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Multar sí, mantener no: el gran negocio de la DGT mientras España se cae a pedazos

Multar sí, mantener no: el gran negocio de la DGT mientras España se cae a pedazos
Pere Navarro
porJavier Garcia Isac
opinion

La opinión de Javier García Isac de hoy, miércoles 22 de abril de 2026

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España bate récords de recaudación en multas de tráfico mientras sus carreteras se deterioran a un ritmo alarmante. La Dirección General de Tráfico presume de ingresos, pero guarda silencio sobre el destino de ese dinero. ¿Seguridad vial, o caja recaudatoria?


Hay algo profundamente obsceno en que el Estado saque pecho mientras aprieta el cuello de los ciudadanos. Y eso es exactamente lo que estamos viendo con la Dirección General de Tráfico: cifras récord de multas, campañas constantes de sanción y un discurso oficial que insiste, casi de forma mecánica, en que todo se hace “por nuestra seguridad”.

Pero basta con salir a cualquier carretera secundaria —y muchas principales— para desmontar esa mentira.

Baches, firme deteriorado, señalización deficiente, quitamiedos obsoletos, iluminación inexistente en tramos peligrosos. Esa es la realidad cotidiana de millones de españoles.

Una realidad que contrasta brutalmente con los anuncios luminosos que nos advierten de la velocidad o con los radares estratégicamente colocados donde más rentable resulta sancionar.

Porque de eso se trata: de rentabilidad.


El Estado recaudador frente al ciudadano exprimido


El problema no es que existan normas. El problema es que las normas se han convertido en un instrumento fiscal encubierto. La Dirección General de Tráfico ya no actúa como un organismo al servicio de la seguridad vial, sino como una máquina perfectamente engrasada de recaudación.

Y lo más grave es el cinismo.

Nos dicen que las multas salvan vidas, pero no invierten en carreteras seguras. Nos hablan de concienciación, pero multiplican radares en rectas sin peligro mientras abandonan puntos negros históricos. Nos exigen responsabilidad, pero ellos gestionan con irresponsabilidad absoluta.

¿Dónde está el dinero?

Esa es la gran pregunta que nadie responde.


Carreteras abandonadas, infraestructuras en ruina


España, que fue referencia en infraestructuras durante décadas, hoy muestra síntomas evidentes de deterioro. Y no es casualidad.

El Ministerio dirigido por Óscar Puente ha asumido con total normalidad el abandono progresivo del mantenimiento. No hay inversión suficiente, no hay planificación a largo plazo, y lo que es peor: no hay voluntad política.

Las carreteras envejecen, se degradan, se vuelven peligrosas, y mientras tanto, el ciudadano paga más que nunca.

Y no solo en asfalto.

El ferrocarril, que debería ser alternativa y orgullo nacional, también sufre un deterioro alarmante: incidencias constantes, falta de mantenimiento, retrasos, averías, muertes, todo ello mientras el discurso oficial insiste en una supuesta modernización que no se corresponde con la experiencia real del usuario.


El gran engaño de la “seguridad” y la “sostenibilidad”


Durante años nos vendieron que las restricciones, las sanciones y los cambios normativos tenían un objetivo: salvar vidas y proteger el medio ambiente.

Hoy sabemos que no era cierto.

Las ciudades expulsan al ciudadano de su propio centro. Se penaliza el vehículo privado, se imponen zonas de bajas emisiones, se obliga a cambiar de coche, y ahora descubrimos que ni siquiera hay capacidad para absorber ese cambio.

Nos dijeron que el coche eléctrico era el futuro. Ahora resulta que “no caben” en las ciudades.

Nos dijeron que era por el clima. Pero lo que vemos es negocio.

Negocio en forma de multas.

Negocio en forma de impuestos.

Negocio en forma de sanciones por acceder a tu propia ciudad.


Una administración que castiga en lugar de proteger


El ciudadano no es el enemigo. Pero el Estado actúa como si lo fuera.

Se nos vigila, se nos sanciona, se nos exprime, mientras se descuida lo esencial: garantizar unas infraestructuras dignas y seguras.

El mensaje es claro:

si hay dinero, es para recaudar;

si hay responsabilidades, son del ciudadano.

Nunca de la administración.

¿Dónde va el dinero?

Esa es la pregunta que debería abrir informativos, ocupar portadas y provocar dimisiones.

Porque no estamos hablando de pequeñas cantidades. Estamos hablando de cientos de millones de euros anuales que salen directamente del bolsillo de los conductores.

¿Se reinvierten en carreteras?

No lo parece.

¿Se destinan a mejorar la seguridad vial?

Los datos de deterioro lo desmienten.

¿Se utilizan para tapar agujeros presupuestarios o financiar estructuras innecesarias?

Cada vez son más los indicios.


El negocio de multar


Lo que estamos viviendo no es una política de seguridad vial. Es un modelo de recaudación sistemática.

Un modelo en el que el ciudadano paga más y recibe menos.

Un modelo en el que se presume de ingresos mientras se oculta el abandono.

Un modelo en el que la Dirección General de Tráfico ha dejado de ser garante de seguridad para convertirse en símbolo de un Estado voraz.

Y ante esto, solo cabe una exigencia:

transparencia, inversión y responsabilidad.

Porque si de verdad se tratara de salvar vidas, lo primero que harían sería arreglar las carreteras.

Todo lo demás es propaganda.


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