Durante meses se nos dijo que la final del Mundial de 2030 debía disputarse en el estadio Santiago Bernabéu
Hay noticias que, por sí solas, parecen menores. Un rumor sobre la sede de una final de un Mundial de fútbol podría parecer una simple cuestión deportiva. Pero no lo es. Nunca lo es cuando detrás de una decisión aparentemente inocente se esconde toda una estrategia geopolítica y, sobre todo, cuando esa estrategia se desarrolla a costa de España.
Durante meses se nos dijo que la final del Mundial de 2030 debía disputarse en el estadio Santiago Bernabéu. Era lo lógico. España era la gran anfitriona europea del campeonato junto a Portugal, disponía del estadio más moderno del continente y reunía todos los requisitos deportivos, económicos y logísticos.
Sin embargo, ahora empiezan a surgir informaciones que apuntan a que la FIFA podría estar valorando trasladar esa final a Casablanca, donde Marruecos construye un gigantesco estadio con el objetivo declarado de convertirse en el gran escaparate del fútbol mundial.
Si finalmente ocurriera, no sería una derrota deportiva. Sería una derrota política. Una más.
Porque Marruecos hace tiempo que dejó de ocultar sus ambiciones expansionistas. Lo demuestra diariamente en Ceuta, en Melilla, en Canarias, en las aguas territoriales, en la presión migratoria utilizada como arma política y en su permanente reivindicación de territorios españoles. Lo hace porque sabe que enfrente tiene un Gobierno incapaz de defender un solo interés nacional.
Pero sería un error cargar toda la responsabilidad sobre Rabat.
Marruecos hace lo que cualquier Estado hace: defender sus intereses.
El problema es España.
El problema es un Gobierno que ha convertido nuestra política exterior en un ejercicio permanente de cesiones, silencios y humillaciones.
Lo vimos con el Sáhara Occidental, cuando Pedro Sánchez cambió unilateralmente décadas de posición diplomática sin consultar siquiera al Parlamento.
Lo hemos visto con la presión migratoria sobre Ceuta y Canarias.
Lo vemos con la creciente influencia marroquí sobre nuestras decisiones estratégicas.
Y ahora podríamos verlo también en algo que muchos consideran anecdótico, pero que simboliza perfectamente la pérdida de peso internacional de España: permitir que la gran final del Mundial abandone el país para convertirse en otro éxito diplomático de Mohamed VI.
Todo suma.
Nada ocurre por casualidad.
Mientras España renuncia a defender sus intereses, Marruecos multiplica los suyos.
Mientras nuestro Gobierno vive pendiente de sobrevivir una semana más, Rabat planifica décadas.
Mientras aquí discutimos sobre propaganda, allí construyen influencia.
Mientras nosotros cedemos, ellos avanzan.
La política internacional nunca admite vacíos. Cuando una nación deja de ejercer liderazgo, otro ocupa inmediatamente ese espacio.
Eso exactamente está ocurriendo.
España ha dejado de ser un actor respetado para convertirse en un socio previsible, dócil y permanentemente dispuesto a aceptar cualquier imposición.
Lo más preocupante es que esta dinámica no afecta únicamente al deporte.
El fútbol es únicamente el escaparate visible.
Detrás llegan los intereses económicos, los estratégicos, los energéticos y, finalmente, los territoriales.
Cuando un país pierde autoridad internacional, acaba perdiendo también capacidad para defender su soberanía.
La historia debería habernos enseñado esa lección.
Durante el siglo XIX España fue perdiendo lentamente influencia internacional. Primero llegaron las cesiones diplomáticas. Después las derrotas políticas. Finalmente llegaron las pérdidas territoriales y el desastre del 98, cuando desapareció prácticamente el último vestigio del imperio español.
No fue una catástrofe que ocurriera de la noche a la mañana.
Fue una decadencia lenta, alimentada por gobiernos débiles, por divisiones internas y por dirigentes incapaces de comprender que la política exterior comienza defendiendo con firmeza los propios intereses nacionales.
Hoy, en pleno siglo XXI, nadie habla de imperios.
Pero sí hablamos de dignidad nacional.
Y esa dignidad también puede perderse poco a poco.
Cada cesión aparentemente insignificante termina convirtiéndose en un precedente.
Cada silencio se interpreta como debilidad.
Cada humillación invita a exigir la siguiente.
Por eso la posible pérdida de la final del Mundial no debería verse como un simple cambio de escenario deportivo.
Es un síntoma.
El síntoma de una España que ya ni siquiera pelea por aquello que le corresponde.
Y mientras tanto Marruecos continúa avanzando, consciente de que enfrente no encuentra resistencia.
La responsabilidad, insisto, no es de Marruecos.
Un Estado tiene la obligación de defender sus intereses nacionales.
La responsabilidad recae sobre quienes gobiernan España y parecen haber olvidado que fueron elegidos precisamente para hacer eso: defender España.
Cuando un Gobierno deja de hacerlo, el país pierde prestigio, pierde influencia y termina perdiendo incluso aquello que parecía asegurado.
Porque la soberanía no siempre se pierde con una guerra.
A veces se pierde mediante una interminable sucesión de renuncias aceptadas con resignación.
Y quizá ese sea el verdadero drama de la España actual: que ya casi nadie parece escandalizarse cuando volvemos a ceder.