Hay fechas que no se borran del alma de un pueblo. Y el 20 de noviembre es una de ellas. Dos hombres, separados por cuarenta años, pero unidos por un mismo ideal, un mismo amor a España y un mismo sacrificio, marcaron para siempre la historia de nuestra nación: José Antonio Primo de Rivera, el Ausente, fusilado tras un juicio bufo ordenado por el Frente Popular en 1936, y Francisco Franco Bahamonde, el Caudillo, fallecido en 1975, dejando tras de sí una obra que hizo de España una nación moderna, cohesionada, respetada y en paz.
Aquel 20 de noviembre de 1975, España se despertaba en silencio. Franco había muerto. Tras casi cuarenta años de gobierno, el Jefe del Estado, el hombre que reconstruyó una nación arrasada por la guerra civil, había entregado su alma a Dios. Desde primeras horas de la mañana, las calles de Madrid se llenaron de gente. Millones de españoles —hombres y mujeres de todas las edades, de todos los rincones del país— hicieron interminables colas para darle su último adiós. El pueblo sencillo, el que trabajaba, el que había conocido el hambre y después la prosperidad, acudía a despedirse del hombre que les había devuelto la dignidad.
Se calcula que más de un millón de personas pasaron ante su féretro en la capilla ardiente instalada en el Palacio de Oriente. Muchos lloraban. Otros rezaban. Algunos simplemente guardaban silencio. En aquellas colas había emoción sincera, sentimiento profundo y gratitud. Y sin embargo, al día siguiente ya había quienes, movidos por el instinto del poder y del acomodo, comenzaban a negociar su lugar en el nuevo régimen que se avecinaba. No pensaban en España. Pensaban en su vientre, en su carrera, en su supervivencia. Así nacieron los oportunistas de la llamada “Transición”, que convirtieron el legado de reconciliación y grandeza del franquismo en un proceso de claudicación y entrega.
Franco se fue con España unida, sin separatismos, con pleno empleo, con una economía en crecimiento, con la seguridad en las calles y el respeto del mundo. Dejó una clase media fuerte, un país industrializado, con universidades, embalses, autopistas, vivienda digna y moral cristiana. En menos de medio siglo se pasó del arado de madera a la industria moderna. Y todo eso, lo que tanto costó construir, lo lapidaron en apenas unas décadas quienes heredaron el poder sin haber derramado una gota de sudor por levantar la patria.
Porque el 20 de noviembre también es el día de José Antonio, aquel joven idealista que soñó con una España grande, justa y libre, en la que el trabajo fuera dignificado y la justicia social no dependiera de doctrinas extranjeras. Fue asesinado cobardemente en la cárcel de Alicante, tras un juicio grotesco y manipulado por el propio Largo Caballero, símbolo de un socialismo violento, revanchista y sectario. José Antonio fue víctima de los mismos que hoy, noventa años después, siguen gobernando con el mismo odio, con el mismo resentimiento y la misma voluntad de destruir lo que España representa.
El Partido Socialista, el mismo que tuvo las manos manchadas de sangre en 1936, es el mismo que hoy profana su tumba, que destroza su memoria, que pisotea su nombre y el de tantos héroes que murieron por España. Han exhumado, han profanado, han mentido, pero no han vencido, porque los ideales no se entierran con los cuerpos, y la verdad histórica no se borra con decretos ni leyes de memoria.







