El llamado Régimen del 78 no se levantó sobre consensos reales ni sobre una verdad compartida. Se edificó sobre un Himalaya de mentiras, silencios obligatorios y relatos impuestos, y una de sus piedras angulares fue el 23 de febrero de 1981 y todo lo que vino después. Aquella jornada no sólo sirvió para reordenar el poder: sirvió para fabricar un mito fundacional que aún hoy sigue blindado por el tabú.
La gran falsedad consiste en presentar el 23-F como un golpe militar clásico derrotado por la firmeza democrática de las instituciones. Nada más lejos de la realidad. El golpe fue una operación fallida reconvertida en coartada moral. Y a partir de ahí, todo se construyó sobre el miedo: miedo al Ejército, miedo al pasado, miedo a discrepar.
La imagen más obscena de esa mentira colectiva fue la gran manifestación posterior, esa marcha pretendidamente espontánea en defensa de la democracia, encabezada por los mismos políticos que conocían perfectamente la verdad de lo ocurrido. Marchaban en primera fila quienes sabían que el golpe no había sido lo que se contaba, pero entendían que el relato era útil, necesario y rentable.
Allí estaban los arquitectos del nuevo régimen, los beneficiarios directos del 23-F, caminando solemnemente entre “consignas” constitucionales, como si no supieran nada, como si no hubieran participado, como si no hubieran asentido. Aquella manifestación no fue un acto de defensa de la democracia: fue un ritual de consagración del engaño.
Desde ese momento, cualquier crítica al sistema quedaba automáticamente deslegitimada. El miedo al golpe se convirtió en chantaje permanente.
Todo el que cuestionara el rumbo político era sospechoso de golpismo. Todo el que hablara de soberanía, de patria o de orden era señalado como amenaza. El 23-F pasó a ser una pistola encima de la mesa del debate público.
El principal damnificado fue el Ejército. Las Fuerzas Armadas Españolas, que no habían protagonizado el golpe como institución, fueron convertidas en culpables colectivas. Se instauró una sospecha permanente sobre los mandos, se frenaron carreras, se purgó el espíritu y se laminó cualquier atisbo de independencia. El mensaje era inequívoco: el Ejército debía obedecer y callar.







