Me produce asco la asimetría moral de esta hornada de políticos y haters comentaristas de sofá. Con su empeño de pisotear lo sagrado mediante la provocación. Lo vimos en Valencia, donde el PSOE no tuvo reparo en autorizar un festival de reggaetón a escasos metros de una procesión, pretendiendo que el estruendo chabacano asfixiara el silencio del recogimiento. En Calatayud, una Charo enloquecida increpó a los Nazarenos. O en el País Vasco, donde la ignominia fue superior, al permitir que una carrera en favor de los presos de la banda terrorista ETA, la llamada Korrika, reventara el paso de una cofradía, obligando a los fieles a convivir con el homenaje a los verdugos en mitad de su penitencia. Son los mismos que se mofan de la España cañí, pero guardan silencio ante cualquier otra manifestación religiosa que no huela a incienso. Les asusta la Cruz porque la Cruz les recuerda quiénes somos y de dónde venimos; les recuerda que hay una jerarquía de valores que no pueden controlar con una ley de cuotas o un taller de nuevas masculinidades.
Ver a un costalero de veinte años, con el cuello castigado por el peso y el orgullo intacto, es la mayor bofetada que puede recibir el nihilismo progresista. Es la prueba de que el sacrificio y la tradición son conceptos más poderosos que el hedonismo barato que nos venden por Tele Pedro.
Por eso, mi reflexión para este sector que hoy deshace las maletas, a la vuelta de sus vacaciones, mientras desprecia la fe de sus abuelos, es sencillo: sean coherentes. Si la Semana Santa es un rito obsoleto y el catolicismo una lacra, el próximo Jueves Santo de 2027, acudan a sus trabajos. Y hagan eso… trabajen. Renuncien al festivo de la Iglesia opresora. Den ejemplo de su laicismo militante en la oficina mientras los demás celebramos la vida, la muerte y la resurrección.
Pero no lo harán. Unos por su incoherencia y otros porque, instalados en la cultura de la paguita y el subsidio, han olvidado lo que significa trabajar, o nunca lo han sabido; prefieren vivir del esfuerzo ajeno a la vez que demuelen los cimientos de la nación. Se comerán las gambas, disfrutarán del sol y regresarán con un tono de piel envidiable a sus sofás, blindados por una herencia que no comprenden y que, afortunadamente, no han logrado destruir. A ellos se contrapone otra España silenciosa, la de los tibios, gente de centro que hoy camina huérfana tras la desaparición de Ciudadanos, que ya no está para recogerlos ni representarlos. Son personas que, aunque no hayan definido su posición porque transitan constantemente entre matices, poseen la elegancia de respetar lo que nos vertebra; su silencio y su apatía ante el ruido es infinitamente más digna que las pataletas vomitivas de los progres. Tras siete años de este infierno de escándalos, corrupción y amaños de escaños para gobernar desde el fracaso y sin presupuestos generales; espero que este sector de la sociedad, sepa a quien votar en las próximas autonómicas y en las generales (si es que el Adonis cadavérico llega a convocarlas). Porque España sigue oliendo a azahar y a incienso, y nuestra economía sigue, como sigue...
Contra eso, y contra el sentido común de quienes respetan la tradición, aunque no participen en ella, no hay ingeniería social que valga.
Feliz vuelta al trabajo a las personas de buena voluntad. Y a los demás... disfruten de la digestión de las gambas que se han comido este puente, que se las debemos a los mismos que ustedes tanto odian.