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6 de julio de 1923: la Constitución de la URSS o la legalización de una inmensa cárcel de pueblos

6 de julio de 1923: la Constitución de la URSS o la legalización de una inmensa cárcel de pueblos
porJavier Garcia Isac
opinion

La opinión de Javier García Isac

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El 6 de julio de 1923 entraba en vigor la primera Constitución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Para muchos intelectuales occidentales de la época, aquella fecha representaba el nacimiento de un nuevo modelo político y social llamado a sustituir a las democracias liberales y a los viejos imperios europeos. Para millones de personas que quedaron atrapadas tras el Telón de Acero, sin embargo, aquella Constitución no fue más que la legalización jurídica de una de las mayores cárceles de pueblos jamás conocidas.


La propaganda soviética presentó aquel texto constitucional como un pacto voluntario entre naciones libres e iguales. Sobre el papel, las distintas repúblicas disponían incluso del derecho a abandonar la federación. La realidad, como ocurría siempre en los regímenes comunistas, era muy distinta. Nada podía hacerse sin el consentimiento de Moscú. Nada podía moverse sin la autorización del Partido Comunista. Nada escapaba al control de Rusia, heredera de facto del viejo imperio zarista.


La Constitución de 1923 no supuso la desaparición del imperialismo ruso. Simplemente lo vistió con un nuevo lenguaje revolucionario. Donde antes había zares, ahora había comisarios políticos. Donde antes había una autocracia imperial, ahora existía una dictadura de partido único. Donde antes se hablaba de súbditos, ahora se hablaba de camaradas. Pero el resultado era prácticamente el mismo: el sometimiento de decenas de pueblos a los designios de Moscú.

Lenin fue presentado como el arquitecto de aquel nuevo Estado. Su figura sigue siendo objeto de veneración por parte de numerosos sectores de la izquierda occidental, que prefieren olvidar la represión, las purgas iniciales, los campos de concentración y el terror revolucionario implantado desde los primeros años del régimen bolchevique. Cuando murió en enero de 1924, tras varios infartos cerebrales, ya había dejado perfectamente diseñada la maquinaria totalitaria que después perfeccionaría Stalin hasta extremos inimaginables.


Muchos de los que hoy condenan cualquier episodio autoritario de la historia contemporánea continúan mostrando una incomprensible indulgencia hacia el comunismo. Resulta llamativo comprobar cómo durante décadas una parte importante de las élites intelectuales europeas miró con admiración a la Unión Soviética mientras cerraba los ojos ante los millones de muertos provocados por el sistema. Intelectuales, periodistas, profesores universitarios y dirigentes políticos viajaban a Moscú para regresar fascinados por un supuesto paraíso obrero que en realidad ocultaba hambrunas, persecuciones, deportaciones masivas y una ausencia absoluta de libertades.

La Constitución soviética hablaba de federación. La realidad era dominación. Hablaba de igualdad. La realidad era sometimiento. Hablaba de autodeterminación. La realidad era represión.


Cuando Hungría intentó liberarse en 1956, los tanques soviéticos aplastaron la revuelta. Cuando Checoslovaquia quiso abrir una tímida vía de liberalización en 1968 durante la llamada Primavera de Praga, la respuesta volvió a ser la misma: divisiones blindadas entrando en el país para restaurar la obediencia. El supuesto derecho de autodeterminación recogido en los textos soviéticos desaparecía inmediatamente cuando alguna nación pretendía ejercerlo.

Ni siquiera los países satélites integrados en el Pacto de Varsovia podían tomar decisiones soberanas. Moscú dictaba la política exterior, la política económica y, en buena medida, la política interior de todo el bloque oriental. Aquello no era una alianza de naciones libres, sino un imperio sostenido por el miedo, la censura y la fuerza militar.


Mientras tanto, en Europa Occidental, muchos partidos comunistas seguían justificando lo injustificable. Algunos condenaban la energía nuclear francesa o el rearme occidental mientras guardaban silencio ante el gigantesco aparato militar soviético, el mayor de la historia hasta ese momento. Los mismos que hablaban constantemente de paz no parecían inquietarse por los misiles apuntando a las capitales europeas desde el otro lado del Telón de Acero.

La caída del Muro de Berlín en 1989 y la desaparición de la URSS en 1991 confirmaron lo que millones de ciudadanos ya sabían desde hacía décadas: el comunismo no había construido una sociedad más justa ni más libre. Había construido un sistema basado en el control absoluto del individuo, en la supresión de las libertades y en la eliminación sistemática de cualquier oposición.


La Constitución de 1923 fue uno de los pilares jurídicos de aquel gigantesco experimento totalitario. Un experimento que dejó tras de sí decenas de millones de víctimas, países devastados económicamente y generaciones enteras privadas de libertad.

Por eso conviene recordar esta efeméride sin nostalgia y sin romanticismos revolucionarios. La Unión Soviética no fue un paraíso frustrado. Fue una dictadura que convirtió la represión en sistema de gobierno. Fue una inmensa prisión de pueblos disfrazada de federación. Fue la demostración práctica de que las promesas de igualdad absoluta terminan demasiadas veces desembocando en la tiranía absoluta.

Y fue, sobre todo, el primer gran laboratorio de una ideología que durante el siglo XX sembró muerte, persecución y sufrimiento en buena parte del planeta. Una ideología cuya historia real, pese a los intentos de blanqueamiento, sigue escrita con demasiada frecuencia en los archivos de los campos de trabajo, en las fosas comunes y en la memoria de millones de víctimas olvidadas.


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