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Ceuta ya tiene fecha de caducidad

Ceuta ya tiene fecha de caducidad
por EDATV
7 de septiembre de 2026 a las 07:47
opinion

Por Jota Camacho

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Hay una cuenta atrás que nadie ha puesto en un reloj, pero que todos los que trabajamos mirando cómo se construye la agenda informativa sabemos leer perfectamente. A Ceuta le quedan, como mucho, un par de semanas de portada. No porque los comercios ceutíes recuperen de golpe la clientela y el turismo que perdieron hace ya más de un mes. O porque el problema de la invasión se haya resuelto ni porque se vaya a expulsar a los delincuentes que alteran la convivencia cotidiana; no porque quienes viven del turismo recuperen los ingresos perdidos por los establecimientos cerrados y la enorme asfixia a la que están sometidos; tampoco porque los hospitales de la ciudad recuperen la normalidad asistencial y vuelvan a centrarse en atender gripes, fracturas y enfermedades de nacionales, en lugar de absorber un flujo constante de gonorreas, apuñalamientos, tuberculosis y patologías propias de subsaharianos. Ni siquiera porque los niños recuperen el tiempo perdido en unos parques y playas que les robaron y les siguen robando, los peligrosos invasores. Ceuta dejará de ser noticia por la razón más vulgar y más comprobable de todas: la audiencia se cansa, el algoritmo pide otro titular, y el ciclo empieza de nuevo en otro sitio.

No hace falta especular. Sólo necesitamos mirar el calendario de los últimos dos años.

El 29 de octubre de 2024 el agua se llevó por delante l'Horta Sud valenciana y con ella, al parecer más de 2.000 vidas, que el gobierno intenta ocultar con cifras de menos del 10% de las reales (mirad en YouTube el documental, en el que Miguel Rix nos teoriza acerca de ello). Ese mismo mentiroso Gobierno anunció una movilización de 16.600 millones de euros. Diez meses después, en agosto de 2025, seguía sin repartir el 62% de esa cifra. Once meses después, en septiembre de 2025, en torno al 82-84% de las familias que habían pedido ayuda seguían sin haber cobrado un euro. Casi dos años después, en septiembre de 2026, la causa judicial que investiga la gestión de aquella noche sigue abierta, sin veredicto, y buena parte de los damnificados sigue esperando reconstrucción real, no anuncios.

Antes de Valencia estuvo La Palma. El volcán de Cumbre Vieja entró en erupción el 19 de septiembre de 2021 y estuvo activo 85 días. Nuestro Adonis Presidencial visitó la isla diez veces y prometió, entre otras cosas, 60.000 euros por vivienda destruida. Un año después, más de 600 personas no habían visto ni un euro. Dos años después, la mayoría de los 2.319 afectados seguía en contenedores, casas de madera o de alquiler. Más de cinco años después, en septiembre de 2026, ninguna vivienda definitiva prometida por el Gobierno central está terminada, decenas de familias siguen en barracones metálicos y quedan más de 250 millones de euros sin repartir. Más de cinco años. Ese es el tiempo real que está tardando el desgobierno en cumplir lo que promete en caliente, frente a los dos telediarios que tarda la opinión pública en olvidarlo.

Y este mismo verano, España ha vivido su tercer peor año de incendios en tres décadas: cerca de 296.000 hectáreas quemadas hasta principios de septiembre, el 45% de toda la superficie calcinada en la Unión Europea. El incendio de Los Gallardos, en Almería, dejó 14 muertos, el balance más mortífero de la historia de Andalucía. El fuego que unió Ávila con la Sierra Oeste de Madrid llegó a calificarse como el mayor incendio de la historia de España, con 50.000 hectáreas y decenas de miles de evacuados. Dos meses antes, en mayo, Sánchez había anunciado "el mayor despliegue del Estado" contra los incendios de la historia del país. La realidad de julio y agosto desmintió el anuncio de mayo con hectáreas calcinadas y mucha gente muerta.

Tres catástrofes, un mismo guion: comparecencia solemne, cifra grande, foco mediático, y después, silencio total mientras el problema sigue ahí para quien lo sigue viviendo.

A Ceuta le está pasando exactamente eso, con un añadido que agrava el cinismo: mientras la ciudad gestionaba en julio y agosto de 2026 uno de los mayores episodios de invasión de su frontera de los que se tiene registro en territorio de la Unión Europea, con centros de acogida de menores llegando a superar su capacidad muy por encima de lo razonable, con varias decenas de personas fallecidas ahogadas intentando rodear el espigón, con el propio presidente de la ciudad pidiendo sin éxito que el Gobierno central decretara la emergencia nacional y asumiera el mando único, Pedro Sánchez colgó en sus redes una lista de reproducción de Spotify titulada "la banda sonora de mi verano". Treinta y una canciones, entre Madonna y Quevedo, presentadas con un "espero que os guste, feliz verano", publicadas justo cuando en la misma ciudad se seguían recuperando cuerpos del mar. La prensa internacional, no la española bañada de subvenciones, sino medios como The Times o Bild, se hizo eco del contraste: "¿Sin oído musical? Sánchez lanza una playlist entre dos crisis", tituló el primero; "España se hunde en el caos y Sánchez se va de vacaciones", el segundo. No es un bulo. Es una crónica que se escribió sola con el calendario en la mano: visita institucional a Ceuta un viernes, calificación de lo ocurrido como "ataque a la integridad de España", y el mismo fin de semana, inicio de vacaciones en La Mareta.

Esa imagen del jefe del Ejecutivo recomendando canciones mientras una ciudad española colapsa y el país entero arde por otro lado no es anecdótica. Es la prueba visual de la tesis de fondo: si la crisis deja de rendir en términos de atención, se gestiona con gestos de normalidad, no con soluciones. Y funciona, porque el consumo de información funciona así. Ya pasó con Valencia. Ya pasó con La Palma. Ya está pasando, otra vez, con los pueblos calcinados de Ávila, Madrid, Galicia o León. El hilo conductor no es la ideología de quien gobierna, es la lógica de una atención pública que dura lo que dura un ciclo de noticias y una clase política que ha aprendido a esperar a que ese ciclo termine para no tener que rendir cuentas de verdad.

Cuando Ceuta deje de ser trending topic y lo dejará de ser pronto, porque ya lo está dejando de ser, seguirán ahí los mismos problemas que había antes de que el episodio saltara a los titulares: una ciudad fronteriza abandonada a su suerte, un comercio local que necesita mucho más que un titular de solidaridad para recuperar la facturación perdida, y unos servicios públicos que quedarán exactamente igual de desbordados, porque nada estructural se habrá resuelto.

Ese es el patrón. No es una teoría conspirativa: son fechas, cifras y comparecencias que cualquiera puede comprobar. El problema no es que se hable menos de Ceuta dentro de dos semanas. El problema es lo que ya sabemos, por Valencia y por La Palma, que va a pasar mientras se habla menos: nada.

Ellos seguirán comiéndose nuestros delfines, nuestros gatos y violando a menores de edad, pero ya no será noticia. Como las joyas de Zapatero, el dinero que se robó el hermano de Sánchez, o las imputaciones de Begoña.


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