Hay momentos en la historia de una tierra en los que no basta con cambiar de siglas para cambiar el rumbo.
Andalucía afronta unas nuevas elecciones el próximo 17 de mayo con la sensación amarga de haber perdido una oportunidad histórica. Porque lo que parecía el inicio de una transformación profunda tras más de tres décadas de socialismo, ha terminado siendo, en muchos aspectos, una continuidad maquillada.
Durante más de 35 años, el PSOE convirtió Andalucía en su cortijo político. No fue solo una cuestión de gestión; fue un modelo. Un sistema basado en redes clientelares, en el control institucional, en la dependencia económica de amplias capas de la población y en la colonización de la administración. El escándalo de los ERE no fue una anomalía: fue la consecuencia lógica de un sistema que había degenerado hasta convertirse en una maquinaria al servicio del poder.
Nombres como Manuel Chaves o José Antonio Griñán no son episodios aislados, sino símbolos de una forma de gobernar que dejó a Andalucía en el furgón de cola de España en empleo, industria y desarrollo. Décadas de socialismo que no trajeron progreso, sino dependencia.
Y cuando por fin llegó el cambio, cuando los andaluces dijeron basta, lo hicieron con la esperanza de una ruptura real. Pero esa ruptura nunca se produjo.
El gobierno de Juanma Moreno Bonilla ha sido, en esencia, una oportunidad perdida. Ocho años en los que el Partido Popular ha optado por la gestión cómoda, por no molestar demasiado, por no desmontar las estructuras heredadas del socialismo. Se prometió una regeneración y lo que hemos visto ha sido una administración que, en muchos casos, ha mantenido intactos los mecanismos de poder anteriores.
No se ha producido la necesaria limpieza en profundidad. No se han desmantelado las redes clientelares. No se ha cambiado el modelo productivo. No se ha devuelto a Andalucía el dinamismo que merece. Se ha administrado la inercia.
Y en ese escenario aparece ahora como candidata socialista María Jesús Montero, la que fuera vicepresidenta del Gobierno y ministra de hacienda, pero sobre todo heredera directa de ese pasado que tanto daño ha hecho a Andalucía.
Porque Montero no es una figura nueva ni regeneradora. Es producto del sistema. Fue consejera en los gobiernos de los ERE, parte activa de esa etapa que hoy pretende blanquear. Y no solo eso: su discurso reciente, cargado de autosuficiencia, de autocomplacencia, de un concepto desmesurado de sí misma, supone un insulto a la inteligencia de los andaluces.







