El problema es que, cuando una de ellas cae, no desaparece el monstruo: simplemente le sale otra. Y si algo ha demostrado la historia reciente de España es que el Partido Socialista Obrero Español, ese partido que presume de moderación cuando le conviene, siempre ha necesitado una izquierda todavía más radical a su izquierda para justificar sus excesos y desplazar el eje político.
Porque el PSOE no es el freno del radicalismo: es su principal beneficiario.
La izquierda a la izquierda: la fábrica de sopas de letras
Durante años nos vendieron que el peligro venía de la “nueva política”. Que había que abrir las ventanas. Que todo iba a ser regeneración. Y así nació Podemos, apadrinado en tertulias televisivas y elevado a fenómeno mediático antes siquiera de tener estructura territorial. Después llegó Sumar, el último intento de recomponer los restos del naufragio. En paralelo, las eternas siglas satélite: Izquierda Unida, Compromís, Esquerra Republicana de Catalunya, BNG, Chunta Aragonesista.
Un mosaico de partidos que comparten una misma visión ideológica: más Estado, más ingeniería social, más ruptura territorial y más obsesión identitaria.
Lo paradójico es que esas siglas, supuestamente creadas para desplazar al PSOE, han acabado sirviéndole. Cada experimento fallido a la izquierda del socialismo ha permitido al partido de Ferraz presentarse como “mal menor”. Cada radicalismo amplificado ha hecho que el PSOE parezca centrado en comparación.
El experimento fallido de Yolanda
El último ejemplo es el de Yolanda Díaz. Elevada a fenómeno blanco y amable, convertida en supuesto relevo moderado del populismo agresivo de Pablo Iglesias. Se nos dijo que representaba una izquierda “responsable”, técnica, dialogante.
Pero la realidad ha sido muy distinta. El experimento ha fracasado porque no se puede maquillar el mismo producto indefinidamente. Cambiar el envase no altera el contenido. Detrás de la sonrisa y la pose institucional seguían las mismas recetas: intervencionismo, ingeniería social, polarización y dependencia del separatismo.
Lo que ha quedado es un espacio dividido, lleno de rencillas internas, luchas de liderazgo y cuentas pendientes. El enfrentamiento permanente entre las distintas familias de esa izquierda es casi lo único saludable del panorama: se neutralizan entre ellos.
La podemización del PSOE
Mientras tanto, el PSOE ha ido absorbiendo el discurso de esa izquierda radical. La llamada “podemización” no ha sido un fenómeno accidental. Ha sido una estrategia.
El socialismo que antes defendía una socialdemocracia clásica ha abrazado el lenguaje identitario, el discurso de género llevado al extremo, la criminalización del discrepante y el relato permanente de buenos contra malos. Ha adoptado el marco mental de Podemos hasta hacerlo propio.
Y al hacerlo, ha dejado sin espacio a quienes pretendían superarle por la izquierda.
La paradoja es evidente: quienes nacieron para asaltar los cielos han acabado sirviendo de muleta al poder que decían combatir.
Feminismo de cartón piedra
Presumen de feminismo mientras acumulan polémicas internas. Predican moral pública mientras gestionan contradicciones privadas. No es casual que el desgaste haya sido tan acelerado. Cuando la bandera moral se convierte en instrumento de poder, termina por volverse en contra de quien la blande.
El discurso identitario, llevado hasta el límite, cansa. La sociedad española tiene problemas mucho más reales: empleo, vivienda, inflación, seguridad, infraestructuras. Frente a eso, la izquierda radical ha ofrecido talleres ideológicos y batallas culturales artificiales.







