EDATV News logo
X

Mao, el hombre que quiso crear un hombre nuevo y dejó millones de muertos

Mao, el hombre que quiso crear un hombre nuevo y dejó millones de muertos
por Javier Garcia Isac
9 de septiembre de 2026 a las 07:15
opinion

La opinión de Javier Isac

Agregar EDATV en
Compartir:

El 9 de septiembre de 1976 moría en Pekín Mao Zedong.

Tenía 82 años.

Para millones de chinos era el Gran Timonel, el padre de la revolución, el hombre que había derrotado a sus enemigos, proclamado la República Popular China y devuelto a un país humillado durante décadas la sensación de volver a ser dueño de su destino.

Para otros muchos había sido el responsable de una de las mayores tragedias humanas del siglo XX.

Cincuenta años después de su muerte, su enorme retrato continúa presidiendo la plaza de Tiananmén.

Ésa es quizá la mejor explicación de la China contemporánea.

Mao murió.

El maoísmo económico fue enterrado.

China abrazó el mercado, la empresa, la inversión, el beneficio y un capitalismo de estado.

Pero el Partido Comunista sobrevivió.

Y Mao también.

EL HOMBRE QUE TODAVÍA VIGILA TIANANMÉN

Hay algo extraordinariamente simbólico en contemplar la China actual.

Uno puede caminar por Shanghái entre rascacielos, centros comerciales, automóviles de lujo, bancos, multinacionales y empresarios multimillonarios.

Puede comprar prácticamente cualquier producto occidental.

Puede contemplar algunas de las empresas tecnológicas más poderosas del planeta.

Puede descubrir una economía que compite directamente con Estados Unidos.

Y después viajar a Pekín.

Llegar a Tiananmén.

Levantar la vista.

Y allí está Mao.

Observándolo todo.

El mismo hombre que combatió la propiedad privada, persiguió a empresarios, colectivizó el campo y pretendió transformar radicalmente la sociedad china continúa presidiendo simbólicamente un país convertido en una de las grandes potencias comerciales del capitalismo mundial.

Pocas paradojas históricas resultan tan fascinantes.

Pero para comprenderlas hay que regresar al principio.

CHINA ANTES DE MAO

China llegó al siglo XX exhausta.

Había sufrido la decadencia de la dinastía Qing, las guerras del Opio, la intervención extranjera, levantamientos internos y una profunda debilidad institucional.

La República proclamada en 1912 tampoco consiguió estabilizar inmediatamente el país.

China terminó fragmentada entre señores de la guerra, nacionalistas y comunistas.

Y entonces aparecieron dos hombres destinados a enfrentarse durante décadas.

Chiang Kai-shek.

Y Mao Zedong.

El primero acabaría encabezando el Kuomintang nacionalista.

El segundo convertiría un pequeño Partido Comunista en una formidable maquinaria revolucionaria y de matar, que es lo que mejor saben hacer los comunistas a través de su dilatada historia.

La guerra entre ambos fue larga, brutal y extraordinariamente compleja.

Porque mientras chinos nacionalistas y comunistas combatían entre ellos apareció un enemigo todavía más peligroso.

Japón.

UNA GUERRA TERRIBLE

La invasión japonesa convirtió China en uno de los grandes escenarios olvidados de la Segunda Guerra Mundial.

Las atrocidades cometidas fueron enormes.

Nankín permanece como símbolo de aquella barbarie.

Nacionalistas y comunistas se vieron obligados a colaborar parcialmente contra Japón, aunque jamás desapareció la desconfianza entre ellos.

Cuando Japón fue derrotado en 1945, la guerra civil regresó con toda su intensidad.

Y terminó imponiéndose Mao.

En 1949, Chiang Kai-shek y sus seguidores se refugiaron en la isla de Formosa, la actual República de China, conocida como Taiwán.

El 1 de octubre, desde Tiananmén, Mao proclamó la República Popular China.

Había ganado.

Ahora comenzaba el experimento.

Y sería un experimento gigantesco.

Porque Mao no pretendía solamente gobernar China.

Pretendía transformarla.

Transformar su economía.

Su cultura.

Sus costumbres.

Su sociedad.

Incluso al propio ser humano.

Como tantos proyectos totalitarios del siglo XX, pretendía fabricar un hombre nuevo.

Y cuando un gobernante decide fabricar hombres nuevos, generalmente termina destruyendo a los hombres reales.

EL GRAN SALTO HACIA ADELANTE

En 1958 comenzó una de las mayores locuras económicas de la historia contemporánea.

El Gran Salto Adelante.

Mao quería conseguir en pocos años lo que otras naciones habían tardado generaciones en construir.

China debía industrializarse inmediatamente.

La agricultura fue colectivizada.

Millones de campesinos fueron agrupados en comunas populares.

Se alteraron sistemas tradicionales de producción.

Se establecieron objetivos irreales.

La política sustituyó a la economía.

La propaganda sustituyó a los datos.

Y el miedo sustituyó a la verdad.

Ésta es una de las grandes enseñanzas de aquel desastre.

Cuando nadie puede decirle al poder que está equivocado, el error deja de ser un error.

Se convierte en política de Estado.

ACERO EN LOS PATIOS

Una de las imágenes más delirantes del Gran Salto fueron los llamados hornos de patio.

China tenía que producir acero.

Mucho acero.

Inmediatamente.

Y millones de personas fueron movilizadas para fundir objetos metálicos en pequeños hornos improvisados.

Herramientas.

Utensilios.

Objetos domésticos.

Todo podía terminar convertido en supuesto acero.

Buena parte de aquello resultaba inútil.

Pero las estadísticas debían demostrar que el plan funcionaba.

Y las estadísticas funcionaban porque mentían.

Funcionarios locales exageraban las cosechas para satisfacer a sus superiores.

Los superiores transmitían cifras todavía mejores.

Y Pekín recibía informes maravillosos de una China que solamente existía sobre el papel.

Mientras tanto, en la China real comenzaba el hambre.

EL HAMBRE

Entre 1959 y 1961 China sufrió una hambruna de proporciones gigantescas.

Determinar el número exacto de muertos continúa siendo objeto de discusión entre historiadores y demógrafos.

Las estimaciones oscilan enormemente.

Pero hablamos de decenas de millones de muertes en exceso.

No todas fueron asesinatos directos.

Conviene decirlo porque la Historia debe escribirse con precisión.

La inmensa mayoría estuvieron relacionadas con hambre, enfermedades, agotamiento y las consecuencias de unas políticas económicas catastróficas, agravadas además por coerción, requisas, ocultación de información y castigos contra quienes se resistían.

El resultado fue monstruoso.

Millones de seres humanos desaparecieron mientras la propaganda continuaba anunciando éxitos.

Ése fue el Gran Salto Adelante.

Un salto, sí.

Pero hacia el precipicio.

CUANDO LA IDEOLOGÍA DERROTA A LA REALIDAD

Lo ocurrido contiene una enseñanza universal.

La realidad puede ignorarse durante algún tiempo.

Pero nunca puede derogarse.

Uno puede decretar cuánto trigo quiere producir.

Puede fijar cuánto acero desea fabricar.

Puede ordenar que una cosecha sea extraordinaria.

Puede incluso encarcelar a quien diga lo contrario.

Pero no puede obligar a la tierra a producir lo que no produce.

El comunismo descubrió muchas veces este principio elemental durante el siglo XX.

El problema es que lo descubrió utilizando seres humanos como material experimental.

Cuando el Gran Salto terminó en catástrofe, Mao perdió parte de su influencia cotidiana dentro del aparato del Partido.

Otros dirigentes comenzaron a corregir determinadas políticas.

Entre ellos apareció un hombre cuyo nombre sería fundamental después de la muerte del propio Mao.

Deng Xiaoping.

Pero Mao todavía no había terminado.

LA REVOLUCIÓN CULTURAL

En 1966 comenzó otra pesadilla.

La Gran Revolución Cultural Proletaria.

El nombre parece incluso hermoso.

Cultural.

Revolución.

Juventud.

Transformación.

La realidad fue mucho menos hermosa.

Mao movilizó especialmente a los jóvenes contra aquello que identificaba como elementos burgueses, revisionistas o contrarrevolucionarios.

Nacieron los Guardias Rojos.

Adolescentes y jóvenes convertidos en vigilantes ideológicos.

Y comenzó una orgía de fanatismo.

LOS PROFESORES

Éste es quizá uno de los episodios que más debería hacernos reflexionar.

Profesores humillados por sus propios alumnos.

Intelectuales obligados a realizar confesiones públicas.

Rectores perseguidos.

Académicos golpeados.

Escritores denunciados.

Personas obligadas a llevar carteles acusándose a sí mismas.

Familias destrozadas por denuncias.

Libros destruidos.

Templos atacados.

Objetos históricos arrasados.

El conocimiento se convirtió en sospechoso.

La experiencia, en reaccionaria.

La autoridad académica, en privilegio burgués.

Y la ignorancia ideologizada pasó a considerarse una virtud revolucionaria.

Hubo profesores asesinados.

Otros se suicidaron.

Otros fueron enviados al campo.

La universidad china quedó profundamente alterada y durante años el sistema educativo superior dejó de funcionar con normalidad.

Una sociedad que persigue a sus maestros termina condenándose a sí misma.

Pero el fanatismo tiene esa característica.

Primero destruye a quienes saben.

Después descubre que necesita aquello que ellos sabían.

DESTRUIR EL PASADO

La Revolución Cultural declaró la guerra contra las llamadas Cuatro Viejas:

viejas costumbres,

vieja cultura,

viejos hábitos,

viejas ideas.

Había que destruir el pasado para construir el futuro.

¿Cuántas veces hemos escuchado algo parecido?

Cambian las palabras.

Cambian los países.

Cambian los siglos.

Pero el totalitarismo mantiene una obsesión permanente con la memoria.

Porque quien controla el pasado termina creyendo que puede controlar también el futuro.

China pagó un precio incalculable.

Patrimonio destruido.

Generaciones traumatizadas.

Educación interrumpida.

Intelectuales perseguidos.

Familias enfrentadas.

Millones de personas sometidas a persecución política y otros tantos asesinados.

Y todo mientras millones levantaban el pequeño Libro Rojo con las citas del Gran Timonel.

EL CULTO A MAO

Mao dejó de ser solamente un dirigente.

Se convirtió en un objeto de veneración política.

Su retrato estaba en todas partes.

Sus palabras debían repetirse.

Sus pensamientos estudiarse.

Sus citas memorizarse.

La propaganda construyó una figura casi infalible.

Y aquí aparece otro rasgo común a los totalitarismos.

Cuando una ideología promete eliminar la religión termina frecuentemente fabricando sus propios dioses.

Tiene sus escrituras.

Sus profetas.

Sus herejes.

Sus ceremonias.

Sus símbolos.

Y sus inquisidores.

Mao tuvo todo aquello.

Hasta que llegó 1976.

9 DE SEPTIEMBRE

Mao llevaba años enfermo.

China también estaba cansada.

El 9 de septiembre de 1976 murió.

La noticia recorrió el país.

El hombre que había dirigido China desde 1949 desaparecía después de veintisiete años en el poder.

Dejaba una nación profundamente transformada.

Había unificado políticamente la China continental bajo el nuevo régimen y había convertido al país en una potencia independiente capaz de actuar con voz propia.

Eso forma parte también de la Historia.

Pero junto a ello dejaba las consecuencias del Gran Salto Adelante.

La Revolución Cultural.

La persecución.

Las purgas.

El culto a la personalidad.

Y millones de muertos.

¿Qué hacer después con semejante legado?

China encontró una respuesta extraordinariamente pragmática.

No destruir a Mao.

Superarlo sin derribarlo.

DENG XIAOPING

Después de las luchas internas que siguieron a la muerte de Mao terminó imponiéndose Deng Xiaoping.

Y con él apareció una frase que resume quizá mejor que ninguna otra la transformación china:

«No importa que el gato sea blanco o negro; mientras cace ratones, es un buen gato».

La frase había sido utilizada por Deng años antes, pero se convirtió en el símbolo perfecto de su pragmatismo.

No importaba tanto la pureza ideológica.

Importaban los resultados.

Y China comenzó a cambiar.

HACERSE RICO

Deng comprendió algo elemental que Mao había ignorado demasiadas veces.

Los incentivos importan.

La iniciativa individual importa.

La propiedad importa.

El comercio importa.

La inversión importa.

China comenzó a introducir mecanismos de mercado.

Llegó inversión extranjera.

Aparecieron zonas económicas especiales.

Se permitió enriquecerse.

Se incentivó la producción.

Se abrió progresivamente el país al comercio internacional.

Y ocurrió aquello que cualquier observador libre de prejuicios podía imaginar.

China comenzó a crecer.

Millones de personas fueron saliendo de la pobreza durante las décadas posteriores.

Las ciudades se transformaron.

Llegaron las fábricas.

Después las multinacionales.

Después la tecnología.

Y finalmente los gigantes empresariales chinos.

El comunismo había descubierto el mercado. Un capitalismo de estado controlado por el Partido Comunista.

Pero hizo un descubrimiento todavía más interesante.

Podía aceptar una parte del capitalismo sin aceptar la democracia liberal.

CAPITALISMO SIN LIBERTAD POLÍTICA

Ésta es la gran singularidad china.

Occidente creyó durante décadas que el desarrollo económico conduciría inevitablemente a la democratización.

Más mercado.

Más clase media.

Más educación.

Más apertura.

Y finalmente más libertad política.

China demostró que aquella evolución no era automática.

El Partido Comunista mantuvo el monopolio político.

No permitió pluralismo real.

No permitió alternancia.

No permitió una prensa completamente libre.

No permitió que el crecimiento económico pusiera en peligro su control del Estado.

El mensaje fue sencillo:

Podéis enriqueceros.

Podéis consumir.

Podéis crear empresas.

Podéis comerciar.

Pero el poder no se discute.

TIANANMÉN

Cuando en 1989 miles de estudiantes y ciudadanos reclamaron reformas políticas, la respuesta terminó llegando por la fuerza.

La plaza de Tiananmén, presidida todavía por el retrato de Mao, volvió a convertirse en escenario de la Historia.

El régimen dejó claro dónde estaba el límite.

La economía podía cambiar, siempre y cuando lo permitiera el Partido. El Partido decide quien puede enriquecerse y como.

El poder político, no.

Y ésa continúa siendo una de las claves para entender la China actual.

EL MAOÍSMO QUE SOBREVIVIÓ A MAO

La China de hoy no es la China de Mao.

Afirmar lo contrario sería absurdo.

Mao difícilmente reconocería Shanghái.

Probablemente tampoco entendería una China llena de millonarios, bolsas de valores, inversión privada, multinacionales y enormes fortunas.

Pero reconocería perfectamente otra cosa.

El Partido.

Un solo partido controlando el Estado.

Una estructura política jerárquica.

Una enorme capacidad de vigilancia.

Una sociedad en la que existen espacios amplísimos para enriquecerse pero límites muy claros cuando se desafía al poder.

Mao perdió la batalla económica después de muerto.

Pero el Partido ganó la batalla política.

CHINA NOS VENDE Y NOS VIGILA

La tecnología ha llevado este modelo a una dimensión que Mao jamás habría podido imaginar.

El control ya no necesita solamente policías, expedientes y delatores.

Existen cámaras.

Bases de datos.

Reconocimiento facial.

Control digital.

Censura de internet.

Sistemas capaces de seguir movimientos, comunicaciones y actividades con una precisión inimaginable durante la Revolución Cultural.

La tecnología que en Occidente asociamos frecuentemente con libertad puede convertirse también en la herramienta perfecta para controlar.

Y China lo sabe.

Y OCCIDENTE MIRA CON ADMIRACIÓN

Aquí aparece nuestra propia contradicción.

Durante décadas nos dijeron que el capitalismo y el comunismo eran sistemas incompatibles.

China encontró una fórmula diferente.

Mercado bajo supervisión política.

Grandes empresas junto a un Estado poderoso.

Capital privado siempre consciente de dónde reside el poder último.

Y ahora contemplamos cómo determinados dirigentes occidentales miran hacia China con una mezcla de preocupación y fascinación.

Europa comercia con ella.

Depende de numerosas cadenas de suministro chinas.

Necesita materias primas procesadas allí.

Compra tecnología.

Compra productos.

Y al mismo tiempo observa con admiración determinadas capacidades del Estado chino para planificar a largo plazo.

Pero convendría recordar el precio.

Porque la eficacia sin libertad puede resultar muy seductora para quien gobierna.

Nunca tanto para quien es gobernado.

EL RETRATO

Y regreso al comienzo.

A Tiananmén.

A ese enorme retrato.

Mao murió el 9 de septiembre de 1976.

Pero continúa allí.

No porque China siga aplicando su política económica.

No la aplica.

Precisamente su espectacular crecimiento comenzó cuando abandonó buena parte de aquellas recetas.

Permanece porque Mao continúa formando parte del relato legitimador del Partido Comunista.

Él fundó la República Popular.

Y cuestionarlo completamente significaría cuestionar el origen del propio régimen.

Por eso China hizo algo políticamente brillante.

No derribó al fundador.

Lo convirtió en Historia.

Lo mantuvo en el pedestal.

Y cambió prácticamente todo lo que había debajo de ese pedestal en lo económico, que no en lo político.

CINCUENTA AÑOS DESPUÉS

Han pasado cincuenta años.

Mao pertenece ya a otro mundo.

Pero las víctimas continúan perteneciendo a la Historia.

Los campesinos muertos durante la gran hambruna.

Los profesores humillados.

Los intelectuales perseguidos.

Los ciudadanos enviados a campos de trabajo.

Las familias destruidas.

Los jóvenes convertidos en fanáticos.

Los templos arrasados.

Los libros quemados.

Todos ellos deberían estar presentes cada vez que alguien contempla con romanticismo aquellas revoluciones.

Porque las revoluciones quedan preciosas en los carteles.

La realidad suele ser bastante menos fotogénica.

EL GATO

Al final, quizá toda la historia contemporánea china pueda resumirse en dos imágenes.

El retrato de Mao.

Y el gato de Deng.

Mao quiso transformar la realidad para que obedeciera a la ideología.

Deng decidió adaptar la ideología para sobrevivir a la realidad.

Mao preguntaba de qué color debía ser el gato.

Deng quería que cazara ratones.

Y ganó Deng.

Al menos económicamente.

Pero políticamente ganó el Partido.

Ésa es la extraordinaria paradoja china.

Un país oficialmente comunista convertido en una de las mayores potencias comerciales del planeta.

Un país de multimillonarios gobernado por un Partido Comunista.

Una economía que compite utilizando mecanismos capitalistas y un sistema político que continúa negando la alternancia democrática.

Y sobre todos ellos sigue mirando Mao.

Desde Tiananmén.

Inmóvil.

Enorme.

Como si nada hubiera cambiado.

Cuando en realidad cambió casi todo.

Todo excepto una cosa.

El poder.

Porque cincuenta años después de la muerte de Mao Zedong, quizá ésa sea la mayor victoria del sistema que construyó.

China comprendió que para conservar el poder podía renunciar incluso a buena parte de su propia economía socialista.

Abandonó la revolución permanente.

Abrazó el mercado.

Permitió la riqueza.

Construyó rascacielos.

Conquistó mercados.

Se convirtió en fábrica del mundo.

Pero jamás puso en discusión quién mandaba.

El gato cambió de color.

Aprendió a cazar ratones.

Se hizo rico.

Muy rico.

Pero el dueño de la casa continuó siendo el mismo.


Noticias relacionadas

La prensa ha perdido su crédito en España y Europa

Manolete: la noche en que España se quedó sin su torero

Ceuta ya tiene fecha de caducidad

LA INVASIÓN DE LOS MEDIOCRES

¿Para qué sirve el CNI?

La guerra contra Vox no ha hecho más que empezar

Nosotros

  • Quienes Somos
  • Autores
  • Donar
  • RSS

Privacidad

  • Política de Privacidad
  • Política de cookies
  • Aviso legal

Contacto

  • administracion@edatv.com
PUBLICIDAD
EDATV News logo
TwitterInstagramYouTubeTikTok