Hace unos días compartí mesa, copas y miradas con Marcela. Es una mujer colombiana que lleva a sus espaldas una hoja de servicios con un dolor que te hace claudicar por momentos. Hace más de treinta años, el cáncer decidió darle un primer aviso a través de su madre. No fue un regalo limpio; la enfermedad le perdonó la vida entonces, pero le cobró un peaje físico, genético y psicológico que la ha acompañado siempre, sin saberlo del todo. Después vinieron diez años de maltrato psicológico continuado por parte de su expareja y, para rematar la faena, cuatro meses de acoso laboral con tintes racistas que la hundieron en una depresión de la que todavía hoy se defiende a base de pastillas. Por si el destino no hubiera sido lo suficientemente creativo, hace apenas nueve meses tuvo que enterrar a su madre, devorada por el mal que le hiciera la primera visita tres décadas atrás.
Cualquier manual de corrección metería a Marcela en un cajón etiquetado. Es el sujeto perfecto para el folleto del agravio: mujer, inmigrante, víctima por triplicado. El sistema actual está diseñado para que alguien con ese historial se siente a compadecerse, exija una indemnización moral al universo y adopte el resentimiento como religión. Es lo que cotiza, lo que se lleva, lo que te da un minuto de gloria en el circo de la empatía subvencionada.
Pero Marcela no tiene tiempo para perder. El cáncer ha vuelto a llamar a su puerta y esta vez no viene a negociar. Los médicos han sido claros y meridianamente precisos: le quedan dos años de vida. Dos vueltas al sol para recoger los bártulos, apagar las luces y despedirse de este mundo.
Lo lógico para algunos según los estándares de esta sociedad sobreprotegida, sería encerrarse a maldecir la suerte. Ella, en cambio, ha hecho las maletas. Ha empezado por Madrid un viaje que la llevará por varias ciudades europeas. No es turismo posmoderno; es un viaje de despedida. Literalmente. Está gastando sus últimos pasos en mirar lo bello antes de que se bajen las persianas.
Con una copa de vino en la mano y los ojos húmedos, Marcela y yo nos mirábamos de frente y me confesaba que su mayor terror no es la certeza de desaparecer, ni el dolor físico que la espera en la última curva del camino. Su miedo, desprovisto de cualquier atisbo de egoísmo, es dejar sola a la gente que todavía la necesita. Piensa en su hija. Asume el miedo, asume la angustia y, sobre todo, asume la realidad. Sabe que de la muerte no se esconde nadie, pero ella ha tenido el dudoso privilegio de conocer, con margen de error de calendario, cuál es la fecha exacta de su billete de vuelta. Ahí es donde se te cae la copa de la mano y se te congela la sonrisa de tipo listo.
Nosotros, los que compramos el periódico, los que escribimos estas líneas, los que miramos el reloj con prisa, jugamos a una ruleta rusa diaria convencidos de que el tambor está vacío. Miramos a los enfermos terminales como si la enfermedad fuera un defecto de fábrica ajeno o una mala gestión de la salud pública y ocultamos la muerte. La hemos sacado de las casas, y la hemos confinado en tanatorios periféricos con olor a flores de plástico y ambientador industrial. Hemos decidido que morir es de mala educación, un fallo del sistema que es mejor no mentar para no estropear el simulacro de bienestar en el que flotamos.