Aquel 21 de noviembre de 1975, España amaneció muda. Las emisoras de radio seguían repitiendo marchas fúnebres, los periódicos agotaban sus ediciones y en cada casa, en cada rincón de la nación, flotaba una mezcla extraña de dolor, incertidumbre y respeto. Había muerto Francisco Franco, el Jefe del Estado que había gobernado España durante casi cuatro décadas, y el país entero se encontraba en una suerte de trance colectivo.
El día anterior, millones de españoles habían llorado su muerte. A partir de ese momento, comenzó un duelo que fue tan sentido como sincero. Se calcula que más de un millón de personas acudieron a rendirle tributo en el Palacio de Oriente y después en el Valle de los Caídos. Ancianos, campesinos, militares, obreros, monjas, estudiantes, todos unidos en una misma emoción: la gratitud hacia quien había devuelto la paz y la unidad a España tras una guerra fratricida.
Pero el 21 de noviembre marcó algo más que el final de una vida: fue el comienzo de una nueva era. España se encontraba suspendida entre el respeto al pasado y la curiosidad —y el temor— hacia lo que vendría. En las calles, la gente seguía guardando luto, pero en los despachos del poder ya se movían las piezas del futuro. Algunos hablaban de continuidad; otros, de cambio. Y entre bastidores, se preparaba la ceremonia del 22 de noviembre, en la que Juan Carlos de Borbón sería proclamado Rey de España.
Aquel día, el país entero aguardaba con expectación. Las portadas de los periódicos mostraban el rostro sereno del joven monarca junto al retrato solemne del Caudillo. Era el símbolo de un relevo que, en apariencia, aseguraba la estabilidad. Nadie podía sospechar que, en realidad, aquel relevo abriría la puerta a una lenta pero inexorable decadencia nacional.
Durante esas horas de luto, España seguía siendo una nación orgullosa de sí misma, con fronteras seguras, una economía emergente, una sociedad moralmente cohesionada y un sentimiento de orgullo patrio que atravesaba generaciones. Aún no se había derrumbado el sistema educativo, aún no se había sembrado la semilla del separatismo ni del relativismo moral. Todo eso vendría después, bajo el largo y decepcionante reinado de quien juró fidelidad a los Principios del Movimiento y acabó traicionándolos sin el menor pudor.







