El problema de pasarse la vida discutiendo sobre lo poco importante es que uno acaba por creerse inmortal. Viajamos por el mundo con arrogancia, enfadándonos porque el repartidor se retrasa diez minutos, porque el camarero nos mira mal o porque alguien ha escrito una imbecilidad en una red social. Hemos convertido nuestra existencia en una sucesión de pequeñas microdisputas absurdas, un simulacro de combate diario donde el ego se nutre de victorias insignificantes. Nos creemos el centro del universo porque compramos cremas para retrasar las arrugas, planificamos las vacaciones a doce meses vista y pagamos una hipoteca a treinta años como si el tiempo fuera una propiedad privada garantizada por contrato.
Y entonces, la realidad te sienta a la mesa, te sirve un vino y te cruza la cara de un revés.
Hace unos días compartí mesa, copas y miradas con Marcela. Es una mujer colombiana que lleva a sus espaldas una hoja de servicios con un dolor que te hace claudicar por momentos. Hace más de treinta años, el cáncer decidió darle un primer aviso a través de su madre. No fue un regalo limpio; la enfermedad le perdonó la vida entonces, pero le cobró un peaje físico, genético y psicológico que la ha acompañado siempre, sin saberlo del todo. Después vinieron diez años de maltrato psicológico continuado por parte de su expareja y, para rematar la faena, cuatro meses de acoso laboral con tintes racistas que la hundieron en una depresión de la que todavía hoy se defiende a base de pastillas. Por si el destino no hubiera sido lo suficientemente creativo, hace apenas nueve meses tuvo que enterrar a su madre, devorada por el mal que le hiciera la primera visita tres décadas atrás.
Cualquier manual de corrección metería a Marcela en un cajón etiquetado. Es el sujeto perfecto para el folleto del agravio: mujer, inmigrante, víctima por triplicado. El sistema actual está diseñado para que alguien con ese historial se siente a compadecerse, exija una indemnización moral al universo y adopte el resentimiento como religión. Es lo que cotiza, lo que se lleva, lo que te da un minuto de gloria en el circo de la empatía subvencionada.
Pero Marcela no tiene tiempo para perder. El cáncer ha vuelto a llamar a su puerta y esta vez no viene a negociar. Los médicos han sido claros y meridianamente precisos: le quedan dos años de vida. Dos vueltas al sol para recoger los bártulos, apagar las luces y despedirse de este mundo.
Lo lógico para algunos según los estándares de esta sociedad sobreprotegida, sería encerrarse a maldecir la suerte. Ella, en cambio, ha hecho las maletas. Ha empezado por Madrid un viaje que la llevará por varias ciudades europeas. No es turismo posmoderno; es un viaje de despedida. Literalmente. Está gastando sus últimos pasos en mirar lo bello antes de que se bajen las persianas.
Con una copa de vino en la mano y los ojos húmedos, Marcela y yo nos mirábamos de frente y me confesaba que su mayor terror no es la certeza de desaparecer, ni el dolor físico que la espera en la última curva del camino. Su miedo, desprovisto de cualquier atisbo de egoísmo, es dejar sola a la gente que todavía la necesita. Piensa en su hija. Asume el miedo, asume la angustia y, sobre todo, asume la realidad. Sabe que de la muerte no se esconde nadie, pero ella ha tenido el dudoso privilegio de conocer, con margen de error de calendario, cuál es la fecha exacta de su billete de vuelta. Ahí es donde se te cae la copa de la mano y se te congela la sonrisa de tipo listo.
Nosotros, los que compramos el periódico, los que escribimos estas líneas, los que miramos el reloj con prisa, jugamos a una ruleta rusa diaria convencidos de que el tambor está vacío. Miramos a los enfermos terminales como si la enfermedad fuera un defecto de fábrica ajeno o una mala gestión de la salud pública y ocultamos la muerte. La hemos sacado de las casas, y la hemos confinado en tanatorios periféricos con olor a flores de plástico y ambientador industrial. Hemos decidido que morir es de mala educación, un fallo del sistema que es mejor no mentar para no estropear el simulacro de bienestar en el que flotamos.
La gran lección de Marcela no cabe en una taza de desayuno de las que te dicen que sonrías por las mañanas, no es autoayuda barata, es una bofetada de lucidez. La diferencia entre ella y cualquiera de nosotros no es que ella se vaya a morir y nosotros no; la única diferencia es que ella conoce el borrador de la sentencia. Nosotros jugamos a la lotería con un boleto que ya está premiado y sentenciado de antemano. La pregunta jamás ha sido si va a pasar, sino cómo y cuándo. Y la probabilidad matemática de que yo, o usted que está avanzando en estos párrafos, nos marchemos antes que ella, está encima de la mesa cada vez que cruzamos un paso de peatones, subimos a un coche o bajamos la escalera.
Y así vamos gastando el caudal de los días. Nos hemos vuelto una sociedad infantilizada, adicta a la queja y al agravio. Discutimos por identidades fabricadas, por si una palabra ofende más que otra, por el último quiebro de la actualidad política que la semana que viene nadie recordará. Nos han vacunado contra la trascendencia, nos da pánico mirar al abismo porque el abismo no devuelve respuestas cómodas ni se soluciona con un decreto ley o una manifestación en la plaza. Ante la muerte, todas las construcciones ideológicas con las que pretendemos dividir el mundo se vuelven ridículas. La muerte es la única institución verdaderamente democrática que queda: no entiende de cuotas, no respeta lenguajes inclusivos ni se conmueve ante los discursos de ningún parlamento.
Mientras el discurso oficial se empeña en tratarnos como seres desvalidos que necesitan la tutela constante del entorno para no romperse, la entereza de Marcela me ha devuelto el espejo de mi propia miseria moral. Alguien a quien la vida ha golpeado con una fuerza es capaz de mantener la elegancia, la dignidad y la lucidez frente al final, mientras el resto del mundo nos ahogamos en un vaso de agua por cualquier contrariedad banal.
Marcela está aprovechando su tiempo de prórroga para saldar sus cuentas emocionales. Está abrazando, está charlando con un desconocido en Madrid y está mirando a la cara al misterio sin necesidad de padrinos ni de discursos autocomplacientes. Ella ya está contestando a la gran pregunta. Los demás, los que presumimos de salud y de futuro, seguimos aplazando las respuestas para el próximo lunes, o para cuando tengamos tiempo, o para cuando sea demasiado tarde…
No tengo la menor intención de dar un mitin de moralidad a nadie. Cada uno es soberano para tirar su existencia por el sumidero que mejor le parezca, faltaría más. Pero sí creo oportuno hoy invitarles a un ejercicio de higiene mental. Apagar el ruido en nuestras cabezas por cinco minutos. Olvidar el personaje que nos hemos construido para sobrevivir al día a día y hacerse la única pregunta que importa.
Si mañana por la mañana el médico le llama al despacho y le entrega el mismo sobre que tiene Marcela en la mesilla de noche, ¿qué llamada haría primero? ¿A quién iría a buscar para decirle que le quiere? ¿A quién le pediría perdón con la cabeza baja? Y, sobre todo, ¿por qué está esperando a que un escáner le dé permiso para hacerlo?