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OPINIÓN

SER PADRE A LOS DIECISÉIS

Por ROBERT HERNANDO

Cada cierto tiempo reaparece en el debate público español el controvertido asunto del aborto, convertido ya en arma arrojadiza recurrente de la política ideológica. La última polémica ha estallado tras las declaraciones de Ana Redondo, ministra de Igualdad, quien ha anunciado que desde el Instituto de las Mujeres se estudia la implantación de «un perímetro de seguridad» en torno a los centros donde se practican abortos, con el objetivo declarado de erradicar “la radicación y la ubicación de asociaciones antiabortistas” que, según sus palabras, solo buscan “accionar, hostigar y limitar el derecho de las mujeres”.

La formulación no puede ser más elocuente. Bajo la aparente defensa de derechos se desliza una concepción inquietante del espacio público: aquel en el que solo cabe la opinión oficial. Porque, traducido sin eufemismos, lo que se propone es blindar determinadas zonas frente a cualquier presencia incómoda, incluso cuando esta se limite —nos guste o no— a ofrecer información, apoyo o alternativas a mujeres que atraviesan una situación compleja.

En otras palabras, se pretende activar una suerte de santa compaña funcionarial que, en nombre de la protección, termine señalando, apartando o amedrentando a quienes discrepan. Paradójicamente, se denuncia el supuesto “hostigamiento” mientras se legitima un dispositivo de exclusión ideológica. Y así, lo que se presenta como garantía de libertad corre el riesgo de convertirse en su restricción selectiva.

Porque cuando el Estado decide qué voces pueden o no pueden situarse en el espacio público, el debate deja de ser debate y pasa a ser tutela y coacción selectiva.

Como padre que fui a los dieciséis años, en marzo de 1991, cuando me faltaban cinco meses para cumplir los diecisiete, puedo dar testimonio de algo que no aparece en estadísticas ni en debates televisados, un tema incómodo que parece tabú: aunque en un primer momento un embarazo prematuro y no deseado pueda parecer un abismo que se abre bajo tus pies, con el paso del tiempo puede convertirse, sin lugar a duda, en lo mejor que te ha ocurrido en la vida.

No voy a negar que ser padre o madre a esas edades, todavía frágiles y en plena construcción de la personalidad, no es fácil. Aún no has emprendido el vuelo en solitario, estás estudiando o empezando a transitar el mercado laboral. En mi caso, hacía ambas cosas, mientras que la madre —un año menor que yo— solo estudiaba en el instituto.

No cabe duda de que el apoyo familiar resulta vital. Nosotros, sin embargo, callamos el embarazo por miedo, por angustia, por una mezcla de pánico y negación. Vivíamos atrapados entre el temor y la incredulidad, como si aquello no fuese con nosotros, como si mantenerlo en silencio nos permitiera retrasar la realidad. Hasta que una visita médica de la madre hizo estallar la noticia como una auténtica bomba de relojería ante el estupor de nuestras respectivas familias.

El embarazo ya estaba muy avanzado: unos seis meses. Ya no quedaba otra opción que tirar hacia adelante con todas las consecuencias. Sin embargo, jamás se nos pasó por la cabeza la idea del aborto. Aquel niño estaba destinado a nacer. Íbamos a ser padres, y él iba a hacernos felices, a nosotros como pareja y también a nuestras familias. Aquella frase tan repetida, “siempre es mejor que lleguen a que se vayan”, se convirtió casi en un mantra, una brújula moral para encarar la paternidad y maternidad juveniles con coraje.

El miedo te corroe. Las hormonas de la adolescencia se mezclan con la responsabilidad y te desbordan: pasas del llanto a una extraña euforia en cuestión de segundos. Pero, con el tiempo, esa misma responsabilidad actúa como un faro que te obliga a madurar antes de lo previsto.

Con perspectiva, cada día estoy más convencido de que aquella paternidad prematura no hizo más que enderezar mi vida. Yo era un joven alocado más preocupado por el fútbol y por la fiesta que por cualquier otra cosa, acumulaba expulsiones del instituto por mala conducta, hasta el punto de que la institución escolar me llevó a un psicólogo juvenil para tratar mi conducta rebelde.

No obstante, cuando me enteré del embarazo, primero, y cuando nació mi hijo Robert, después, todo cambió dentro de mí. Se produjo un giro radical. Me volví, de la noche a la mañana, un chico responsable. Me centré en trabajar y formarme para darle a mi hijo un futuro digno, para que no le faltase absolutamente nada. Lo mismo ocurrió con su madre, que con solo 15 años se transformó en una mujer hecha y derecha, en una madre excelente que cuidaba de su pequeño sin nada que envidiar a cualquier otra madre adulta, supuestamente más madura.

Aquel alumbramiento fue un presente, una especie de dádiva del destino. Ni ella ni yo sabremos jamás qué habría sido de nuestras respectivas vidas sin la llegada de aquel bebé, pero sí coincidimos —aunque ya no estemos juntos desde hace mucho— en que todo lo que nos aportó ser padres en la adolescencia fue positivo.

La llegada al mundo de una criatura jamás debería considerarse una mala noticia. Sean cuales sean las circunstancias, el aborto no debería convertirse en la salida más rápida, cómoda o caprichosa. Es cierto que el cariño y apoyo de nuestras familias fueron fundamentales y que, por desgracia, no todos los jóvenes de este país conviven en ese escenario, aunque existen instituciones y personas dispuestas a ayudar, esas a las que pretende atar en corto el Ministerio de Igualdad.

Sea como fuere, antes de decidir terminar con una vida humana tan latente fuera como dentro del vientre materno, existen varias opciones: entre ellas, la más humana, aunque no menos dolorosa, es la de dar el bebé en adopción, en los casos más extremos o cuando las circunstancias hacen inviable el crecimiento y el desarrollo del niño en condiciones dignas dentro de un entorno familiar. Gracias a Dios, siempre habrá una familia dispuesta a cuidar, darle cariño y amor a ese milagro que se produce cada vez que la vida se abre paso de manera irrefrenable.

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