragio de una izquierda que acabó devorada por el PSOE

Podemos: del asalto a los cielos al naufragio de una izquierda que acabó devorada por el PSOE
por Javier Garcia Isac
19 de septiembre de 2026 a las 09:45
opinion

La opinión de Javier García Isac

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Prometieron acabar con la casta, superar al Partido Socialista y transformar España. Llegaron a sumar 71 diputados con sus confluencias y a participar del poder municipal en algunas de las principales ciudades españolas. Una década después, sobreviven entre escisiones, guerras internas, contradicciones y una presencia mediática muy superior a su verdadero peso político. Podemos quiso devorar al PSOE y terminó siendo devorado por él.

Hubo un tiempo, no demasiado lejano, en el que Podemos prometía asaltar los cielos. Hoy bastante tendría con evitar desaparecer de la tierra.

La organización que nació proclamando que venía a acabar con la casta ha terminado convertida en una pequeña formación política que sobrevive entre la nostalgia, las televisiones y radios públicas y una capacidad para generar ruido muy superior a su verdadero peso electoral.

Y quizá esa sea una de las grandes paradojas de Podemos: cuanto más pequeño se hace, más parece escucharse.

Ahí siguen Ione Belarra, Irene Montero y algunos supervivientes de aquella aventura política hablando como si España continuara pendiente de cada una de sus palabras. Podemos se ha debilitado extraordinariamente, ha desaparecido de numerosos parlamentos autonómicos y aquel movimiento que algunos llegaron a presentar como una transformación irreversible de la política española pelea ahora simplemente por conservar su espacio.

Sin embargo, basta encender determinadas televisiones o radios para tener la impresión de que seguimos en 2015.

Una formación reducida conserva una presencia mediática llamativa, particularmente en determinados medios públicos, como si algunos todavía se resistieran a aceptar que aquel fenómeno político que presentaron como inevitable terminó siendo bastante menos revolucionario de lo anunciado.

Conviene recordar de dónde venimos.

En 2016, Unidos Podemos y sus confluencias consiguieron 71 diputados y más de cinco millones de votos. Se hablaba entonces del sorpasso al PSOE. Pablo Iglesias aspiraba a convertirse en el gran dirigente de la izquierda española y muchos daban por amortizado al viejo Partido Socialista.

Al mismo tiempo, el universo político surgido alrededor de Podemos había irrumpido con enorme fuerza en las ciudades. Madrid, Barcelona, Zaragoza, Cádiz, Santiago de Compostela o La Coruña quedaron gobernadas por candidaturas municipalistas vinculadas, participadas o apoyadas por Podemos y otras fuerzas de izquierda.

Parecía que habían llegado para quedarse.

Y apenas una década después uno contempla los restos del naufragio.

Del «sí se puede» al «sálvese quien pueda»

Podemos nació denunciando las puertas giratorias, los privilegios, las élites y aquella famosa “casta” que supuestamente vivía alejada de los problemas de los españoles. Pasaron la casta a convertirse en caspa molesta.

El problema comenzó cuando algunos de sus dirigentes descubrieron que vivir como aquello que criticaban resultaba bastante más agradable que combatirlo.

El episodio del chalet de Pablo Iglesias e Irene Montero en Galapagar quedó convertido en uno de los símbolos de aquella transformación. No porque comprar una vivienda sea reprochable —faltaría más—, sino porque resultaba difícil olvidar determinados discursos anteriores contra quienes vivían en chalets y urbanizaciones.

Llegaron incluso a someter su continuidad al frente de Podemos a una consulta interna.

Aquello encerraba una metáfora extraordinaria.

Habían llegado prometiendo consultar a las bases sobre las grandes decisiones del país y terminaron consultándoles sobre las consecuencias políticas de su casoplón.

Pero el problema de Podemos fue bastante más profundo.

Aquella organización que presumía de feminista, horizontal y diferente estuvo marcada desde sus primeros años por liderazgos extraordinariamente personalistas. Pablo Iglesias terminó convirtiéndose en el centro alrededor del cual giraba prácticamente todo. El gran macho alfa que todo supervisaba, al mejor estilo estalinista. Juan Carlos Monedero fue otra de las grandes figuras fundacionales.

Los famosos “machos alfa” de aquella nueva izquierda terminaron protagonizando muchas de las luchas internas de una organización que había llegado dando lecciones al resto sobre democracia, feminismo y participación. Se vieron involucrados en algunos escándalos sexuales convenientemente silenciados, como esas acusaciones de alumnas que afirmaban que algunos fundadores de Podemos las invitaban al baño a refrescarse, cuando estos eran profesores de la Universidad de Ciencias Políticas.

Después llegaron enfrentamientos, abandonos, expulsiones políticas y escisiones.

Íñigo Errejón se marchó.

Nació Más Madrid.

Después Más País.

Yolanda Díaz construyó Sumar.

Izquierda Unida siguió intentando encontrar su sitio dentro de aquel rompecabezas.

La izquierda que venía a enseñarnos la fraternidad acabó demostrando una extraordinaria capacidad para despedazarse entre ella.

El PSOE ganó la batalla. De querer destruir al PSOE a terminar devorado por él

Pero existe una razón todavía más importante para explicar el fracaso de Podemos.

El PSOE terminó neutralizándolo.

Podemos nació, entre otras cosas, denunciando el bipartidismo y asegurando que PSOE y PP representaban dos caras de un mismo sistema. Pablo Iglesias llegó a emplear contra los socialistas algunas de las acusaciones más duras que se habían escuchado desde la propia izquierda.

Después llegó el poder.

Y con el poder llegaron los ministerios, las secretarías de Estado, los asesores, los coches oficiales y la participación en el Consejo de Ministros.

El partido que venía a sustituir al PSOE terminó convirtiéndose en su socio.

Y cuando un partido que presume de combatir el sistema entra en él, gobierna desde él y disfruta de sus estructuras, resulta bastante complicado continuar presentándose como revolucionario.

Podemos creyó que estaba utilizando al PSOE para transformar España cuando ocurrió exactamente lo contrario.

Fue el PSOE quien utilizó a Podemos para ampliar su mayoría parlamentaria, incorporar una parte de su discurso, ocupar su espacio y, finalmente, reducir a su competidor hasta convertirlo en una fuerza secundaria.

Pedro Sánchez entendió algo que Pablo Iglesias no supo comprender: al adversario que amenaza con ocupar tu espacio político no siempre hay que destruirlo.

A veces basta con abrazarlo.

El abrazo socialista terminó siendo mortal.

¿Y cuándo rompieron realmente con Sánchez?

Aquí aparece además una contradicción que Podemos nunca ha conseguido resolver.

Sus dirigentes critican ahora con enorme dureza determinadas decisiones del Gobierno. Ione Belarra ha cargado contra la actuación del Ejecutivo respecto a Ceuta y Marruecos.

Están, naturalmente, en su derecho.

Pero entonces surge una pregunta inevitable:

¿Dónde estuvo esa contundencia cuando sus votos, sus ministerios o su influencia podían haber puesto verdaderamente contra las cuerdas al Gobierno?

Recordemos el giro de Pedro Sánchez respecto al Sáhara Occidental.

Recordemos las sucesivas crisis con Marruecos.

Recordemos tantas decisiones que provocaron críticas dentro de la izquierda gubernamental.

Mucho ruido.

Muchos comunicados.

Muchas declaraciones indignadas.

Pero el poder de Sánchez sobrevivió.

Ese ha sido uno de los grandes problemas de toda esta izquierda: amenazar constantemente con romper y terminar casi siempre encontrando una razón para no hacerlo.

Porque el PSOE aprendió rápidamente el mecanismo.

Sus socios podían protestar.

Podían indignarse.

Podían convocar ruedas de prensa.

Podían escribir mensajes furibundos en las redes sociales.

Lo verdaderamente importante era que, cuando llegara el momento decisivo, Sánchez pudiera continuar gobernando.

Y así ocurrió demasiadas veces.

La izquierda convertida en un archipiélago

El resultado está a la vista.

Podemos, Sumar, Más Madrid, Izquierda Unida y las diferentes confluencias forman hoy un archipiélago político donde resulta cada vez más difícil saber quién manda, quién representa a quién y quién terminará presentándose con quién en las próximas elecciones.

Aquella izquierda que aseguraba haber venido a transformar España no fue capaz siquiera de mantener unido su propio espacio político.

Y no es casualidad.

Cuando una organización construye buena parte de su identidad sobre una pretendida superioridad moral, cualquier discrepancia corre el peligro de convertirse en una herejía.

Si quien piensa distinto no está simplemente equivocado, sino que además es considerado moralmente inferior, el acuerdo termina siendo imposible.

De ahí las interminables guerras internas.

Todos eran compañeros hasta que dejaron de serlo.

Todos eran imprescindibles hasta que fueron apartados.

Todos representaban la nueva política hasta que fundaron otra sigla.

Y cada nueva sigla nacía, naturalmente, asegurándonos que ahora sí llegaba la izquierda auténtica.

Ceuta y la última pirueta

Y ahora llegamos a Ceuta.

Podemos acusa al Gobierno de Sánchez de actuar sometido o condicionado por Marruecos y carga contra su política en la ciudad.

Al mismo tiempo, la realidad institucional es que Ceuta está gobernada por el Partido Popular, mientras el PSOE ha desempeñado un papel relevante en acuerdos que han permitido estabilidad institucional.

Todo parece haberse convertido en una ceremonia de la confusión.

Podemos critica al PSOE.

El PSOE alcanza acuerdos con el PP en Ceuta.

Podemos carga contra la gestión de la crisis mientras intenta diferenciarse de un espacio político al que durante años ayudó a sostener.

Y uno termina preguntándose qué queda exactamente de aquella promesa de cambiarlo todo.

De la revolución a la irrelevancia

Podemos quería acabar con la vieja política y terminó reproduciendo muchos de sus peores defectos.

Quería acabar con los personalismos y construyó buena parte de su proyecto alrededor de un líder.

Quería acabar con la casta y terminó ocupando ministerios.

Quería superar al PSOE y acabó subordinando buena parte de su estrategia a las necesidades parlamentarias socialistas.

Quería unir a la izquierda y contribuyó a fragmentarla en innumerables siglas.

Quería asaltar los cielos y terminó peleando por conservar un pequeño espacio político.

Ese es probablemente su epitafio.

Porque Podemos no fue derrotado únicamente por sus adversarios.

Podemos se derrotó a sí mismo.

Lo hicieron sus contradicciones, sus guerras internas, el chalet de Galapagar, sus liderazgos personalistas y, especialmente, el error estratégico de convertirse en complemento de aquel PSOE al que había nacido para sustituir.

Ahora hablan mucho.

Aparecen mucho.

Protestan mucho.

Pero representan muchísimo menos.

Y quizá precisamente por eso necesitan hacer tanto ruido.

Porque existe algo terrible para cualquier político acostumbrado a sentirse protagonista de la Historia: descubrir que la Historia continúa perfectamente sin él.

Podemos prometió asaltar los cielos.

Terminó entrando en los ministerios.

Quiso acabar con la casta y terminó formando parte del poder que denunciaba.

Quiso enterrar al PSOE y fue el PSOE quien terminó enterrando políticamente buena parte de aquel proyecto.

Y después de los ministerios, los chalets, las escisiones, las guerras internas y las contradicciones, aquella revolución que aseguraba haber venido para cambiar España corre el riesgo de terminar donde acaban tantas revoluciones de salón:

en una tertulia de televisión explicando por qué la culpa de su fracaso siempre fue de los demás.


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