El socialismo es experto en camuflar el delito bajo el disfraz de la legalidad. Y si hay un nombre que resume con precisión esa escuela de ingeniería política, es el de José Blanco López, más conocido como “Pepiño Blanco”, exministro de Fomento y exsecretario de Organización del PSOE durante los años de Zapatero. Hoy, cuando su “hijo político” José Luis Ábalos está cercado por la justicia y ha comenzado a hablar, todas las miradas regresan inevitablemente a Pepiño. Y no es por casualidad.
Porque Ábalos no sólo heredó de Pepiño el cargo de ministro de Fomento —ese ministerio con apariencia gris y técnica pero que es, en la práctica, la mayor caja registradora del Estado—, sino que también repitió su puesto clave dentro del aparato del partido: la secretaría de Organización del PSOE, el lugar desde donde se mueven hilos, se manejan estructuras, se asfixian disidencias y se diseñan mapas de poder territorial.
La política socialista no se improvisa: se hereda. Y si ahora José Luis Ábalos, expulsado del partido, comienza a cantar como un canario, lo hace apuntando directamente a su antecesor. Ábalos, que fue quien puso a la hoy investigada Isabel Pardo de Vera como presidente de ADIF, asegura que fue el propio Pepiño Blanco quien le recomendó personalmente ese nombramiento. ¿Por qué? Porque el sanchismo es la degeneración del zapaterismo, y la corrupción del PSOE no empezó con Koldo ni con las bolsas de Carrefour: viene de muy atrás, y tiene raíces profundas.
Fomento: la joya de la corona para el socialismo clientelar
El Ministerio de Fomento (hoy pomposamente renombrado como Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana) es la auténtica joya de la corona para el PSOE. No hay ministerio que maneje mayor volumen presupuestario, más contratos públicos ni más posibilidades para ocultar comisiones, sobornos o mordidas disfrazadas de “asistencia técnica”. Las adjudicaciones de obra pública, las concesiones ferroviarias, los contratos de mantenimiento, los peajes, son el mejor escondite para la corrupción organizada.
Zapatero lo supo. Por eso puso a Pepiño Blanco en Fomento, un tipo sin formación académica relevante, sin carrera técnica, pero con dos cualidades imprescindibles para el PSOE: lealtad sin fisuras al líder y habilidad para engrasar la maquinaria del partido. Desde allí, Pepiño controló el reparto del pastel y se convirtió en el comisionista mayor del Reino. Hoy se sospecha que buena parte de esas estructuras siguieron intactas en manos de Ábalos y que la herencia fue más moral que política.
De Fomento a las consultoras: del dinero público al lobby privado
Cuando Pepiño Blanco dejó el Ministerio, lejos de jubilarse discretamente, se recicló en lo que mejor sabe hacer: moverse entre pasillos de poder y tráfico de influencias. Fundó la consultora ACENTO, un grupo de presión con sede en Bruselas que opera sin pudor en favor de los intereses de Marruecos. Y no lo hace solo. En esa red de “acento marroquí” figura el hijo del eurodiputado popular Esteban González Pons, entre otros nombres llamativos del antiguo aparato político de PP y PSOE.
La consultora ACENTO —según varias informaciones— ha hecho lobby en Bruselas en nombre de intereses marroquíes, mientras el Gobierno de Pedro Sánchez entregaba el Sáhara a Rabat a cambio de quién sabe qué. ¿Casualidad? ¿O simplemente una parte más del engranaje opaco en el que confluyen viejos dirigentes socialistas, nuevos millonarios, intereses extranjeros y favores cruzados?
Una corrupción sistémica, no puntual







