Logo edatv.news
Logo twitter
Manifestación en blanco y negro con un grupo de hombres trajeados sosteniendo una gran pancarta con la palabra libertad visible en primer plano
OPINIÓN

Después del 23-F: el miedo como cimiento y la gran mentira del Régimen del 78

La opinión de Javier García Isac de hoy, miércoles 25 de febrero de 2026

El llamado Régimen del 78 no se levantó sobre consensos reales ni sobre una verdad compartida. Se edificó sobre un Himalaya de mentiras, silencios obligatorios y relatos impuestos, y una de sus piedras angulares fue el 23 de febrero de 1981 y todo lo que vino después. Aquella jornada no sólo sirvió para reordenar el poder: sirvió para fabricar un mito fundacional que aún hoy sigue blindado por el tabú.

La gran falsedad consiste en presentar el 23-F como un golpe militar clásico derrotado por la firmeza democrática de las instituciones. Nada más lejos de la realidad. El golpe fue una operación fallida reconvertida en coartada moral. Y a partir de ahí, todo se construyó sobre el miedo: miedo al Ejército, miedo al pasado, miedo a discrepar.

La imagen más obscena de esa mentira colectiva fue la gran manifestación posterior, esa marcha pretendidamente espontánea en defensa de la democracia, encabezada por los mismos políticos que conocían perfectamente la verdad de lo ocurrido. Marchaban en primera fila quienes sabían que el golpe no había sido lo que se contaba, pero entendían que el relato era útil, necesario y rentable.

Allí estaban los arquitectos del nuevo régimen, los beneficiarios directos del 23-F, caminando solemnemente entre “consignas” constitucionales, como si no supieran nada, como si no hubieran participado, como si no hubieran asentido. Aquella manifestación no fue un acto de defensa de la democracia: fue un ritual de consagración del engaño.

Desde ese momento, cualquier crítica al sistema quedaba automáticamente deslegitimada. El miedo al golpe se convirtió en chantaje permanente.

Todo el que cuestionara el rumbo político era sospechoso de golpismo. Todo el que hablara de soberanía, de patria o de orden era señalado como amenaza. El 23-F pasó a ser una pistola encima de la mesa del debate público.

El principal damnificado fue el Ejército. Las Fuerzas Armadas Españolas, que no habían protagonizado el golpe como institución, fueron convertidas en culpables colectivas. Se instauró una sospecha permanente sobre los mandos, se frenaron carreras, se purgó el espíritu y se laminó cualquier atisbo de independencia. El mensaje era inequívoco: el Ejército debía obedecer y callar.

Y mientras tanto, el sistema se blindaba. La Corona, personificada en Juan Carlos I, quedó sacralizada. Cuestionar al Rey era cuestionar la democracia. Cuestionar el 23-F era cuestionar la Constitución. Todo quedó atado en un nudo perfecto de inmunidad política y moral.

El gran ganador de ese proceso fue el PSOE. Felipe González y los suyos entendieron como nadie el momento histórico. El país había sido aterrorizado, disciplinado y dirigido hacia una conclusión inevitable: sólo el PSOE garantizaba estabilidad. No era una victoria electoral; era una investidura sistémica.

La mayoría absoluta de 1982 no se explica sin el miedo inoculado tras el 23-F. Tampoco se explica sin la criminalización deliberada de cualquier opción patriótica, sin la desaparición política de quienes no aceptaron el nuevo marco o sin la domesticación definitiva de la derecha. No se trataba de alternancia, sino de cierre.

Desde entonces, el Régimen del 78 ha vivido de ese mito. Cada crisis se ha resuelto agitando el espantajo del pasado. Cada disidencia ha sido silenciada con el recuerdo del golpe. La mentira se convirtió en norma y la norma en dogma. Y como toda mentira fundacional, exige ser protegida a cualquier precio.

Hoy, más de cuatro décadas después, el 23-F sigue siendo intocable. No porque no se conozca la verdad, sino porque la verdad haría temblar los cimientos. Haría evidente que el régimen no nace de la democracia plena, sino de una operación de poder ejecutada con miedo, manipulación y propaganda.

El 23-F no consolidó la democracia. Consolidó un sistema basado en el chantaje moral, la desmemoria y la desactivación del pueblo. Y mientras no se desmonte esa mentira, seguirá siendo imposible una verdadera reconciliación con nuestra historia reciente.

Porque ningún régimen construido sobre el engaño puede llamarse libre. Y ninguna democracia puede sobrevivir eternamente huyendo de su propia verdad.

➡️ Opinión

Más noticias: