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El ayuno del alma, el festín de la hipocresía…

El ayuno del alma, el festín de la hipocresía…
porEDATV
opinion

Por: Jota Camacho

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España es ese país atípico, donde un ministro puede declararse laicista militante por la mañana y, por la tarde, reservar mesa en un chiringuito de la costa aprovechando el festivo que le brinda la misma Iglesia a la que aspira a desahuciar del espacio público. Esa es la gimnasia mental de nuestra izquierda patria: una estirpe de iluminados que confunden la aconfesionalidad del Estado con una amnesia colectiva obligatoria, pero que son incapaces de renunciar a las vacaciones fachas, mientras se llenan la boca de desprecio hacia el incienso.

No es una simple cuestión de fe, aunque para muchos sea el eje de nuestra existencia. Es el triunfo de la realidad sobre el decreto. La Semana Santa no es un accidente en el calendario laboral; es el sedimento de siglos de una civilización que decidió sacar el dogma a la calle para que el pueblo, y no solo las élites, pudieran tocar la trascendencia. Desde que el Concilio de Trento nos convirtió en el bastión de la Contrarreforma, España no ha hecho otra cosa que perfeccionar el arte de la belleza como resistencia.

A los líderes del laicismo conviene recordarles que España no es Francia. Nuestra Constitución de 1978, parida en un ejercicio de cordura que hoy parece ciencia ficción bajo el gobierno de la UCD, fue meridiana. El artículo 16.3 no es un brindis al sol: es el reconocimiento legal de que el Estado no tiene religión, pero sí tiene memoria. Los poderes públicos están obligados a cooperar con la Iglesia Católica porque es el sustrato que nos mantiene unidos cuando todo lo demás falla.

Sin embargo, el progresismo actual, se deshace en genuflexiones ante el Ramadán para demostrar lo abierto que es mientras escupe sobre una procesión en Valladolid y otra en Sevilla. Parece haber olvidado que el bienestar del que disfrutan emana de esta tradición. Porque: ¿dónde están los defensores de la jornada laboral intensiva cuando llega el Estatuto de los Trabajadores de 1980? Ese texto, que blindó el Jueves y Viernes Santo, es el que permite que el progre se vaya a Huelva a ponerse ciego de gambas o al Cantábrico a buscar el mejor rodaballo, todo ello mientras tuitea sandeces sobre la oscuridad medieval de nuestras cofradías.

Si por la izquierda fuera, viviríamos en una especie de páramo gris donde lo único sagrado sería la agenda de género. Pero la economía, esa ciencia tan terca, les devuelve siempre a la casilla de salida. La Semana Santa es el mayor plan de choque económico que conoce este país, y lo hace sin necesidad de ministerios de propaganda.

Estamos hablando de un impacto que acaricia los 4.000 millones de euros. Mientras ellos se dedican a teorizar, la España real, la que madruga y se ducha, ha rozado el 90% de ocupación hotelera. Es la hostelería, ese sector que la izquierda desprecia sistemáticamente, la que respira gracias a que muchos de esos españoles deciden que merece la pena viajar para ver a un Cristo salir de una iglesia. Es el turismo nacional, el de las familias que gastan su dinero en el comercio local, el que mantiene vivo el patrimonio que luego los políticos se apresuran a usar para sus fotos de promoción turística.

Incluso desde la salud mental, ese término que tanto les gusta manosear, el parón de primavera es terapia nacional. Un descanso que previene el agotamiento y reajusta el espíritu. Pero claro, reconocer que el bienestar del trabajador español está ligado al calendario litúrgico sería admitir una derrota ideológica que sus egos no pueden permitirse.

Me produce asco la asimetría moral de esta hornada de políticos y haters comentaristas de sofá. Con su empeño de pisotear lo sagrado mediante la provocación. Lo vimos en Valencia, donde el PSOE no tuvo reparo en autorizar un festival de reggaetón a escasos metros de una procesión, pretendiendo que el estruendo chabacano asfixiara el silencio del recogimiento. En Calatayud, una Charo enloquecida increpó a los Nazarenos. O en el País Vasco, donde la ignominia fue superior, al permitir que una carrera en favor de los presos de la banda terrorista ETA, la llamada Korrika, reventara el paso de una cofradía, obligando a los fieles a convivir con el homenaje a los verdugos en mitad de su penitencia. Son los mismos que se mofan de la España cañí, pero guardan silencio ante cualquier otra manifestación religiosa que no huela a incienso. Les asusta la Cruz porque la Cruz les recuerda quiénes somos y de dónde venimos; les recuerda que hay una jerarquía de valores que no pueden controlar con una ley de cuotas o un taller de nuevas masculinidades.

Ver a un costalero de veinte años, con el cuello castigado por el peso y el orgullo intacto, es la mayor bofetada que puede recibir el nihilismo progresista. Es la prueba de que el sacrificio y la tradición son conceptos más poderosos que el hedonismo barato que nos venden por Tele Pedro.

Por eso, mi reflexión para este sector que hoy deshace las maletas, a la vuelta de sus vacaciones, mientras desprecia la fe de sus abuelos, es sencillo: sean coherentes. Si la Semana Santa es un rito obsoleto y el catolicismo una lacra, el próximo Jueves Santo de 2027, acudan a sus trabajos. Y hagan eso… trabajen. Renuncien al festivo de la Iglesia opresora. Den ejemplo de su laicismo militante en la oficina mientras los demás celebramos la vida, la muerte y la resurrección.

Pero no lo harán. Unos por su incoherencia y otros porque, instalados en la cultura de la paguita y el subsidio, han olvidado lo que significa trabajar, o nunca lo han sabido; prefieren vivir del esfuerzo ajeno a la vez que demuelen los cimientos de la nación. Se comerán las gambas, disfrutarán del sol y regresarán con un tono de piel envidiable a sus sofás, blindados por una herencia que no comprenden y que, afortunadamente, no han logrado destruir. A ellos se contrapone otra España silenciosa, la de los tibios, gente de centro que hoy camina huérfana tras la desaparición de Ciudadanos, que ya no está para recogerlos ni representarlos. Son personas que, aunque no hayan definido su posición porque transitan constantemente entre matices, poseen la elegancia de respetar lo que nos vertebra; su silencio y su apatía ante el ruido es infinitamente más digna que las pataletas vomitivas de los progres. Tras siete años de este infierno de escándalos, corrupción y amaños de escaños para gobernar desde el fracaso y sin presupuestos generales; espero que este sector de la sociedad, sepa a quien votar en las próximas autonómicas y en las generales (si es que el Adonis cadavérico llega a convocarlas). Porque España sigue oliendo a azahar y a incienso, y nuestra economía sigue, como sigue...

Contra eso, y contra el sentido común de quienes respetan la tradición, aunque no participen en ella, no hay ingeniería social que valga.

Feliz vuelta al trabajo a las personas de buena voluntad. Y a los demás... disfruten de la digestión de las gambas que se han comido este puente, que se las debemos a los mismos que ustedes tanto odian.


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