La izquierda española a la izquierda del Partido Socialista vive hoy su particular travesía del desierto. Y no porque haya sido reprimida o marginada, sino porque ha sido engullida. Devorada. Absorbida por un Partido Socialista que, en su deriva sanchista, se ha polinizado ideológicamente hasta ocupar todo el espacio que antes habitaban las distintas “sopas de letras” de la extrema izquierda.
El resultado es paradójico: cuanto más irrelevantes son electoralmente, cuanto más cerca están de la extinción política, más estridentes, más agresivos y más peligrosos se vuelven.
Porque cuando la izquierda radical pierde el poder institucional, intenta recuperar influencia a través de la agitación. Y eso es exactamente lo que estamos viendo.
El PSOE los fagocitó, y los dejó sin discurso
Desde la llegada de Pedro Sánchez a La Moncloa tras la moción de censura de 2018, el PSOE no solo asumió buena parte del lenguaje y las consignas de Podemos; directamente las incorporó al BOE.
Lo que antes era radicalidad marginal pasó a ser política de Estado. Lo que antes eran ocurrencias de tertulia se convirtieron en leyes.
La consecuencia es evidente: si el PSOE aprueba la agenda ideológica de la izquierda radical, ¿para qué sirve esa izquierda radical?
El Partido Socialista ha ocupado el espacio del feminismo de pancarta, del ecologismo punitivo, del intervencionismo económico, del revisionismo histórico y de la ingeniería social. Ha asumido su retórica y la ha institucionalizado. Y al hacerlo, ha dejado a su izquierda sin bandera propia.
Podemos fue el primer sacrificado. Después vino el experimento de Sumar. Ahora asistimos a la fragmentación final.
Pero cuidado: la irrelevancia no los vuelve inocuos. Los vuelve resentidos.
Yolanda Díaz y el espejismo de Sumar
Cuando Yolanda Díaz lanzó Sumar, pretendía vendernos una nueva izquierda amable, dialogante, sofisticada. Una especie de rebranding del viejo radicalismo podemita, pero con sonrisa institucional y tono tecnocrático.
Pero el barniz no tapa el vacío.
Yolanda Díaz nunca fue un liderazgo natural. Fue una designación. Un relevo pactado tras la huida estratégica de Pablo Iglesias. No emergió de la sociedad civil ni de una demanda social, sino de una ingeniería interna.
Sumar nació como marca blanca de un proyecto agotado. Y lo que es peor: nació ya subordinado al PSOE.
Porque la izquierda a la izquierda del PSOE cometió el error estratégico más grave posible: convertirse en socio fiel y acrítico del sanchismo.
Apoyaron cada presupuesto. Respaldaron cada escándalo. Callaron ante cada cesión. Miraron hacia otro lado ante cada atropello institucional.
Ni siquiera en el giro sobre el Sáhara Occidental rompieron filas. Ni siquiera cuando se cedió ante Marruecos. Ni siquiera ante las decisiones que contradecían su discurso tradicional de autodeterminación.
Prefirieron seguir en el coche oficial.
Y hoy, cuando intentan presentarse como alternativa, nadie les cree.
De la indignación al meme
Lo más preocupante no es solo su irrelevancia política. Es el nivel intelectual.
El debate público de esta izquierda se ha convertido en una sucesión de memes, consignas vacías y apelaciones caricaturescas al “fascismo”, a “Franco”, a “Abascal” y a la “ultraderecha”.
No hay proyecto económico serio. No hay propuesta institucional solvente. No hay modelo alternativo de país.
Solo hay antifranquismo compulsivo en 2026.
La movilización permanente contra fantasmas. La apelación al miedo. La etiqueta fácil.
Mónica García representa ese problema. Mucho ruido ideológico y poca profundidad estructural. Irene Montero encarnó el maximalismo legislativo sin medir consecuencias jurídicas. Ione Belarra convirtió el sectarismo en identidad política.
Y ahora pretenden reconstruir una alternativa sobre los restos de su propia incoherencia.







