El miedo te corroe. Las hormonas de la adolescencia se mezclan con la responsabilidad y te desbordan: pasas del llanto a una extraña euforia en cuestión de segundos. Pero, con el tiempo, esa misma responsabilidad actúa como un faro que te obliga a madurar antes de lo previsto.
Con perspectiva, cada día estoy más convencido de que aquella paternidad prematura no hizo más que enderezar mi vida. Yo era un joven alocado más preocupado por el fútbol y por la fiesta que por cualquier otra cosa, acumulaba expulsiones del instituto por mala conducta, hasta el punto de que la institución escolar me llevó a un psicólogo juvenil para tratar mi conducta rebelde.
No obstante, cuando me enteré del embarazo, primero, y cuando nació mi hijo Robert, después, todo cambió dentro de mí. Se produjo un giro radical. Me volví, de la noche a la mañana, un chico responsable. Me centré en trabajar y formarme para darle a mi hijo un futuro digno, para que no le faltase absolutamente nada. Lo mismo ocurrió con su madre, que con solo 15 años se transformó en una mujer hecha y derecha, en una madre excelente que cuidaba de su pequeño sin nada que envidiar a cualquier otra madre adulta, supuestamente más madura.
Aquel alumbramiento fue un presente, una especie de dádiva del destino. Ni ella ni yo sabremos jamás qué habría sido de nuestras respectivas vidas sin la llegada de aquel bebé, pero sí coincidimos —aunque ya no estemos juntos desde hace mucho— en que todo lo que nos aportó ser padres en la adolescencia fue positivo.
La llegada al mundo de una criatura jamás debería considerarse una mala noticia. Sean cuales sean las circunstancias, el aborto no debería convertirse en la salida más rápida, cómoda o caprichosa. Es cierto que el cariño y apoyo de nuestras familias fueron fundamentales y que, por desgracia, no todos los jóvenes de este país conviven en ese escenario, aunque existen instituciones y personas dispuestas a ayudar, esas a las que pretende atar en corto el Ministerio de Igualdad.
Sea como fuere, antes de decidir terminar con una vida humana tan latente fuera como dentro del vientre materno, existen varias opciones: entre ellas, la más humana, aunque no menos dolorosa, es la de dar el bebé en adopción, en los casos más extremos o cuando las circunstancias hacen inviable el crecimiento y el desarrollo del niño en condiciones dignas dentro de un entorno familiar. Gracias a Dios, siempre habrá una familia dispuesta a cuidar, darle cariño y amor a ese milagro que se produce cada vez que la vida se abre paso de manera irrefrenable.