Y luego están aquellos pocos que acaban perteneciendo a la leyenda.
Manuel Rodríguez Sánchez, Manolete, fue uno de ellos.
Han pasado setenta y nueve años desde aquella tarde del 28 de agosto de 1947 en Linares y todavía basta pronunciar dos palabras —Manolete e Islero— para que cualquier español con un mínimo conocimiento de nuestra historia sepa de qué estamos hablando.
No hace falta haberlo visto torear. Ni siquiera hace falta ser aficionado a los toros.
Porque Manolete dejó de ser solamente un torero aquella madrugada.
Se convirtió en mito.
Y quizá por eso, cuando uno contempla aquellas fotografías en blanco y negro, aquella cara alargada, triste, casi ascética, aquellos ojos que parecían conocer de antemano su destino, resulta difícil no sentir algo extraño. Manolete tenía apenas treinta años cuando murió, pero en muchas fotografías parece un hombre mucho mayor.
Era otra España.
Otra forma de vivir.
Y, seguramente, también otra forma de morir.
UN TORERO NACIDO PARA UNA ESPAÑA HERIDA
Manuel Laureano Rodríguez Sánchez había nacido en Córdoba el 4 de julio de 1917.
El toreo estaba en su sangre. Su padre había sido también torero y había utilizado igualmente el nombre de Manolete. Pero aquel muchacho cordobés terminaría llevando el apodo familiar hasta una dimensión que nadie podía imaginar.
Su carrera quedó inevitablemente atravesada por la Guerra Civil.
Cuando España comenzó a matarse entre sí en 1936, Manolete era todavía un joven que intentaba abrirse camino.
La guerra significó también una auténtica catástrofe para el mundo del toro.
Conviene recordarlo porque durante demasiado tiempo se ha pretendido contar nuestra Guerra Civil mediante una memoria cuidadosamente seleccionada.
En la zona controlada por el Frente Popular numerosas ganaderías fueron intervenidas, incautadas o destruidas. Miles de reses desaparecieron. Hubo fincas arrasadas y ganaderos que tuvieron que abandonar sus propiedades. La propia cabaña brava española quedó profundamente diezmada por la contienda. Y muchos ganadores y algunos toreros fueron asesinados por milicianos sin escrúpulos, sobrados de cobardía y faltos de honor.
No fue una anécdota.
Cuando terminó la guerra resultaba difícil incluso encontrar toros con la edad y las condiciones necesarias para las grandes plazas. La tauromaquia, como tantas otras cosas en España, tuvo prácticamente que reconstruirse.
Y precisamente de aquella España devastada surgió Manolete.
Tomó la alternativa en Sevilla el 2 de julio de 1939, con Chicuelo como padrino y Gitanillo de Triana como testigo. Apenas habían pasado tres meses desde el comienzo de la Guerra Civil.
Aquella fecha resulta casi simbólica.
Mientras España intentaba levantarse de sus ruinas, comenzaba también a levantarse la figura del que acabaría siendo su gran torero de la década de los cuarenta.
Manolete no fue únicamente una figura del toreo.
Fue la figura.
El cuarto Califa de Córdoba.
Un hombre que cambió la manera de ponerse delante del toro. Quietud, verticalidad, seriedad, distancia corta. Su figura parecía desafiar permanentemente al animal.
No necesitaba aspavientos.
No necesitaba correr.
Esperaba.
Y quizá ahí estaba su grandeza.
Parecía que no toreaba para escapar de la muerte, sino para demostrarle que no le tenía miedo.
LA ESPAÑA QUE NECESITABA A MANOLETE
Para comprender lo que significó Manolete hay que intentar trasladarse a aquella España de los años cuarenta.
No había televisión.
La radio presidía las casas.
Los periódicos eran todavía el gran escaparate de los héroes populares.
España estaba saliendo de una guerra devastadora y vivía años de enormes dificultades económicas.
Y los toreros eran auténticas estrellas nacionales.
Sus nombres se conocían desde las grandes ciudades hasta el último pueblo.
Manolete llenaba plazas, ocupaba portadas y despertaba pasiones.
Triunfó en España y triunfó en América.
México lo recibió como una auténtica celebridad.
Precisamente alrededor de sus actuaciones mexicanas nació una historia que se ha repetido durante décadas: que Manolete se habría negado a torear mientras ondeara una bandera de la Segunda República española.
La historia resulta atractiva, pero probablemente no ocurrió exactamente así.
Las investigaciones posteriores apuntan a que el episodio original pudo producirse en una reunión o comida en el extranjero a la que iban a acudir exiliados republicanos. Al parecer, cuando le comunicaron que pretendían colocar una bandera republicana, Manolete habría manifestado que, tratándose de una reunión entre amigos, la política debía quedarse fuera.
Con los años, aquello fue transformándose hasta convertirse en la famosa historia de la plaza mexicana.
Es importante distinguir historia de leyenda.
Pero también es justo señalar algo.
Manolete nunca sintió la necesidad de renegar de España para agradar a nadie.
Era español, se sabía español y ejercía como tal con absoluta naturalidad.
Algo que hoy, curiosamente, parece exigir mucho más valor que entonces.
EL PRECIO DE SER EL NÚMERO UNO
Pero la gloria tiene siempre un precio.
Y Manolete comenzó a pagarlo.
El público que primero convierte a un hombre en ídolo muchas veces termina exigiéndole después que demuestre cada tarde que continúa mereciendo serlo.
Ya no bastaba con torear bien.
Manolete tenía que ser Manolete todos los días.
Cada tarde.
Cada toro.
Cada plaza.
Habían aparecido además nuevos nombres. Luis Miguel Dominguín empujaba con enorme fuerza. El público comenzaba a dividirse. La prensa alimentaba rivalidades.
Y Manolete estaba cansado.
Terriblemente cansado.
Hay algo profundamente triste en los últimos meses de su vida.
Tenía treinta años y parecía llevar varias vidas encima.
Se ha hablado mucho de su intención de retirarse o, al menos, de reducir drásticamente su actividad.
También estaba Lupe Sino.
Antonia Bronchalo Lopesino.
Su compañera.
La mujer a la que quiso pese a la oposición que aquella relación despertaba en una sociedad donde determinadas convenciones sociales pesaban mucho más que ahora.
Y entonces llegó Linares.
28 DE AGOSTO DE 1947
Feria de San Agustín.
Plaza de toros de Linares.
En el cartel figuraban Gitanillo de Triana, Manolete y Luis Miguel Dominguín.
Toros de Miura.
Hay nombres que parecen escritos para terminar formando parte de una tragedia.
Islero.
Número 21.
Casi quinientos kilos.
Quinto toro de la tarde.
Miura.
Manolete no había convencido plenamente con su primero. El público comenzaba a impacientarse. Al número uno se le exigía siempre más.
Y salió Islero.
Manolete realizó una faena extraordinariamente seria.
Como él.
Sin concesiones.
Sin frivolidades.
Y llegó el momento de matar.
Hay fotografías de aquellos segundos.
Uno las contempla hoy sabiendo lo que ocurrió después y resulta imposible no sentir un escalofrío.
Manolete entró a matar.
Hundió la espada.
E Islero hizo lo que hacen los toros.
Defender su vida.
El pitón penetró en el muslo derecho del torero, en la zona del triángulo de Scarpa.
La cornada fue tremenda.
Manolete cayó.
Y mientras el toro agonizaba por la estocada recibida, comenzaba también la agonía del hombre que acababa de matarlo.
Dos destinos unidos para siempre.
Manolete e Islero.
El torero y el toro.
Linares.
28 de agosto de 1947.
AQUELLA NOCHE INTERMINABLE
Fue trasladado a la enfermería.
La pérdida de sangre había sido enorme.
El doctor Fernando Garrido realizó una intervención de urgencia. Después Manolete fue trasladado al Hospital de los Marqueses de Linares.
Y comenzó una de las noches más dramáticas de la historia del toreo.
Durante horas España esperó noticias.
No existían teléfonos móviles, redes sociales ni televisiones emitiendo en directo.
Las noticias viajaban por teléfono, telégrafo y radio.
Pero toda España sabía que Manolete estaba luchando por su vida.
Y entonces aparece otro personaje imprescindible de esta historia.
Lupe Sino.
Al conocer la gravedad de la cogida viajó precipitadamente hasta Linares.
Quería verlo.
Quería estar junto al hombre al que amaba.
Y aquí historia y tragedia vuelven a confundirse.
Diversos testimonios sostienen que José Flores “Camará”, apoderado de Manolete, y Álvaro Domecq impidieron que Lupe entrara en la habitación mientras el torero todavía permanecía con vida.
¿Por qué?
Durante décadas se ha asegurado que temían que Manolete quisiera casarse con ella in articulo mortis, convirtiéndola así en heredera.
Otros han sostenido que simplemente pretendían evitar al moribundo una emoción que pudiera empeorar su estado.
No sé si algún día conoceremos toda la verdad.
Pero hay algo desolador en esa escena.
Una mujer recorriendo desesperadamente kilómetros para despedirse del hombre al que ama.
Un hombre agonizando al otro lado de una puerta.
Y una puerta que no se abre.
Lupe Sino no pudo despedirse de Manolete en vida.
Pocas imágenes, aunque no exista fotografía de ella, pueden resultar más crueles.
¿MATÓ ISLERO A MANOLETE?
También alrededor de su muerte apareció inmediatamente la polémica médica.
Durante décadas se aceptó que Manolete había muerto como consecuencia directa de la terrible hemorragia provocada por Islero.
Después aparecieron otras hipótesis.
Se ha hablado del plasma administrado durante aquellas horas, de una posible reacción adversa y de si aquel tratamiento pudo contribuir decisivamente al fatal desenlace.
Existen investigaciones que incluso sostienen que la cornada, aunque gravísima, podía haber sido superada y que fueron las complicaciones posteriores las que terminaron acabando con su vida.
Conviene ser prudentes.
Han pasado casi ocho décadas y convertir una hipótesis médica retrospectiva en sentencia definitiva sería tan irresponsable como ignorarla.
Sabemos lo fundamental.
Manolete entró vivo en aquella plaza.
Islero lo hirió gravemente.
Y Manolete no volvió a salir vivo de Linares.
Durante la madrugada su estado empeoró.
La vista comenzó a fallarle.
Las últimas palabras atribuidas al torero estremecen todavía hoy.
Pensó en su madre.
Y poco después, en la madrugada del 29 de agosto de 1947, Manuel Rodríguez Sánchez dejó de respirar.
Tenía treinta años.
Treinta.
La edad a la que hoy muchos empiezan todavía a preguntarse qué harán con su vida.
Manolete ya había conquistado España y América.
Y ya había entrado en la historia.
ESPAÑA LLORÓ A MANOLETE
La noticia recorrió el país.
Había muerto Manolete.
Resulta difícil explicar hoy la conmoción.
Porque actualmente fabricamos famosos cada semana y los olvidamos a la siguiente.
Aquellos ídolos eran diferentes.
Habían acompañado a millones de españoles durante años durísimos.
España había sufrido una Guerra Civil, hambre, aislamiento, pobreza y pérdidas familiares irreparables.
Y Manolete había aparecido en medio de todo aquello vestido de luces.
Era serio.
Austero.
Delgado.
Casi triste.
Quizá por eso representaba tan bien aquella España.
Una España que tampoco estaba para demasiadas sonrisas.
Cuando murió Manolete, muchos españoles sintieron que había muerto alguien cercano.
Córdoba se convirtió en un inmenso funeral.
El torero regresó finalmente a su ciudad.
Pero ya no regresaba Manuel.
Regresaba el mito.
MANOLETE Y NOSOTROS
Siempre me han interesado estos personajes porque creo que un país que olvida a quienes formaron parte de su historia termina olvidándose de sí mismo.
Y España lleva demasiado tiempo empeñada en olvidar.
Olvidamos escritores.
Olvidamos científicos.
Olvidamos exploradores.
Olvidamos artistas.
Olvidamos deportistas.
Olvidamos toreros.
Y, lo que es peor, algunas veces los olvidamos deliberadamente porque pertenecen a una España que determinados guardianes de la memoria preferirían que jamás hubiese existido.
Manolete perteneció a aquella España.
A la España de nuestros padres y nuestros abuelos.
A una España con defectos, dificultades y contradicciones, naturalmente.
Pero también a una España capaz de admirar el valor, el sacrificio, el esfuerzo y el talento.
No pretendo abrir aquí el eterno debate entre taurinos y antitaurinos.
Este artículo no trata de eso.
Trata de historia.
Porque se esté a favor o en contra de la tauromaquia, borrar a Manolete de la historia española sería tan absurdo como intentar borrar a Belmonte, Joselito, El Cordobés o Paquirri.
Forman parte de nosotros.
EL HOMBRE DETRÁS DEL MITO
Y cuanto más leo sobre Manolete, más me interesa el hombre que había detrás del personaje.
Porque detrás del torero hierático estaba Manuel.
El hijo preocupado por su madre.
El hombre enamorado de Lupe Sino.
El muchacho cordobés que había conseguido llegar a lo más alto.
El hombre agotado por una fama que comenzaba a pesar demasiado.
Quizá estuviera pensando ya en retirarse.
Quizá soñara con una vida diferente.
Quizá quisiera dejar de jugarse la vida cada tarde.
Nunca lo sabremos.
Islero decidió que no habría retiro.
Ni tranquilidad.
Ni boda.
Ni vejez.
Ni fotografías de un Manolete de sesenta, setenta u ochenta años recordando sus tardes de gloria.
Y precisamente por eso quedó congelado para siempre con treinta años.
Como ocurre con todos los mitos que mueren jóvenes.
Nunca envejecen.
Somos nosotros quienes envejecemos mirándolos.
79 AÑOS DESPUÉS
Hoy miro aquellas fotografías de Linares y siento algo parecido a lo que me ocurre cuando recuerdo otros personajes que acompañaron la vida de generaciones anteriores a la nuestra.
Nostalgia por un tiempo que ni siquiera necesitamos idealizar para echarlo de menos.
Porque nostalgia no significa pensar que todo tiempo pasado fue mejor.
Significa comprender que hubo cosas que merecieron la pena.
Que hubo personas que dejaron huella.
Que hubo españoles cuyos nombres no deberían desaparecer.
Setenta y nueve años después, Islero continúa embistiendo en nuestra memoria.
Manolete continúa entrando a matar.
Lupe Sino continúa esperando detrás de aquella puerta.
Y España continúa recibiendo, de madrugada, la noticia que nadie quería escuchar.
Ha muerto Manolete.
Seguramente esa sea la verdadera inmortalidad.
Que después de casi ochenta años podamos cerrar los ojos y reconstruir aquella tarde.
El calor de Linares.
Los tendidos.
El traje de luces.
El silencio antes de entrar a matar.
Un hombre frente a un toro.
Un instante.
Un pitón.
Una enfermería.
Una mujer esperando.
Una madre.
Una madrugada.
Y finalmente la muerte.
Manuel Rodríguez Sánchez murió aquella madrugada del 29 de agosto de 1947.
Manolete, en cambio, no murió nunca.
Porque algunos hombres desaparecen.
Otros son olvidados.
Y unos pocos, muy pocos, terminan convertidos en historia.
Manolete pertenece a estos últimos.
Por eso, setenta y nueve años después, España todavía recuerda aquel nombre.
Manolete.
Y aquel toro.
Islero.
Y aquella tarde de agosto en Linares en la que murió un hombre y nació una leyenda.