El miedo no es una abstracción estadística. Tampoco es una variable macroeconómica que los sociólogos puedan despachar en una tertulia con corrección política. El miedo es una llamada a las once de la noche, una voz infantil quebrada por el llanto a miles de kilómetros de casa y la constatación de que los pilares sobre los que cimentamos la seguridad de Occidente se están desmoronando ante la mirada indiferente y cómplice, de quienes debían custodiarlos.
Este verano, mi hija de catorce años se encuentra en Irlanda perfeccionando su inglés. Es una edad de inocencia, esa frontera difusa donde el mundo aún se percibe como un tablero de juego y no como un escenario hostil. El pasado sábado, tras regresar de una excursión, la realidad la asaltó en una parada de autobús. Un hombre en la cuarentena, de raza negra y procedencia ajena a cualquier estándar de integración europea, fijó en ella sus ojos. No fue un cruce fortuito fue una cacería. La siguió durante varias calles y se subió con ella al mismo autobús, la acosó con miradas lascivas y le susurró al oído frases que ninguna niña debería escuchar jamás, mientras mantenía una mano oculta y tensa en el bolsillo, insinuando una amenaza que no necesitaba ser verbalizada para resultar aterradora.
Lo más sintomático de esta escena y que visibiliza el trauma individual en una categoría política y social, no es sólo el depredador. Es la parálisis del entorno. Sucedió ante los ojos de varios pasajeros que prefirieron mirar hacia el suelo del autobús antes que incomodarse con la realidad. Sucedió ante un conductor que, cuando una niña de catorce años le suplicó auxilio entre lágrimas, optó por la burocracia del silencio y la inacción. Si mi hija se salvó de formar parte de una crónica de sucesos irreversible fue únicamente porque la familia de acogida en Dublín esperó a pie de calle, interponiéndose entre la presa y el acosador.
Es inevitable que mi memoria, incómoda por cierto para los progres defensores de utopías multiculturales, conecte los puntos. Recordaréis la trágica imagen de la adolescente ucraniana que, en un autobús en Estados Unidos, fue cosida a puñaladas por un agresor de idéntico perfil ante la pasividad de unos testigos que prefirieron verla morir a intervenir. Mi hija comparte con ella rasgos físicos, pero sobre todo comparte la misma condición de vulnerabilidad frente a una tipología de delincuencia que Europa importa a millares bajo el mantra buenista de la solidaridad.
Hemos sobrepasado el momento de despojarnos de los eufemismos que nos debilitan. Hemos edificado una sociedad acomplejada que prefiere el suicidio cultural antes que ser tachada de intolerante. Si llamamos rubio al rubio, andaluz al andaluz y francés al francés, ¿en qué momento exacto nos convencieron de que señalar la raza o el origen de quien comete un delito es un acto de racismo? El lenguaje no es el problema; el problema es la tozudez de los hechos que el lenguaje intenta describir.
Las cifras de Eurostat, del Instituto Nacional de Estadística en España y de la Central Statistics Office de Irlanda no pueden opacar los relatos ni las subvenciones. En el caso español, el Ministerio del Interior y el INE arrojan una asimetría matemática que fulmina cualquier intento de equidistancia: los ciudadanos extranjeros representan ya el 12% de la población empadronada, pero sistemáticamente acaparan el 50% de las detenciones por agresiones sexuales con penetración. En el ámbito de las violaciones grupales, los estudios judiciales elevan esa participación muy por encima. No estamos ante una percepción subjetiva nacida del prejuicio; estamos ante una correlación directa entre la demografía de la inmigración y la degradación de la libertad de las mujeres.







